Imagina entrar a un depósito polvoriento de la Universidad de Oxford en el siglo XVII y encontrarte con huesos fosilizados de proporciones descomunales. Durante décadas, estos restos permanecieron almacenados sin que nadie comprendiera realmente su origen. ¿Pertenecían a los gigantes de las leyendas antiguas? ¿Eran vestigios de criaturas mitológicas?
No fue hasta el siglo XIX cuando un grupo de científicos británicos comenzó a descifrar el enigma.
Pero, ¿has pensado alguna vez en cuándo se descubrieron realmente los dinosaurios? ¿Cómo hemos llegado al punto de conocerlos tan bien si tan solo hemos podido recuperar algunos huesos y casi ningún esqueleto completo?
Un origen incierto, pero más antiguo de lo que parece
Para empezar, debemos poner en contexto la era en la que los dinosaurios dominaban nuestro planeta. Hablamos del Mesozoico, una etapa que comenzó, según los estudios, hace 255 millones de años y terminó aproximadamente hace 65 millones de años.
Efectivamente, el Mesozoico culminó con la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno, ocurrida hace aproximadamente 66 millones de años. Aunque durante décadas se debatieron múltiples hipótesis, el consenso científico actual respalda la teoría del impacto de un asteroide de unos 10 kilómetros de diámetro en la península de Yucatán, México, que formó el cráter de Chicxulub.
Sin embargo, los paleontólogos consideran que este evento catastrófico no actuó de forma aislada: evidencias geológicas sugieren que erupciones volcánicas masivas, cambios en el nivel del mar y alteraciones climáticas previas ya habían debilitado los ecosistemas.
La extinción fue, por tanto, el resultado de una combinación de factores, siendo el impacto del asteroide el detonante final que desencadenó cambios climáticos abruptos, incluido un “invierno de impacto” causado por el polvo y los aerosoles que bloquearon la luz solar durante años.
Dicho esto, podemos entender que los huesos de dinosaurio han estado enterrados durante millones de años, pero es casi seguro que desde su primera pisada en el planeta, el ser humano ha podido encontrarlos e incluso utilizarlos.
Cosa muy distinta es entender qué eran esos gigantescos huesos, que a veces ni siquiera tenían por qué ser tan grandes. Pensemos que, a pesar de la imagen que todos tenemos en la cabeza, los dinosaurios presentaron muchos tamaños y no todos eran animales gigantes.
Sin embargo, es precisamente ese nombre el que recibe el primer dinosaurio “conocido”, o al menos, descrito como tal. Se trata del Megalosaurus bucklandii, nombrado así por el profesor de Oxford Gideon Mantell, en honor a su “descubridor”, el profesor William Buckland.
Se dice que Oxford contaba con huesos de dinosaurio en su depósito desde el siglo XVII, pero jamás los había identificado. Aquel fémur fosilizado correspondía a un gran carnívoro y fue el primero en abrir el camino al resto.
Luego llegarían el Iguanodon anglicus y el Hylaeosaurus armatus, ambos descubiertos y nombrados de nuevo por Mantell.
Era el año 1832 y aquellos tres reptiles extintos permanecerían en las dependencias de Oxford sin generar demasiado alboroto. Hasta que llegó Sir Richard Owen.
Dinosaurios, un cajón de sastre todavía presente
Una década más tarde, mientras aquellos fósiles seguían, irónicamente, acumulando polvo en un depósito de la Universidad de Oxford, el paleontólogo británico Sir Richard Owen se interesó por ellos.
En un artículo publicado en 1842, el experto concluye que es apropiado crear un nuevo suborden dentro del grupo de los reptiles. Como nombre, Harris aportó la palabra mágica, “dinosaurio“, que no es más que la conjunción de dos vocablos latinos, “terrible” y “lagarto”.
Para Owen, aquellos tres fósiles tenían ciertas características comunes que les permitían pertenecer a ese nuevo suborden. Eran reptiles y mucho más grandes que todos los saurios conocidos en ese momento.
La palabra pronto caló en la comunidad científica, dando paso a una nueva categoría en la que se encajarían posteriormente cientos de especies que, en ocasiones, ni siquiera eran grandes lagartos. Por eso, hoy consideramos que el Tiranosaurio Rex y el Pterodáctilo eran dinosaurios, aunque estos últimos pertenecían, en realidad, a otro suborden, el de los pterosaurios.
Richard Owen no había descubierto los dinosaurios, pero sí los había clasificado y dado un nombre colosal. Tanto es así que incluso la propia Casa Real Británica se interesó por aquellos nuevos hallazgos, lo que le permitió crear un museo en Londres dedicado a la exhibición de estos huesos, que por entonces estaban repartidos en distintas universidades.
Por supuesto, también quedaban muchos secretos por desenterrar. Así es como una década más tarde, William Parker Foulke encontró un esqueleto casi completo de un hadrosaurio en Nueva Jersey.
Aquello marcó un nuevo hito, pues ya no se trataba de pequeños huesos sueltos, sino de una representación casi completa del animal.
Trayendo a los dinosaurios a la vida
Como es natural, se desató una gran fiebre por los dinosaurios, con guerras entre países y universidades por encontrar y conservar los huesos de estos animales en mejor estado.
A partir de distintos hallazgos de otros esqueletos, los biólogos y paleontólogos pudieron determinar nuevas características de estos seres. Algunos eran bípedos, mientras que otros, normalmente herbívoros, eran cuadrúpedos.
Durante todo el siglo XIX, los dinosaurios evolucionaron, algo curioso si se considera que llevaban millones de años extintos.
Autores como Julio Verne y Arthur Conan Doyle los incluyeron en sus obras en dicho siglo, sirviendo como punto de partida de los primeros relatos que combinaban la ciencia ficción y la aventura.
Los dinosaurios también serían protagonistas de algunas películas en la primera mitad del siglo XX, pero el gran despertar de estos gigantescos lagartos llegaría en 1993.
“Parque Jurásico” los devolvió a la vida, casi literalmente, gracias al guión basado en la novela de Michael Crichton y al inigualable talento de Steven Spielberg. La película incluyó no solo animatrónicos, sino también algunos efectos generados por ordenador, una tecnología todavía en pañales en aquella época.
El éxito de “Parque Jurásico” fue inmediato, convirtiéndose en la película más taquillera de la historia hasta que cuatro años después, “Titanic” le arrebataría ese puesto.
Su influencia en la cultura popular fue mucho más allá, convirtiendo a los dinosaurios en tendencia y generando una saga que llega a nuestros días.
