La deforestación de la Mata Atlántica brasileña cayó a 8.658 hectáreas en 2025, la cifra más baja desde que comenzaron los registros sistemáticos hace cuatro décadas.
Es la primera vez desde 1985 que la pérdida anual de bosque maduro en este bioma queda por debajo de las 10.000 hectáreas.
Así lo afirma el informe Atlas dos Remanescentes Florestais da Mata Atlântica elaborado por la ONG SOS Mata Atlântica y el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil (INPE). La reducción respecto al año anterior fue del 40%.
La Mata Atlântica no es la Amazonia. Ese punto importa.
Mientras el bosque amazónico concentra la atención internacional como símbolo de la crisis ambiental, la selva atlántica ha sido durante siglos el gran bioma olvidado. Es más antiguo, más fragmentado y está más amenazado.
Originalmente se extendía por más de 1,2 millones de kilómetros cuadrados a lo largo del litoral brasileño, con presencia también en Paraguay y Argentina. Hoy conserva apenas entre el 24% y el 31% de su cobertura original, según la metodología utilizada para calcularla.
Lo que queda sostiene, entre otras cosas, el agua potable de más de 120 millones de personas y el tejido ecológico en el que están enclavadas ciudades como Río de Janeiro y São Paulo.
El 80% de la población brasileña vive dentro de los límites históricos de este bioma.
Un hito con matices
El dato de 2025 representa un avance real.
Las 8.658 hectáreas deforestadas contrastan con las 14.366 del año anterior y con los picos registrados entre 2019 y 2023, período en el que la presión sobre los ecosistemas protegidos alcanzó niveles que generaron críticas internacionales sostenidas.
El informe fue validado por dos sistemas de monitoreo independientes, lo que descarta variaciones metodológicas como explicación del descenso.
Las organizaciones ambientalistas señalan que detrás de este resultado hay una combinación de factores: políticas de control ambiental más activas, mayor vigilancia territorial y movilización social.
El director ejecutivo de SOS Mata Atlântica indicó que la tendencia abre la posibilidad real de alcanzar la “deforestación cero” en este bioma si las condiciones políticas se sostienen.
Sin embargo, las mismas organizaciones advierten que la lectura no puede ser solo optimista.
Cada fragmento perdido en un bosque tan fragmentado como la Mata Atlântica tiene un peso ecológico desproporcionado.
A diferencia de la Amazonia, donde aún existen masas forestales continuas, este bioma funciona como un archipiélago de parches de vegetación separados por agricultura, urbanización y plantaciones comerciales.
La pérdida de conectividad entre esos fragmentos tiene consecuencias directas para la viabilidad de las poblaciones de fauna y flora que dependen de ellos.
Restauración y señales de recuperación
Junto con la reducción de la deforestación, Brasil puso en marcha entre 2023 y 2025 un programa de restauración forestal en la Mata Atlântica, centrado en Río de Janeiro.
La iniciativa movilizó alrededor de 1.400 millones de dólares, financiados en parte por el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social, y proyecta la plantación de 280 millones de árboles, la fijación de 54 millones de toneladas de carbono y la creación de 70.000 empleos vinculados al sector forestal.
El regreso del guacamayo escarlata ha funcionado como indicador visible de ese proceso. La especie (clave en la dispersión de semillas) se reprodujo en la Mata Atlântica por primera vez en casi 200 años, un dato que los especialistas citan como evidencia de que la restauración activa puede revertir daños históricos en plazos relativamente cortos.
El riesgo legislativo
El avance ambiental convive con una amenaza concreta en el plano normativo.
El Congreso brasileño aprobó recientemente lo que los ecologistas denominan el “proyecto de ley de devastación“: una reforma que elimina la obligatoriedad de obtener autorización federal previa para aprobar desmontes y transfiere esa potestad a las autoridades locales.
El ejecutivo vetó 63 de sus cerca de 400 artículos, pero el Congreso, de mayoría conservadora, anuló el 80% de esos vetos en una sesión plenaria conjunta celebrada en noviembre de 2025. El gobierno brasileño estudia impugnar la norma ante el Tribunal Supremo.
Para las organizaciones ambientalistas, la descentralización de los controles representa el mayor riesgo para la continuidad de esta tendencia positiva. El propio director de SOS Mata Atlântica advirtió que existe la posibilidad real de regresar a políticas que conciben la naturaleza como un obstáculo para el desarrollo económico.
Lo que los números no miden
Hay un problema estructural que el descenso de la deforestación no resuelve por sí solo.
Durante las últimas tres décadas, la cobertura forestal de la Mata Atlântica se ha mantenido relativamente estable en cuanto a superficie (entre 28 y 30 millones de hectáreas de bosque nativo entre 1989 y 2018), pero esa aparente estabilidad encubre una transformación profunda.
Los bosques maduros, es decir, aquellos con mayor capacidad de almacenamiento de carbono y mayor densidad de biodiversidad, han sido sustituidos progresivamente por vegetación joven de menor complejidad ecológica.
Un estudio publicado en Science Advances documentó que entre 2000 y 2015 la pérdida anual de bosque antiguo osciló entre 80.000 y 220.000 hectáreas.
El reto, entonces, ya no es únicamente detener la pérdida de superficie forestal. Es recuperar la calidad del bosque que queda.
Un guacamayo escarlata sobrevolando la costa atlántica después de dos siglos de ausencia dice más sobre lo que se perdió que sobre lo que se ha recuperado. Pero también dice algo sobre lo que todavía es posible, recordándonos la magia inalterable de parajes tan fascinantes como la Selva Negra en Alemania.
