En febrero de 2026, un vídeo grabado en el Parque Nacional de Ranthambore, en Rajastán, circuló por redes sociales y generó una reacción inmediata.
Las imágenes mostraban a un tigre completamente rodeado de vehículos de safari mientras los turistas gritaban y fotografiaban al animal desde pocos metros de distancia.
El tigre intentaba retroceder hacia el bosque, pero no encontraba espacio para hacerlo. No era un caso aislado. Era la imagen de un problema que llevaba años acumulándose.
La decisión del Supremo
En noviembre de 2025, el Tribunal Supremo de la India emitió un fallo que introdujo restricciones de amplio alcance en las reservas de tigres del país.
Este incluye la prohibición de teléfonos móviles, el fin de los safaris nocturnos y limitaciones al desarrollo urbanístico en los bordes de las reservas.
La medida entró en vigor en abril de 2026, cambiando por completo las condiciones de acceso a los safaris de tigres en India. El fallo llegó tras años de deterioro documentado en el comportamiento de los turistas en más de 50 reservas del país.
La prohibición no es una recomendación: es de obligado cumplimiento.
La responsabilidad de su aplicación recae en los guías de safari de categorías A y B. Quien incumpla la norma se expone a sanciones penales.
Se trata de un enfoque considerablemente más estricto que los intentos anteriores, que incluyeron restricciones a guías y conductores, pero fueron derogadas tras las protestas.
Qué cambió en la práctica
Los teléfonos móviles deben depositarse en la entrada de las reservas o entregarse a los guías antes de iniciar el recorrido. Los guías y conductores solo pueden llevar un teléfono en casos de emergencia.
Al menos dos de las principales reservas de tigres de la India (el Parque Nacional de Ranthambore y la Reserva de Tigres de Sariska, ambas en Rajastán) ya obligan a los turistas a respetar esta medida, sin excepción alguna y durante todo el safari.
La prohibición se aplica también en Bandhavgarh, Kanha, Pench, Satpura, Panna, Tadoba-Andhari y Umred Karhandla Wildlife Sanctuary.
Algunos parques como Tadoba y Umred la aplicaban desde hacía años; el resto se ha sumado ahora bajo las directrices del Supremo.
Las cámaras fotográficas convencionales, réflex y equipos de vídeo siguen permitidos, en la mayoría de los casos sujetos a un registro previo. La medida no apunta a la fotografía en sí, sino al comportamiento que generan los teléfonos en entornos de fauna salvaje.
El problema que los móviles habían creado
Los guías saltaban de los jeeps en marcha para recuperar teléfonos caídos. Un niño cayó de un vehículo en mitad de una selfie, a pocos metros de un tigre.
Estos incidentes no eran anécdotas; eran el resultado directo de una dinámica que los propios sistemas de comunicación entre conductores habían amplificado.
Los teléfonos móviles habían llevado a los turistas a presionar a los conductores para acercarse más a los animales.
Varias decenas de vehículos convergían en un mismo punto de avistamiento, forzando a los tigres a modificar sus rutas o a retirarse hacia zonas de vegetación densa.
El estrés sobre la fauna era creciente y las condiciones de seguridad para los visitantes se habían deteriorado.
Las publicaciones georreferenciadas en redes sociales agravaron el problema.
Cuando un punto de agua o una ruta de tránsito de tigres aparece vinculado a imágenes virales, los vehículos convergen en ese lugar con la expectativa de replicar la fotografía.
Lo que los operadores llaman safari jams (atascos de safari) se había convertido en algo rutinario.
India no es el único destino que endurece las reglas
La tendencia va más allá de las reservas de tigres de la India.
En agosto de 2025, un vídeo grabado en el Maasai Mara de Kenia mostró a turistas bajando de sus vehículos y corriendo hacia la orilla del río durante la Gran Migración de ñus, bloqueando el paso a los animales y forzándolos a retroceder hacia aguas plagadas de cocodrilos.
El gobierno keniano respondió con nuevas directrices para operadores turísticos. Ahora, los visitantes deben permanecer en los vehículos en todo momento salvo en las zonas designadas.
Las medidas fueron presentadas públicamente como una respuesta directa al incidente viral.
En ambos casos (India y Kenia) el patrón se repite: el turismo de fauna salvaje ha crecido a un ritmo que las reservas no estaban preparadas para absorber, y las redes sociales han actuado como acelerador de esa presión.
Una pregunta que el sector no puede ignorar
Algunos guías y conservacionistas argumentan que el problema de fondo no está en los teléfonos sino en la gestión de expectativas. Es decir, la creencia generalizada de que todo safari debe producir un encuentro dramático y cinematográfico.
Las restricciones en India son, en ese sentido, más que una norma de conducta. Es un reconocimiento explícito de que las zonas protegidas son espacios de conservación, no escenarios para la generación de contenidos.
Los ecologistas han calificado la prohibición de paso largamente esperada hacia un turismo de fauna salvaje más responsable.
India alberga más de 3.600 tigres de Bengala salvajes, el 75 % de la población mundial de la especie. Si ese número ha crecido en la última década, es, en parte, gracias a las políticas de conservación.
Que esa misma recuperación haya disparado la presión turística es una paradoja que el sector tendrá que gestionar con más cuidado del que ha demostrado hasta ahora.
