A Cádiz se la conoce popularmente como Tacita de Plata, un apelativo que viene de lejos y que alude a su preciosa visión desde el Atlántico, bañada por un sol radiante, que la hace parecer una verdadera joya en la bahía.
Es una ciudad antigua que presume de ser de las primeras de Europa, pero también moderna, que ha ido evolucionando entre la brisa del mar y el colorido de sus fiestas.
Porque Cádiz celebra cada febrero uno de los carnavales más especiales del mundo, donde las calles se llenan de disfraces de todo tipo, pero también de música y canciones.
Las chirigotas y comparsas salen a cantar en cualquier esquina, atrayendo a cientos de miles de personas que viven enamoradas de ese arte durante todo el año.
Sin embargo, la Tacita de Plata también guarda oscuros e inquietantes secretos.
El amor por una hija y los celos de una madre
La historia cuenta que en esta casa señorial vivía, hace ya varios siglos, un almirante gaditano junto a su esposa e hija.
Este marino era un importante mando de la flota española y era habitual que se ausentara de su hogar en numerosas ocasiones para viajar por todos los rincones del mundo. Eso sí, al volver a casa, siempre traía un obsequio especial para su hija: un espejo ornamentado del lugar que había visitado.
El almirante sentía un amor incondicional por su pequeña. Era, como suele decirse, la niña de sus ojos. Mientras navegaba en la otra punta del planeta, solo podía acordarse de ella. Y jamás volvía a Cádiz sin el espejo que luego regalaría a la pequeña, que sentía una verdadera pasión por estos objetos.
Tanto es así que, poco a poco, la casa fue llenándose de espejos hasta que estaban por todas partes. Pero esa pequeña niña creció, convirtiéndose en una hermosa joven, y su padre no dejaba de presumir de su belleza ante todos.
¿Cuál era el problema? Que este almirante solo tenía palabras de alabanza y pasión por su hija, pero no para su esposa. Los celos de la mujer comenzaron a invadirla por dentro, al ver cómo su hija acaparaba todas las miradas y los halagos de su propio padre.
Él seguía trayéndole espejos y obsequios de sus largas travesías, pero jamás se acordaba de traerle algo a su esposa. Fue así como, durante una de las ausencias del marino, la mujer decidió envenenar a su propia hija.
Loca de celos, lo preparó todo para asesinarla de manera sibilina y se dice que la joven falleció entre terribles sufrimientos.
Un lugar envuelto en la tragedia y el misterio
Y aquí es donde la historia se difumina. Algunos dicen que, al volver el padre de su viaje, la madre le mintió, asegurándole que la chica había sufrido un accidente y que aquel había sido la causa de su muerte.
Otros aseguran que la madre se fue de la casa y esta quedó abandonada, sin que jamás se volviese a ver a nadie de aquella familia en el edificio. El tiempo pasó y la historia se convirtió en leyenda. Pero la Casa de los Espejos seguía guardando secretos que no permanecerían ocultos mucho tiempo.
Ya en el siglo XIX se tienen crónicas de testigos que aseguran haber escuchado llantos procedentes de esta casa, entonces abandonada.
La vivienda ya formaba parte de un edificio mayor, donde sí había pisos habitados. Los vecinos oían llantos y sollozos prácticamente cada noche y sabían que venían de la casa de los espejos. Sin embargo, nadie se atrevía a entrar en ella.
Con el tiempo, el edificio adquirió categoría, y gracias a su ubicación y a una gran remodelación, se volvió a llenar de familias.
La Casa de los Espejos, sin embargo, no permanecía habitada durante mucho tiempo. Todos sabían que había algo extraño en el lugar. Algo que parece seguir allí a día de hoy.
Los lamentos, los llantos y los sonidos de otro tiempo siguen reverberando en el edificio incluso hoy en día.
La Casa de los Espejos es conocida en todo Cádiz como uno de los lugares más embrujados de la ciudad.
En los últimos años se han escrito novelas sobre este caso e incluso canciones que se sumergen en la oscuridad de la historia del almirante y su hija.