Durante más de un siglo, los científicos sabían que las palomas podían regresar al palomar tras recorrer cientos de kilómetros sin mapa ni señal, aunque el mecanismo seguía siendo un misterio.
La respuesta, publicada el 28 de mayo de 2026 en la revista Science, vino de un lugar que nadie había previsto: el hígado.
Un equipo internacional de investigadores identificó que unas células llamadas macrófagos acumulan hierro cuando descomponen los glóbulos rojos envejecidos. Ese hierro les confiere propiedades magnéticas que les permiten responder al campo magnético terrestre.
Las células son superparamagnéticas, es decir, se comportan como pequeños imanes. Los investigadores proponen que el sistema no depende de una sola célula, sino de la señal colectiva de muchos macrófagos.
Imágenes de microscopía electrónica del tejido hepático mostraron que estos macrófagos cargados de hierro están en contacto directo con fibras nerviosas, lo que sugiere la vía por la que la señal magnética llegaría al cerebro.
El origen del estudio fue, en parte, casual.
El ornitólogo Martin Wikelski, del Instituto Max Planck de Comportamiento Animal, y el inmunólogo Christian Kurts, de la Universidad de Bonn, coincidieron durante un descanso de una conferencia científica.
Kurts mencionó que los macrófagos del bazo de ratones y humanos contenían partículas magnéticas de hierro que se formaban cuando esas células reciclaban glóbulos rojos envejecidos. Wikelski, que nunca había aceptado del todo las teorías existentes sobre la orientación magnética en aves, lo supo de inmediato: aquello podía ser la solución.
Esa conversación desembocó en más de una década de investigación conjunta entre inmunólogos, físicos y ornitólogos.
La prueba: palomas sin macrófagos, palomas perdidas
El equipo entrenó palomas para recorrer una ruta de 19 kilómetros en Alemania.
Cuando se les eliminaron los macrófagos hepáticos mediante inyección de liposomas de clodronato, las aves se orientaron con normalidad en días soleados.
Bajo cielos cubiertos, sin embargo, las palomas sin macrófagos hepáticos fueron incapaces de orientarse.
El resultado apunta a un sistema de navegación dual: cuando el sol es visible, las palomas se guían por señales visuales; cuando está oculto, dependen de su brújula interna para orientarse.
Un debate centenario, una respuesta inesperada
La magnetorrecepción (la capacidad de detectar y responder a campos magnéticos) lleva décadas suscitando controversia en la biología.
Los experimentos de los años sesenta ya mostraban que los petirrojos en cautiverio alteraban sus movimientos ante campos magnéticos artificiales, pero el mecanismo biológico responsable seguía sin identificarse.
Entre los mecanismos propuestos a lo largo de los años figuraban proteínas en los ojos, partículas en el pico y fluido en el oído interno.
“Lo que parece una “intuición” en la navegación de las aves puede tener. en realidad. una base física”, afirmó Wikelski. “No esperábamos que las células inmunitarias actuaran como sensores de campos magnéticos”. Nuestros resultados revelan un mecanismo de percepción magnética en animales hasta ahora desconocido”, agregó Kurts.
El estudio fue portada de Science y generó reacciones inmediatas en la comunidad científica.
Catherine Lohmann, ecóloga sensorial de la Universidad de Carolina del Norte, calificó el concepto de “sencillamente asombroso” y señaló que representa una línea completamente nueva en un debate que lleva décadas presente en la literatura científica.
Lo que aún falta por responder
Los propios autores reconocen que el mecanismo dista mucho de estar completamente descifrado.
Queda por determinar qué ocurre exactamente dentro de los macrófagos que los hacen sensibles al campo magnético, qué nervios transportan esa señal al cerebro y qué regiones cerebrales procesan la información.
Estos hallazgos proporcionan la primera prueba concreta de cómo el campo magnético terrestre puede percibirse en el cuerpo y transmitirse al cerebro para guiar el movimiento, según la investigadora Clivia Lisowski, quien dirigió el estudio.
La pregunta que plantea este hallazgo es aún más amplia: los investigadores quieren determinar si otros animales también usan su sistema inmune como brújula, o si la evolución ha resuelto el problema de la magnetorrecepción por más de una vía.
Las tortugas marinas, las langostas, las polillas y los murciélagos también orientan sus desplazamientos con el campo magnético terrestre.
La pregunta que queda abierta es si el mecanismo del hígado se aplica solo a las palomas o a otras especies.
