La desoxigenación acuática, la pérdida progresiva de oxígeno disuelto en océanos, lagos y ríos, dejó de ser un fenómeno menor dentro de la crisis climática.
Un equipo de investigadores de la Scripps Institution of Oceanography, en la Universidad de California en San Diego, publicó el 30 de junio de 2026 una revisión en la revista Limnology and Oceanography que propone incorporar este proceso como un décimo límite planetario formal, al mismo nivel que el cambio climático o la acidificación de los océanos.
Qué es la desoxigenación acuática y por qué se acelera
El oxígeno disuelto llega al agua desde la atmósfera y a través de la fotosíntesis de algas y plantas acuáticas. Luego, se distribuye entre capas por el efecto del viento, de las corrientes y de la mezcla vertical.
El calentamiento global interfiere en ambas etapas de ese proceso.
Por un lado, el agua más caliente disuelve peor los gases, incluido el oxígeno, un efecto puramente físico de solubilidad.
Por otro lado, cuando la superficie se calienta más rápido que las capas profundas, el agua se estratifica en capas de distinta densidad que no se mezclan entre sí con la misma facilidad, lo que atrapa el oxígeno cerca de la superficie e impide que llegue a las profundidades.
A eso se suma un segundo motor, independiente del clima: la contaminación por nutrientes agrícolas y urbanos, que favorece el crecimiento descontrolado de algas.
Cuando esa biomasa vegetal muere y se descompone, el proceso consume grandes cantidades de oxígeno adicional, lo que agrava aún más la caída de sus niveles en el agua.
Los números detrás de la alarma
La evidencia no proviene de un solo estudio, sino de varias líneas de investigación que coinciden en la misma dirección.
Una revisión publicada en 2017 en la revista Nature calculó que los océanos han perdido poco más del 2 % de su oxígeno disuelto desde 1960. Este porcentaje puede sonar bajo, pero se concentra de forma desproporcionada en zonas ya empobrecidas de oxígeno, donde el declive alcanza hasta un 4 % cada década.
Un año después, en 2018, un equipo internacional coordinado por la ecóloga marina Denise Breitburg, del Smithsonian Environmental Research Center, publicó en la revista Science una síntesis que documentó un dato más contundente: el volumen de agua oceánica completamente sin oxígeno se cuadruplicó en cincuenta años.
Por su parte, los sitios costeros con niveles bajos de oxígeno se multiplicaron por diez desde 1950, hasta sumar al menos 500 “zonas muertas” identificadas en todo el planeta, un área comparable en extensión a la de la Unión Europea.
Los lagos, lejos de estar exentos, muestran un panorama incluso más desalentador.
Un estudio de 2025 publicado en Science Advances, que analizó más de 15.500 lagos de todo el mundo entre 2003 y 2023, encontró una desoxigenación sostenida en el 83 % de ellos, con una velocidad de pérdida de oxígeno superior, de media, a la registrada tanto en océanos como en ríos.
Por qué un grupo de científicos pide sumarla a los límites planetarios
El marco de los límites planetarios, formulado en 2009, identifica nueve procesos ambientales considerados esenciales para mantener condiciones estables en el planeta. Entre ellos se encuentran el cambio climático, la acidificación oceánica, la pérdida de biodiversidad y los ciclos biogeoquímicos del nitrógeno y el fósforo.
Hasta ahora, la desoxigenación acuática no figuraba como una categoría propia dentro de ese esquema, pese a la evidencia acumulada durante casi dos décadas.
La idea de sumarla surgió después de que sus autoras principales asistieran a la COP25, la cumbre climática de Naciones Unidas celebrada en Madrid en 2019.
Según explicaron, el objetivo del nuevo trabajo es demostrar que la pérdida de oxígeno en el agua no funciona como un problema aislado, sino que interactúa de forma directa con casi todos los demás límites planetarios.
En pocas palabras, se retroalimenta con el calentamiento global, con la contaminación química, con la pérdida de biodiversidad y con las alteraciones en los ciclos del agua dulce.
Qué se pierde cuando el agua se queda sin oxígeno
El impacto biológico atraviesa toda la cadena alimentaria acuática, desde el plancton hasta los grandes depredadores.
Las especies más sensibles a la falta de oxígeno, entre ellas buena parte de los peces comerciales, se desplazan hacia otras zonas o directamente desaparecen de los ambientes afectados, lo que reorganiza por completo las relaciones de depredación de las que dependen los ecosistemas acuáticos.
El efecto tampoco se detiene en los animales que respiran bajo el agua. Los mamíferos marinos, que toman aire en la superficie, también sufren consecuencias indirectas cuando sus presas se reducen o migran hacia otras zonas, y cuando los hábitats de los que dependen se degradan por la caída sostenida de oxígeno.
A escala más amplia, la desoxigenación altera además los ciclos biogeoquímicos del nitrógeno y el carbono, procesos que inciden de forma directa en la capacidad del planeta para regular su propio clima.
Hay margen para revertirlo
A diferencia de otros procesos ligados al calentamiento global, una parte importante de la desoxigenación tiene una causa local y reversible: el exceso de nutrientes que llega al agua desde la actividad agrícola y urbana.
La bahía de Chesapeake, en la costa este de Estados Unidos, funciona como caso de referencia. Tras reducir en un 24 % la contaminación por nitrógeno mediante mejoras en el tratamiento de aguas residuales y en las prácticas agrícolas, las zonas con ausencia total de oxígeno en la bahía prácticamente desaparecieron.
Ese tipo de intervención no alcanza, sin embargo, para resolver la mitad del problema que depende directamente del calentamiento global, una causa que solo puede abordarse mediante una reducción sostenida de emisiones a escala planetaria.
Es precisamente esa combinación de causas locales solucionables y causas globales mucho más difíciles de revertir lo que, según las autoras del nuevo estudio, hace de la desoxigenación acuática un asunto de estudio urgente dentro de la crisis ambiental en curso.