Los pueblos indígenas de Australia han estado viajando constantemente a lo largo y ancho del continente pero de una forma muy diferente a la que viajamos hoy en día.
En estos largos recorridos que hacían había varias premisas que podrían ser las que en nuestros días diferencian al buen viajero del turista: el deseo de conocer y aprender sobre lo extranjero y el profundo respeto por el nuevo lugar y las personas que lo habitaban.
Su forma de viajar era muy característica, ya que no usaban mapas ni marcaban los caminos con dibujos o señales en el suelo. Todo el continente australiano estaba mapeado a partir de diferentes canciones, songlines, que hablaban de los ríos que atravesaban, las cordilleras que les rodeaban, las salinas y las dunas de arena, los pozos de agua, los lugares en los que había alimento e incluso las estrellas, y es que estos senderos también podían ser celestes, ya que usaban las constelaciones como guías en sus viajes.
Como dice el novelista Bruce Chatwing “fueran donde fueran, sus pisadas dejaban un reguero de música, y finalmente, cuando la Tierra hubo sido cantada, se sintieron exhaustos”.
Dentro de su sistema de creencias, una línea sonora sigue el camino que habían tomado los espíritus ancestrales que crearon el mundo en la era primigenia, y cada hito natural que encuentran en el camino —una depresión, un lago, un árbol con cicatrices—, puede simbolizar una huella de sus antepasados.
Cuenta la escritora Valeria Mata que cada predecesor iba esparciendo palabras y notas musicales con la sucesión de sus pisadas y esos rastros quedaban impresos con sutileza sobre la tierra.
De este modo, los songlines funcionaban como mapa y como punto de orientación: conocer la canción significaba conocer el territorio. Sin embargo, desde la llegada de los colonos ingleses a la isla, lo que un día fueron senderos espirituales, poco a poco se fueron convirtiendo en rutas comerciales, en caminos anchos transitados por carros, hasta convertirse en muchas de las carreteras que hoy surcan el país.
Esta forma tan especial de entender el camino también les hacía cuidar la naturaleza: los cantos eran al mismo tiempo una forma de agradecer a la tierra lo que tenían. Cuando el lugar en el que vivían ya no era fértil, lo abandonaban para que la naturaleza pudiera recuperarse y comenzaban en un nuevo lugar.
Estaba prohibido marcar la tierra, por eso la cantaban. De hecho, los colonos ingleses reconocieron esta tierra como “Terra Nullius”, es decir, una tierra vacía de cultura y civilización, cuando realmente era un lugar cargado de cultura, tradición, espiritualidad y vida.
Por otro lado, el viaje también surgía de un afán de conocer al otro. Los habitantes del centro de la isla viajaban hasta el mar para poder aprender de la forma de vida que allí había y viceversa, y cuando llegaban a un nuevo territorio, lo cantaban en el idioma del pueblo vecino, para decirles de esta forma que lo honraban y lo respetaban, que el viaje nacía desde ese lugar.
A partir de estos intercambios, llegaron a trazar rutas en diferentes idiomas que les permitían recorrer hasta más de 3500 kilómetros, siendo muchas de ellas aún utilizadas: se dice que se puede seguir un songlineque conecta la Región del Desierto Central con Byron Bay, la costa este de Australia.
A modo de ritual para alcanzar la madurez y el conocimiento sagrado de su comunidad, los jóvenes entre diez y dieciséis años debían realizar un viaje de medio año en solitario ayudados por los guías ancestrales a través de estos songlines. Este periodo nómada les enseñaba a encontrar comida, agua y refugio, a reconocer plantas comestibles y curativas. A valerse por sí mismos y a valorar su tierra.
Viajar se convierte entonces en la piedra angular de las comunidades indígenas australianas, que deambulaban con música de un lugar a otro, cuidando la tierra de un modo que podría servir de ejemplo a nuestra sociedad actual.
Estos songlines representan la literatura oral del pueblo indígena australiano y son comparables a La Odisea, La Ilíada o incluso el Génesis, relatos que también ahondan en nuestros orígenes y que se transmitían de forma oral a través del canto. Pero también representan ahora un recordatorio de la importancia de atender a nuestros relatos fundacionales, de proteger nuestra naturaleza, del deseo innato de conocer que nos conecta con lo desconocido y de volver a viajar desde el respeto y el cuidado del entorno y quienes lo componen.
