¿Sabías que el palacio real más antiguo en uso de Europa está en la ciudad de Sevilla? Resulta sorprendente conocer este dato, ya que esta ciudad andaluza jamás ha sido capital del Reino de España, a pesar de su importancia como puerto comercial en el siglo XVI.
Entonces, ¿cómo es que cuenta con un palacio que aún acoge a las familias reales que descansan en la ciudad?
La razón es sencilla: los nobles se hospedan en el Real Alcázar, un conjunto de edificios con casi 1000 años de antigüedad, en el que se mezclan estilos muy diferentes, combinando la esencia árabe y cristiana de la propia ciudad.
El Real Alcázar de Sevilla es, junto al Archivo de Indias y la Catedral, Patrimonio de la UNESCO desde el año 1987, y cada año recibe a dos millones de visitantes llegados desde todo el planeta.
Su fama bien merecida se ha vuelto más patente en los últimos tiempos, gracias a su aparición en películas y series muy reconocidas, como “El Cautivo” o “Juego de Tronos”.
Este espacio es una visita ineludible si pasas por la ciudad del Guadalquivir y quieres disfrutar de una auténtica experiencia inmersiva para entender cómo se vivía en un palacio real de la Edad Media.
Un palacio fortificado lleno de leyendas

El Real Alcázar se sitúa en pleno centro de Sevilla, justo al lado de la Catedral de la ciudad, una de las más grandes de Europa.
Se sabe que en este mismo lugar hubo asentamientos romanos y visigodos en su momento, lo cual es lógico si se tiene en cuenta la cercanía del río Guadalquivir.
El rey musulmán Abderramán III comenzó en el siglo X la construcción del complejo, que siglos más tarde sería tomado por Fernando III de Castilla durante la Reconquista de la ciudad.
Los Reyes Católicos posteriores ampliaron el espacio y construyeron distintos palacios y estructuras, que son las que hoy se conservan, como el imponente Palacio Mudéjar, seguramente el edificio más emblemático del conjunto.
Desde el siglo XIII, el palacio se convirtió en la residencia de los reyes cuando visitaban la ciudad, un honor que sigue ostentando a día de hoy.
La suma de diversos elementos y estilos arquitectónicos y ornamentales hace que el Alcázar sea un lugar único en todo el mundo, con palacetes, inmensos jardines y multitud de fuentes, legado de su pasado mozárabe.
Muestra de ello es el aljibe de los baños de María de Padilla, que se encuentra justo debajo del Patio de Crucero, una “piscina” interior espectacular que es, sin duda, uno de los rincones más fotografiados en las visitas.
Se cuenta que María de Padilla, amante del rey Pedro, solía tomar baños desnuda en este aljibe, y que luego daba ese mismo agua a beber al monarca, que estaba perdidamente enamorado de ella.
La Sala de los Azulejos, o Sala de la Justicia, es otro de los ejemplos paradigmáticos de la belleza de este lugar. Este espacio cuenta, además, con una conocida leyenda que se viene contando desde hace siglos.
El rey Pedro I el Cruel llamó al Alcázar a su hermanastro, don Fadrique, tras oír rumores de que mantenía una relación romántica con su esposa, Blanca de Borbón. Al acudir el noble al alcázar, el rey le pidió explicaciones y ambos se enzarzaron en una dura pelea, que terminó de forma trágica con Pedro degollando a su hermanastro.
La leyenda cuenta que aún hoy se pueden ver las gotas de sangre de aquel cruento enfrentamiento en el suelo de esta imponente sala.
Apariciones inexplicables y ecos del pasado
El rey Pedro el Cruel también es protagonista de muchas de las historias de fantasmas que se cuentan sobre el Alcázar.
La figura del monarca, uno de los más importantes de su época en Sevilla, quedó grabada a fuego en este rincón. Tanto es así que, a día de hoy, todavía se siguen dando testimonios de su aparición en forma espectral en algunas zonas de los palacios y jardines del espacio.
Al ser un recinto tan amplio, es lógico que el Alcázar también guarde sus propios secretos fantasmales, y no solo en la figura de Pedro el Cruel.
En la parte central del Alcázar existe un lugar llamado el Patio de las Cien Doncellas, que sirvió, aparentemente, para recibir a este centenar de jóvenes llegadas de diferentes puntos del reino.
Era una forma de vasallaje y de ofrenda a los gobernantes árabes, un tributo de sus señores para mantener su lealtad y su ayuda, si fuera necesario. Las doncellas se quedaban a vivir en el palacio, pero no todas tenían tanta suerte. Más allá de las que servían como esclavas, muchas de ellas también eran enviadas a otros lugares, como “regalo” de esos gobernantes a otros reinos.
Algunas historias afirman que todavía se puede ver la silueta de una joven doncella acercándose a la fuente de este patio, sobre todo en las noches de luna llena.
El Real Alcázar de Sevilla se ha convertido en uno de los monumentos imprescindibles de la capital andaluza, un rincón imperdible para los visitantes.
El recorrido puede durar horas si queremos ver con atención todos y cada uno de los rincones de las salas, los jardines y los patios que conforman esta joya arquitectónica.