Cuando se habla de años catastróficos en la historia de la humanidad, suelen aparecer fechas conocidas. 1349, con la peste negra arrasando Europa; 1918, con la gripe española; 1945, con el final de la Segunda Guerra Mundial.
Pero cuando el medievalista Michael McCormick, de la Universidad de Harvard, se propuso identificar el peor año para estar vivo, ninguno de esos candidatos se llevó el título.
Su elección recayó en uno mucho menos conocido: el año 536.
Un sol que dejó de dar luz
La fuente más citada sobre lo ocurrido ese año es Procopio de Cesarea, historiador bizantino y consejero del general Belisario, en tiempos del emperador Justiniano I.
En sus crónicas, escribió que el sol “emitió su luz sin brillo, como la luna, durante todo el año”, y que parecía estar en un eclipse permanente. Según su relato, desde ese momento los hombres no estuvieron libres “ni de guerra, ni de pestilencia, ni de ninguna otra cosa que condujera a la muerte”.
Durante siglos, ese testimonio se trató como una exageración literaria más, típica de las crónicas antiguas. La ciencia moderna terminó dándole la razón.
Lo que revelaron los anillos de los árboles y el hielo de los glaciares
McCormick, junto al glaciólogo Paul Mayewski, del Instituto de Cambio Climático de la Universidad de Maine, analizó con técnicas de altísima precisión el hielo de un glaciar suizo, el Colle Gnifetti.
Ahí encontraron pruebas claras de una gran erupción volcánica ocurrida a comienzos del 536, probablemente en Islandia, que lanzó enormes cantidades de ceniza y aerosoles a la atmósfera del hemisferio norte.
El investigador Ulf Büntgen aportó una segunda pieza del rompecabezas mediante la dendroclimatología, que reconstruye el clima del pasado a partir de los anillos de crecimiento de los árboles.
Sus análisis mostraron un patrón de crecimiento extremadamente pobre asociado no a una sola erupción, sino a una serie de ellas, ocurridas en los años 536, 540 y 547, que fueron empujando el hemisferio norte hacia lo que hoy se conoce como la Pequeña Edad de Hielo de la Antigüedad Tardía.
El efecto combinado fue devastador.
Las partículas en suspensión bloquearon buena parte de la radiación solar durante un periodo de entre doce y dieciocho meses, y las temperaturas de verano cayeron hasta 2,5 °C por debajo del promedio europeo.
Lo que siguió fue la década más fría de los últimos 2300 años.
Un volcán todavía sin nombre confirmado
Curiosamente, la identidad exacta del volcán responsable de la erupción del 536 sigue siendo materia de debate científico.
El origen islandés es la hipótesis más respaldada por los análisis recientes del hielo, pero otras investigaciones apuntaron a América Central. Algunos estudios sobre sedimentos marinos del Pacífico sugirieron que la erupción del volcán Ilopango, en el actual El Salvador, podría haber sido mucho mayor de lo que se pensaba y haber coincidido con esta misma crisis climática.
Incluso llegó a proponerse una erupción del Krakatoa, aunque sin pruebas sólidas que la respalden.
Es posible, de hecho, que no haya sido un único volcán, sino una combinación de erupciones casi simultáneas la que terminó de hundir el planeta en la oscuridad.
El efecto dominó: hambre, frío y peste
Las consecuencias de un cielo oscurecido durante más de un año fueron, como era de esperar, ante todo agrícolas.
Los cultivos se helaron o directamente no llegaron a madurar, y los registros de la época (desde los Anales de Inisfallen en Irlanda hasta las crónicas de la dinastía Wei en China) coinciden en describir graves hambrunas entre el 536 y el 539, con menciones aisladas de casos de canibalismo en situaciones de extrema necesidad.
Y lo peor todavía estaba por llegar.
En el 541, apenas cinco años después del inicio del invierno volcánico, estalló en el Mediterráneo oriental la peste de Justiniano, la primera pandemia de peste bubónica documentada en la historia.
Se prolongó, en oleadas sucesivas, durante más de dos siglos y, según distintas estimaciones, pudo haber matado a decenas de millones de personas en Europa, Asia y el norte de África.
Para McCormick, no se trató de una simple coincidencia temporal. Una población debilitada por años de hambruna y frío extremo estaba mucho peor preparada para resistir una pandemia de esa magnitud.
Por qué el 536 les gana a otros “peores años” de la historia
A diferencia de la peste negra de 1349 o de la gripe de 1918, catástrofes relativamente acotadas en el tiempo, el 536 se distingue por la combinación y la duración de sus efectos.
Un colapso climático de varios años, seguido de hambrunas generalizadas y, por si fuera poco, de la pandemia más letal registrada hasta entonces.
Según McCormick, pocos periodos de la historia humana concentraron tantas formas distintas de catástrofe que actuaran al mismo tiempo y se reforzaran entre sí.
El episodio también ha servido, en los últimos años, de espejo incómodo para el presente. El mismo McCormick señaló que el enfriamiento registrado en el 536 (entre 1,5 y 2,5 °C) es comparable, en magnitud, al calentamiento que hoy preocupa a los climatólogos, aunque en sentido contrario.
La diferencia, claro, es que aquella vez el cambio climático no lo provocó la actividad humana, sino la furia repentina de uno o varios volcanes que, casi mil quinientos años después, nadie ha logrado identificar con certeza.