La lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO abarca 1.248 sitios en 170 países y es considerada uno de los reconocimientos internacionales más prestigiosos del planeta.
Sin embargo, hay lugares que hoy prefieren renunciar a ese título, según documentó la BBC. La razón, en ambos casos, tiene nombre: turismo masivo y restricciones que afectan la vida de quienes habitan esos sitios.
Una aldea eslovaca con 14 habitantes y 100.000 turistas al año
Vlkolínec es una pequeña aldea de montaña en el centro de Eslovaquia cuyas casas de madera pintadas en colores vivos y agrupadas en torno a un campanario del siglo XVIII la convirtieron en un destino codiciado.
La UNESCO la inscribió en la Lista del Patrimonio Mundial en 1993 por conservar un ejemplo excepcional de arquitectura rural tradicional de los Cárpatos.
Treinta años después, la aldea recibe alrededor de 100.000 visitantes al año, frente a apenas 14 habitantes permanentes repartidos en cuatro familias. Cuando fue inscrita, vivían allí 27 personas. La caída de población y la presión turística transformaron lo que fue un reconocimiento en una carga difícil de sostener.
El problema, según los residentes, es que muchos visitantes se comportan como si entraran en un museo etnográfico: fotografían fachadas, se adentran en zonas privadas, entran en patios y miran por las ventanas de casas habitadas.
Algunos vecinos han tenido que instalar vallas de hierro y colocar carteles de “Prohibida la entrada a terrenos privados”.
A las tensiones por el turismo se suman las restricciones vinculadas a la conservación, que los vecinos perciben como una limitación para actividades cotidianas como mantener animales, trabajar parcelas o reformar viviendas.
Paradójicamente, la propia UNESCO reconoce que Vlkolínec es vulnerable al impacto del turismo. El turismo no solo interfiere en la vida diaria de sus habitantes, sino que también ha propiciado la llegada de residentes temporales que adquieren viviendas con fines recreativos.
Tanzania: cuando proteger el paisaje desplaza a quienes lo habitan
A unos 7.000 kilómetros de Eslovaquia, la Alianza Internacional de Solidaridad Masái (MISA, por sus siglas en inglés) también ha solicitado que el Área de Conservación de Ngorongoro, en el norte de Tanzania, sea retirada de la Lista del Patrimonio Mundial.
El caso tiene una dimensión distinta, con implicaciones de derechos humanos que van más allá del turismo.
MISA señala que las políticas de conservación asociadas al estatus de Patrimonio Mundial han sido utilizadas para justificar el desplazamiento de comunidades indígenas de sus tierras ancestrales, con restricciones al pastoreo, la movilidad y el acceso a recursos esenciales.
La organización apunta a desplazamientos que se remontan a 1959, cuando comunidades fueron expulsadas del Parque Nacional del Serengueti. A los masáis se les aseguró en ese momento que no habría más traslados forzados; esa promesa no se cumplió.
En febrero de 2026, un informe presentado ante la UNESCO indicó que el gobierno tanzano tiene previsto continuar con el traslado de personas del área de Ngorongoro y que no se ha avanzado en la elaboración de un nuevo Plan General de Gestión para el sitio.
Un mecanismo que no contempla a quienes viven dentro
Ambos casos comparten un denominador común: la UNESCO no tiene herramientas diseñadas para este tipo de conflicto.
El organismo puede evaluar y responder a amenazas que comprometan la conservación de un sitio, pero su papel resulta menos claro cuando la queja no deriva de daños al lugar en sí, sino de la situación de las personas que lo habitan.
Ante la pregunta de si la UNESCO puede intervenir en casos donde los residentes sienten que el turismo o las políticas de preservación perjudican sus vidas, el especialista en turismo sostenible del organismo respondió: “En realidad, no disponemos de un mecanismo para ello”.
Investigadores especializados en turismo cultural señalan que la inclusión en la Lista del Patrimonio Mundial funciona como una calificación de estrellas en una guía turística, que dirige a los viajeros hacia los lugares “imprescindibles”.
El efecto es casi automático y los académicos lo denominan “musealización”: la transformación gradual de comunidades vivas en espacios orientados cada vez más hacia los turistas, en detrimento de sus residentes.
Venecia, inscrita en 1987, es el ejemplo más citado. El turismo masivo contribuyó a la salida de sus residentes y a la transformación de la ciudad en un espacio fundamentalmente orientado al visitante.
En Lijiang, China, el turismo se disparó tras la designación de 1997 y convirtió parte del centro histórico en un barrio de pensiones y tiendas de souvenirs que, según investigadores y residentes, diluyeron la vida local.
La UNESCO solo ha eliminado tres sitios en su historia
Retirar un sitio de la Lista del Patrimonio Mundial es extremadamente infrecuente.
Desde la creación del programa en 1978, la UNESCO solo ha eliminado tres: el Santuario del Órix Árabe en Omán, el Valle del Elba en Dresde y el conjunto Liverpool Maritime Mercantile City.
En todos esos casos, la retirada se debió a grandes desarrollos urbanísticos que alteraron el valor universal excepcional de los bienes, no a la voluntad expresa de los residentes.
El procedimiento es complejo y requiere negociaciones entre el Estado miembro y la UNESCO, así como evaluaciones técnicas exhaustivas.
Curiosamente, la pérdida del reconocimiento de la UNESCO no siempre ha derivado en una caída dramática del turismo. Liverpool continuó atrayendo visitantes por su música, deporte e identidad cultural; Dresde también siguió siendo un destino relevante después de ser eliminada de la lista.
A pesar de las peticiones de los residentes de Vlkolínec y del grupo de defensa de los masáis de Ngorongoro, no se prevé que el Comité del Patrimonio Mundial aborde la situación de ninguno de los dos lugares en su próxima sesión.
La conclusión más incómoda que surge de estos casos es que salvar un lugar y preservar a quienes lo habitan no siempre son el mismo objetivo. Y que el sistema, tal como está diseñado, no fue pensado para resolver esa diferencia, algo evidente en las recordadas ruinas de Belchite.
