Casi cinco kilómetros de arena rosada en Harbour Island, en las Bahamas. El color procede de los foraminíferos, organismos microscópicos de concha rojiza que se mezclan con la arena coralina.
La arena de basalto negro en la playa de Punaluʻu (Big Island, Hawái) se forma cuando la lava ardiente alcanza el océano, se enfría de golpe y estalla en diminutos fragmentos. Big Island se caracteriza por la elevada actividad de sus volcanes. La arena de esta playa se forma principalmente a partir de la lava de dos de los volcanes más activos del mundo: Mauna Loa y Kīlauea. Sus vecinas más célebres son las tortugas verdes (honu), que ascienden hasta la orilla para descansar.
Su nombre original es Praia de Augas Santas. Las olas han sido las escultoras encargadas de formar este espectacular acantilado compuesto por arcos y grutas de más de 30 metros que solo pueden recorrerse con la marea baja. En Semana Santa y en verano la visita requiere reserva previa.
Papakōlea, en Big Island (Hawái), presenta una de las pocas playas de arena verde del planeta. Su tono verde oliva se debe al olivino, un mineral volcánico denso que se acumula en la orilla mientras el mar arrastra la ceniza más ligera de un antiguo cono volcánico.
En la playa de Koekohe descansan estas rocas esféricas formadas hace unos 60 millones de años en el lodo del fondo marino y que fueron liberadas poco a poco por la erosión del acantilado. La tradición oral de los Kāi Tahu, el pueblo māori del sur de la isla, las identifica con la carga de Āraiteuru, una gran canoa de navegación llegada desde Hawaiki con semillas de kūmara (batata). El mar la zozobró y las calabazas y cestas de alimentos llegaron a la orilla convertidas en piedra.
Algunas noches, las olas de Huraa se convierten en un "mar de estrellas". Al agitarse el agua, millones de microorganismos bioluminiscentes del fitoplancton emiten un destello azul en mitad de la noche. Vaadhoo es la isla más conocida por este fenómeno, que también ilumina orillas como esta de Huraa. Este fenómeno también se da en otros lugares del mundo, como en las playas de Los Ángeles y San Diego (California).
Durante décadas y hasta 1967, esta cala de Fort Bragg fue un vertedero público. El oleaje se encargó de pulir los restos de vidrio hasta convertirlos en millones de cantos de colores. Hoy forma parte del parque estatal MacKerricher y está prohibido llevarse los cristales.
Arena volcánica negra, columnas hexagonales de basalto y los farallones de Reynisdrangar, que según la leyenda son trols petrificados por la luz del amanecer. Sus olas imprevisibles, capaces de arrastrar a quien se acerca demasiado, obligan a mantener la distancia con la orilla. En 2026, la erosión y el temporal causaron grandes estragos en esta mítica playa.
Una playa de interior de unos 40 metros, a un centenar de metros del mar. El agua del Cantábrico llega hasta ella por galerías excavadas en la roca caliza: con la marea alta el agua sube y cubre la arena y con la marea baja se retira y la deja a la vista. Fue declarada Monumento Natural en el año 2001.
Una teoría muy extendida, aunque no confirmada oficialmente, atribuye el gran hueco que deja a la vista esta playa oculta a las pruebas militares con explosivos que el Gobierno de México habría realizado en las islas a principios del siglo XX. Otras teorías aseguran que su estado se debe al derrumbe natural del techo de una cueva. Hoy forma parte de un parque nacional, solo se accede nadando por un túnel y las visitas diarias están limitadas para proteger el delicado ecosistema.