Hay fotos que dan la vuelta al mundo y plantean una pregunta inmediata: ¿existe un lago que convierte a los animales en estatuas de piedra? En pocas palabras, no. Pero la historia completa es más interesante.
El lago Natrón, en el norte de Tanzania, es uno de los ambientes más hostiles del planeta. Y, al mismo tiempo, es el lugar elegido por millones de flamencos para criar.
Un lago enorme, sin salida y casi sin profundidad
El Natrón se encuentra en el norte de Tanzania, junto a la frontera con Kenia, a unos 120 kilómetros al noroeste de la ciudad de Arusha y al noreste del Área de Conservación de Ngorongoro.
Se asienta a unos 600 metros sobre el nivel del mar, en el fondo del Gran Valle del Rift, en el tramo conocido como Rift de Gregory, la rama oriental de la gran fractura que recorre el este de África. A unos 25 kilómetros al norte, ya en territorio keniano, hay otro lago de soda, el Magadi. Y hacia el sur se alza el volcán Ol Doinyo Lengai.
Sus dimensiones impresionan. Se extiende unos 57 o 58 kilómetros de norte a sur, con un ancho medio de unos 15 kilómetros y un máximo de 22. Su superficie oscila entre 850 y 1040 kilómetros cuadrados, según la fuente y la época del año.
Pero esa extensión engaña, porque el lago es muy poco profundo. Esto hace que cambie de tamaño con las estaciones. Se reduce al final de la estación seca, hacia octubre y noviembre, y crece cuando terminan las lluvias, en abril y mayo. En los meses secos, la superficie queda cubierta por una costra de sal que solo se disuelve cuando vuelven las lluvias.
Además, el Natrón no tiene salida. El agua llega sobre todo por el río Ewaso Ng’iro, que nace en Kenia, y por manantiales termales ricos en minerales. Pero solo puede salir por evaporación.
Bajo el intenso sol ecuatorial, lo que queda es una sopa cada vez más concentrada de sales y minerales.
Por qué es tan extremo
La clave está a pocos kilómetros, en el volcán Ol Doinyo Lengai, que en lengua masái significa “la montaña de Dios”. Es un volcán muy particular: el único del mundo que ha entrado en erupción en tiempos históricos con una lava llamada natrocarbonatita.
Esa lava no se parece a ninguna otra. Es rica en carbonatos de sodio y potasio, y muy pobre en calcio y magnesio. Sale a una temperatura de entre 500 y 600 °C, muy inferior a la de una lava común, así que de día se ve negra en lugar de roja. Y al contacto con la humedad del aire se vuelve blanca en pocas horas.
Durante miles de años, esos minerales fueron a parar al lago. Al concentrarse por la evaporación, formaron natrón (que le da el nombre al lago) y trona, dos sales alcalinas.
El resultado es una salmuera cáustica con un pH superior a 10, que algunas mediciones sitúan cerca de 12.
Para comparar: el agua del mar ronda 8. A eso se suma el calor, con temperaturas del agua de entre 40 y 60 °C.
El lago Natrón sorprende, además, por su aspecto. En la estación seca, cuando el agua se concentra, aparecen tonos rojos, naranjas y rosados sobre las costras de sal.
El color viene de microorganismos que viven en la salmuera, como algas y cianobacterias, que se multiplican justamente donde casi nada más podría hacerlo.
¿El lago convierte a los animales en piedra?
Aquí entra el mito. En 2013, el fotógrafo Nick Brandt publicó Across the Ravaged Land, con imágenes de pájaros y murciélagos cubiertos de una costra blanca, como esculpidos en piedra. Se hicieron famosas en todo el mundo.
La realidad es más sobria. Brandt encontró los cuerpos ya muertos, varados en la orilla durante la estación seca, y los colocó en poses para fotografiarlos.
No se convierten en piedra: el carbonato de sodio se seca sobre ellos y los recubre, y las sales los conservan, en un proceso similar a la momificación.
Cómo mueren exactamente no está claro. Lo que sí se sabe es que el lago no petrifica a los animales que viven en él.
Lago Natrón, el refugio de los flamencos
Y aquí está la gran paradoja. El Natrón es el principal sitio de cría de los flamencos enanos de África oriental, con hasta 2,5 millones de aves en las épocas de mayor concentración. El flamenco enano es una especie que la UICN considera casi amenazada.
Los flamencos pueden vivir ahí porque tienen las patas protegidas por una piel resistente a la alcalinidad y porque filtran con el pico las cianobacterias de las que se alimentan. Pero la razón de fondo es otra: casi ningún depredador puede sobrevivir en ese ambiente.
Para un flamenco, esa hostilidad es una fortaleza. Sus nidos, en islotes de barro y sal rodeados de agua cáustica, quedan fuera del alcance de casi cualquier atacante.
También viven en el lago unas pequeñas tilapias de aguas alcalinas, endémicas, que se refugian en las zonas más frescas donde vierten sus aguas los manantiales.

Un ecosistema frágil
Por su valor ecológico, la cuenca del lago Natrón fue declarada sitio Ramsar (humedal de importancia internacional) el 4 de julio de 2001.
Aun así, su futuro estuvo en duda. A comienzos de la década de 2000 se propuso instalar una planta de carbonato de sodio, un proyecto que, según los conservacionistas, habría puesto en riesgo la cría de los flamencos.
En 2008, la empresa Tata Chemicals comunicó que no seguiría adelante con el proyecto, y cualquier nueva evaluación quedó supeditada al plan de gestión del humedal.
Hoy, las principales amenazas son la minería y la extracción de agua de los ríos que alimentan el lago.
Cómo visitarlo
El Natrón es un destino remoto, lejos del circuito clásico de safaris.
Desde Arusha son cinco o seis horas por carretera, con el último tramo en pistas de tierra en mal estado, por lo que se recomienda un todoterreno (4×4) y un guía local. La base habitual es Engare Sero, un pueblo masái desde el que se organizan las excursiones.
La mejor época es la estación seca, de junio a octubre, aunque el calor es intenso.
Entre las actividades están la caminata hasta las cascadas de Engare Sero, donde se puede nadar, y el ascenso al Ol Doinyo Lengai, que es exigente y suele hacerse de madrugada.
Un consejo importante: usar calzado resistente cerca de la orilla, porque hay zonas de suelo caliente, y evitar el contacto con el agua, que es cáustica.
Un lago que protege lo que parece destruir
El Natrón desafía la intuición. Tiene un agua capaz de irritar la piel, un calor que apenas se soporta y una orilla sembrada de restos conservados por la sal. Todo apunta a un lugar sin vida.
Sin embargo, es esa misma dureza la que mantiene a salvo a los flamencos, porque aleja a casi todos sus enemigos.
Por eso, la mayor amenaza para estas aves no es el lago, sino lo que el ser humano pueda hacerle: una planta industrial, una presa en los ríos que lo alimentan. Quizás ahí esté su lección. A veces, lo más difícil de habitar es justamente lo que mejor protege.