Epecuén: el pueblo que emergió de la sal

En el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, un pueblo quedó sumergido durante décadas. Hoy, sus ruinas blancas de sal emergen como un esqueleto del pasado.
05.08.2025
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Epecuén era un balneario que prometía sanación.

Antes de todo, los aborígenes de la zona veneraban el Lago Epecuén por sus propiedades curativas.

Al comienzo de la tercera década del siglo pasado, Villa Epecuén fue fundada a las orillas de una laguna salada, tan salada que se acerca a los niveles del Mar Muerto, con aguas termales que se decía (luego lo confirmó la ciencia) que tenían propiedades curativas.

El pueblo creció en poco tiempo: hoteles, pensiones, comercios, boliches nocturnos, restaurantes, casas de lujo, industrias de exportación de sal, servicios de colectivos y tres líneas de ferrocarril que le daban una conexión con Buenos Aires y los pueblos periféricos. Luego, vinieron la escuela y la iglesia.

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Se vislumbraba, para el Lago Epecuén y para el pueblo, un futuro prometedor.

Atraía tanto turismo local, como europeo. Su laguna de aguas hipersalinas llamaba la atención de aquellos que buscaban alivio para enfermedades respiratorias, cutáneas e incluso emocionales.

Durante décadas, Epecuén fue un destino de descanso y curación, con una vida social vibrante. Las postales que quedan dan cuenta de calles arboladas, coches de época y familias bañándose en la orilla.

Nadie imaginó que esa misma agua que daba la vida podía arrasarlo todo.

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Los restos del pueblo fantasma de Epecuén.

Una catástrofe a cámara lenta

En 1985, después de un periodo de lluvias intensas y una serie de decisiones fallidas en cuanto al mejoramiento estructural de los recursos hídricos, el nivel del agua empezó a ascender.

Primero cubrió las calles más bajas. Después, las casas. Y, finalmente, todo el pueblo. La gente se fue como pudo. Lo que no se pudieron llevar, quedó sepultado por el agua. Dos años pasaron hasta que el agua llegó al pico máximo de inundación.

Solo un habitante se negó a abandonar su casa. Pablo Novak, que continuó su vida entre las ruinas después de negarse a ser trasladado junto al resto de sus vecinos.

Epecuén estuvo sumergido más de 25 años. La sal hizo su trabajo en silencio: devoró las maderas, desgastó las paredes, blanqueó todo lo que tocaba. Lo que quedó parece un calco a través del tiempo. Para quienes habían vivido allí, fue como si el tiempo se hubiese detenido. Como la tierra se hubiera tragado la historia de un pueblo entero.

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En 2024, luego de una larga vida de quedarse en su casa y caminar por las ruinas junto a su perro Chozno y su bicicleta, Pablo Novak falleció y Villa Epecuén pasó a ser oficialmente declarado como un pueblo desierto.

Un regreso fantasmal

En los últimos años, con el descenso del nivel de la laguna, Epecuén comenzó a emerger.

Lo que se ve hoy no es un pueblo: es su esqueleto. Columnas peladas, árboles muertos, ruinas de hoteles con las bañeras aún puestas, edificios en ruinas, automóviles oxidados. Todo brilla con una pátina blanca.

Caminar por Epecuén es una experiencia extraña: el silencio total, los crujidos de un suelo salado, el viento constante. Hay señales de lo que fue, pero es como si fuera una postal.

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Como una Pompeya sin lava, o una Atlántida que volvió pero a medias.

Turismo, memoria y asombro

Hoy se puede visitar Epecuén desde Carhué, una localidad cercana que ofrece alojamiento y actividades termales. Algunas personas llegan por curiosidad, otras atraídas por la historia, otras para hacer fotos artísticas o documentales.

El sitio fue usado por músicos, cineastas y fotógrafos que buscan captar esa mezcla de belleza y desolación.

Entre otros eventos de importancia, en 2017 se filmó una película de terror, “Los Olvidados” y en 2021, con medidas de aislamiento obligatorio vigentes por la pandemia, la emblemática banda del Indio Solari y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado dio un concierto que se transmitió en vivo en lo que iba a ser un show pago para suscriptores. Por problemas técnicos, se liberó en tiempo real para todo internet. Mito sobre mito pariendo un mito nuevo.

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Hay quienes lo llaman pueblo fantasma, pero no es solo eso: también es un lugar donde se piensa el paso del tiempo, la relación entre humanidad y naturaleza, y la fragilidad de lo construido.

La sal no olvida

Epecuén es hoy un destino único: no tiene ruinas coloniales ni castillos antiguos, pero su estética es inolvidable. Un pueblo moderno arrasado por la naturaleza, conservado entre tonos blancos y silencio.

La gente visita Epecuén para flotar en las aguas del lago, admirar los flamencos que se pueden ver desde la distancia, relajarse en las aguas termales, recorrer el pueblo y habitar sus playas.

Se puede visitar El Cristo, obra del arquitecto Francisco Salomone, y también el bosque salinizado, con sus árboles muertos de pie, blancos para siempre y con las raíces al descubierto.

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Se puede ver, desde afuera, el matadero, obra también del mencionado Francisco Salomone, pero no es posible ingresar. También pueden visitarse las ruinas del Castillo de la Princesa.

Pasando las ruinas, en la antigua estación del ferrocarril, se encuentra el Centro de Interpretación, un lugar que se recomienda visitar antes que el pueblo porque allí comparten la información para entender lo que después se recorre con los pies y con los ojos. Funciona como museo, así que hay objetos conservados y datos interesantes para los visitantes.

En algunos hoteles de la zona, incluso hay piletas con aguas salinas.

En invierno se puede ver la sal del lago en las orillas y unos atardeceres que, incluso en este entorno deshabitado, son una promesa de vida para cualquiera que pueda observarlos.

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2 Comentarios
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Cesar Prozzi

Una prueba de la incapacidadargentina para resolver problemas importantes.Los holandeses hicieron una cuarta parte de su pAiS a expensas del mar y nosotros no fuimos capaces de parar unos ríos. Argentinos a las cosas!!!

Wando Naro

Andate a Holanda, y listo.

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