Costasiella kuroshimae, la babosa marina que retiene cloroplastos de las algas para fotosintetizar. Foto: Diego Delso, delso.photo, CC BY-SA 4.0

Ni animal ni planta: la babosa que roba cloroplastos para fotosintetizar

La apodan «oveja de hoja» y es uno de los pocos animales que necesitan literalmente la luz del sol para completar su dieta.
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La babosa marina que hace fotosíntesis existe y mide menos de un centímetro.

Se llama Costasiella kuroshimae.

Es un molusco sin concha del grupo de los sacoglosos y, cuando se alimenta de algas, no solo digiere sus células, sino que extrae los cloroplastos intactos y los conserva en su propio cuerpo, donde siguen captando luz solar durante varios días.

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Un robo celular con nombre propio

El proceso se llama cleptoplastia, un término que significa ‘robar plastidios’, y consiste en que la babosa incorpora los cloroplastos de las algas que consume sin destruirlos.

Esos orgánulos quedan alojados en células especializadas del tracto digestivo del animal, distribuidas en las protuberancias verdes que cubren su dorso y le dan el aspecto de un pequeño vellón.

De ahí el apodo con el que circula entre buceadores: “oveja de hoja”.

Costasiella kuroshimae fue descrita en 1993 por el investigador Ichikawa a partir de ejemplares hallados en la isla japonesa de Kuroshima, de donde toma su nombre científico.

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Mide entre 5 y 10 milímetros y se encuentra en aguas de Japón, Filipinas, Indonesia y Guam, siempre asociada a un tipo específico de alga verde del género Avrainvillea, su única fuente de alimento y, por lo tanto, de cloroplastos.

Qué hacen los cloroplastos una vez dentro de la babosa

Un estudio publicado en 2014 en la revista Journal of Molluscan Studies analizó la capacidad fotosintética de cinco especies del género Costasiella y confirmó que tres de ellas retienen cloroplastos funcionales.

Entre esas tres hay una diferencia que rara vez se menciona en los artículos de divulgación.

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Costasiella ocellifera los conserva activos durante varias semanas, mientras que Costasiella kuroshimae (la especie conocida popularmente como oveja de hoja) pertenece al grupo de retención corta, con cloroplastos que permanecen funcionales solo por días, no semanas.

Mientras están activos, esos cloroplastos siguen fijando dióxido de carbono y generando compuestos energéticos, como lo harían dentro de la propia alga.

El mismo estudio comprobó algo que matiza el atractivo de la fotosíntesis animal.

Costasiella ocellifera sobrevivió al menos 38 días en condiciones sin luz, lo que demuestra que los cloroplastos no son indispensables para la supervivencia.

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Los investigadores proponen que funcionan más como una despensa de nutrientes de reserva que como una fuente primaria y constante de energía.

Por qué la babosa no se convierte en planta

La cleptoplastia no equivale a una fusión entre un animal y un vegetal.

La babosa no incorpora el núcleo de la célula algal ni adquiere la maquinaria genética necesaria para fabricar cloroplastos nuevos.

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Solo conserva, por un tiempo limitado, los que ya existían dentro del alga que comió. Cuando esos orgánulos se degradan, la babosa necesita volver a alimentarse para reponerlos.

Este fenómeno no es exclusivo de Costasiella.

Aparece en otros géneros de sacoglosos, como Elysia, aunque con distintos grados de eficacia y duración según la especie.

Dentro de ese grupo, Costasiella representa uno de los casos mejor documentados de retención de corto plazo, y su estudio ayuda a los investigadores a entender cómo evolucionó esta capacidad de manera independiente en distintas ramas del árbol genealógico de los sacoglosos.

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Costasiella kuroshimae. Foto: Rickard Zerpe, CC BY 2.0

Una anatomía perfecta para pasar inadvertida

El color verde de Costasiella kuroshimae no es pigmentación de la piel, sino el reflejo directo de los cloroplastos alojados bajo su superficie translúcida.

Sus cerata (las protuberancias en forma de hoja que cubren su dorso) concentran la mayor densidad de cloroplastos y funcionan, a la vez, como camuflaje entre las algas de las que se alimenta.

Los rinóforos, dos estructuras sensoriales ubicadas en la cabeza, le permiten percibir por vía química la presencia de Avrainvillea en el sustrato antes de aproximarse a alimentarse.

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Esa dependencia tiene un límite marcado por los días.

Los cloroplastos que la babosa roba no se regeneran ni se dividen dentro de su cuerpo: se agotan, pierden actividad y deben reemplazarse con cada nueva comida.

Costasiella kuroshimae vive, entonces, en una renovación constante entre comer y absorber luz, sin que ninguna de las dos funciones alcance por sí sola para sostenerla.

Es, hasta donde permite ver la ciencia hoy, uno de los pocos animales que necesitan literalmente la luz del sol para completar su dieta.

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