Un estudio publicado este martes en Royal Society Open Science confirma, por primera vez, que ejemplares de ballena jorobada viajan entre las zonas de cría del este de Australia y de Brasil, recorriendo más de 14.000 kilómetros de océano abierto.
Uno de los dos casos supera los 15.100 km. Esto lo convierte en el desplazamiento más largo registrado entre dos avistamientos del mismo individuo en la especie.
Cada ballena jorobada tiene en la cara inferior de su aleta caudal un patrón único, formado por la pigmentación y las cicatrices acumuladas a lo largo de su vida. Fotografiar esas marcas y comparar los registros entre distintas regiones del mundo es la base del método de fotoidentificación, que en este caso resultó determinante.
El equipo, liderado por Cristina Castro, de la Pacific Whale Foundation, y Stephanie Stack, de la Universidad Griffith, procesó 19.283 fotografías de alta calidad recopiladas entre 1984 y 2025 en el este de Australia y en América Latina.
Las imágenes fueron analizadas por un algoritmo de reconocimiento automático y luego verificadas manualmente. El resultado: dos ballenas fotografiadas en ambas regiones, separadas por miles de kilómetros de océano abierto.
La plataforma Happywhale, que centraliza registros de fotoidentificación aportados por científicos y ciudadanos de todo el mundo, fue esencial para cotejar catálogos tan alejados entre sí y extensos en el tiempo.
Los dos casos que rompieron el récord
El primer caso corresponde a una ballena fotografiada por primera vez en Hervey Bay, Queensland, en 2007. El ejemplar fue avistado nuevamente en la misma zona en 2013 y, posteriormente, frente a la costa de São Paulo, Brasil, en 2019.
La distancia en línea recta entre ambas zonas de cría es de aproximadamente 14.200 kilómetros.
El segundo caso es aún más extremo. El individuo fue fotografiado en 2003 en el Banco de Abrolhos (la principal zona de cría de ballenas jorobadas frente a la costa de Bahía, Brasil) en medio de un grupo de nueve adultos. Veintidós años después, en septiembre de 2025, fue avistado solo en Hervey Bay, Australia.
La distancia entre ambos puntos supera los 15.100 kilómetros. Un nuevo récord absoluto de distancia documentada entre avistamientos de un mismo individuo de la especie.
En ninguno de los dos casos se conoce la ruta exacta, por lo que las distancias reales recorridas podrían ser considerablemente mayores.
Las ballenas jorobadas son conocidas por su fidelidad a las zonas de cría. Año tras año regresan a las mismas aguas para aparearse y dar a luz. Que dos individuos hayan cambiado de hemisferio reproductivo resulta inusual en la especie.
En más de cuatro décadas de registros que abarcan cerca de 20.000 individuos identificados, solo estos dos animales presentaron este patrón. En cuanto a la muestra, representa el 0,01 %.
Esa rareza, sin embargo, no minimiza su peso biológico. El intercambio ocasional entre poblaciones alejadas puede contribuir a mantener la diversidad genética de poblaciones que, de otro modo, permanecerían aisladas.
Los investigadores apuntan, además, que estos movimientos podrían ser uno de los mecanismos que permiten la transferencia cultural de cantos entre poblaciones del Atlántico y del Pacífico sur, un fenómeno ya documentado en la especie.
La hipótesis del Océano Austral
El estudio refuerza la hipótesis del “Intercambio del Océano Antártico”. Según esta, ballenas de distintas poblaciones se encuentran en las zonas de alimentación compartidas de la Antártida durante el verano austral. Algunos individuos, al iniciar el regreso, siguen una ruta distinta a la habitual y terminan en una zona de cría diferente.
Los cambios en la concentración de hielo marino en el Océano Austral afectan directamente la disponibilidad de kril, el principal alimento de las jorobadas, alterando los patrones de migración. Los autores señalan que las transformaciones que el cambio climático está provocando en esas aguas podrían hacer estos cruces más frecuentes en el futuro.
El trabajo es el resultado de décadas de campo y de una colaboración que abarca Australia, Brasil, Ecuador y Estados Unidos, con instituciones como la Pacific Whale Foundation, el Instituto Baleia Jubarte y la Universidad Federal de Rio Grande do Norte.
“Estas ballenas fueron fotografiadas con décadas de diferencia, por personas distintas, en extremos opuestos del mundo, y aun así podemos conectar su historia”, señaló Stack.
Los autores llaman a reforzar la colaboración a través de plataformas globales de fotoidentificación como el mecanismo más eficaz para detectar estas conexiones transoceánicas y sus implicaciones para la salud de las poblaciones de cetáceos a largo plazo.
