La Salamanca, la cueva del diablo escondida en el corazón de Argentina

Una cueva donde se realizan pactos con el diablo y rituales oscuros. Se dice que algunos entran y pierden su sombra. Otros, no regresan nunca más.
15.07.2025
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Entre las leyendas del folclore argentino, La Salamanca ocupa un lugar interesante: mientras que en algunos lugares se la conoce a la perfección y se ha transmitido oralmente a través de las generaciones, en otros no se sabe demasiado, o se conoce solo de oídas. La realidad es que La Salamanca no ocupa un espacio concreto en el mapa.

La Salamanca es una cueva secreta, una música hipnótica, un conocimiento vedado. Se habla de ella en Santiago del Estero, Catamarca, Salta, el Litoral argentino, algunos lugares del interior de Buenos Aires y el sur de Bolivia. Yo escuché hablar de ella por primera vez en Tucumán. El relato se parecía a otros: la música que atrae a un caminante desprevenido, la escucha, la caminata hacia la cueva como en un trance, la fiesta subterránea, la pérdida de la sombra.

La leyenda es mestiza: se nutre y se apropia de la Salamanca española. Según la mitología cristiana medieval, allí el diablo enseñaba nigromancia (la práctica de la adivinación del futuro) . Pero en Argentina el mito mutó, se popularizó y se ramificó. Aquí no hablamos de estudiar brujería, sino de entregar el alma a cambio de ciertos dones.

Sin embargo, el precio a pagar es alto. El mito de La Salamanca dice que quienes acceden a sus saberes deben pactar con el diablo, a quien llaman Supay (en quechua: demonio), y soportar pruebas físicas y espirituales que marcan el cuerpo y el alma para siempre.

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Cuando pregunté en Tucumán qué sucedía después, me dijeron que quienes han estado en La Salamanca vuelven sin sombra. Así, los vecinos saben que esa persona ya no es verdaderamente dueña de su alma.

Entrar y salir de la cueva de La Salamanca

Según el mito popular argentino, a La Salamanca se llega solamente invitado, atraído por su música o conociendo la palabra que la vuelve visible.

Se dice que los que llegan son músicos populares, bailarines, mozas que enamoran, brujas viejas que engualichan, curanderos, cazadores: figuras del pueblo que destacan en la lucha, el amor, las artes y el trabajo.

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Cueva en la Patagonia Argentina

Una vez allí, los nuevos bailan, hacen música, forman parte viva de un aquelarre oculto, se pierden entre los bombos, los violines y las guitarras de una bacanal. Pero antes deben armarse de valor y probarlo: entrar desnudos, acompañados por un iniciado; escupir y golpear una figura religiosa y mantenerse impasibles frente a la fauna que puebla el lugar. Las brujas y los diablos, sí, pero también arañas, serpientes alrededor del cuerpo, sapos, escuerzos.

Después, las pruebas siguen: toda la noche demostrando estar a la altura para salir al amanecer. Mientras tanto, celebraciones, brebajes y sexo iluminado por lámparas de aceite humano. Dos opciones: las personas que entran a La Salamanca salen con un nuevo conocimiento (pueden pedir lo que deseen y, en general, buscan la clave de la vida, la ciencia de la carne, los secretos del mal) si pasaron todas las pruebas; o enloquecidas si no lo lograron.

Historias que aún se cuentan sobre la cueva de La Salamanca

Hay relatos que se repiten, con matices, en muchos pueblos. Un joven desaparece unos días y vuelve tocando la guitarra como si lo hubiera hecho toda la vida. Una mujer cura con palabras que no aprendió de nadie. Y también los otros relatos: los que no vuelven. Los que enloquecen. Los que vuelven con el cuerpo marcado o sin sombra.

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Pero el mito vive: se transforma. Los relatos suelen coincidir en la forma en que la cueva atrae y en cómo adentro suele ser un antro de deseo y perdición. El resto son variaciones, como sucede en los relatos transmitidos entre generaciones y localidades, que dan al mito la personalidad de un paisaje.

En todos lados se dice que si escuchas la música de La Salamanca, ya estás condenado a una vida de terror. Con excepciones: una fe sólida, un rosario en las manos.

El conocimiento y el placer como transgresión

El mito de La Salamanca perdura en el imaginario popular, como tantos otros, para explicar fenómenos que simplemente suceden. En este caso, sobrevive como una explicación de la existencia de los “dones”. Gente que nace con destrezas, virtuosa, con mano para el oficio: son los que suelen señalarse como víctimas (o cómplices) del antro infernal.

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Por eso, aunque se habla de La Salamanca en muchos lugares, los relatos más extendidos sostienen que está entre las breñas que rodean a Salavina, un pueblo de Santiago del Estero que es famoso por ser cuna de la chacarera y casa de músicos destacados.

Estudiosos de los mitos y leyendas del norte argentino proponen que La Salamanca simboliza el conocimiento marginal o subversivo. La figura del Supay aparece como el maestro de ese conocimiento: es el que enseña lo que no se debe saber y es un diablo mestizo, mezcla de tradición aborigen y cristiana.

En La Salamanca, los viejos y las viejas son jóvenes, los feos son hermosos y por todos lados hay una energía sexual desenfrenada: así como el conocimiento no está vedado para nadie, tampoco el placer.

El pacto con el diablo puede leerse también como un pacto con el margen. Como si entrar a esa cueva fuera, en el fondo, una forma de liberación.

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¿Todavía existe La Salamanca?

Aunque el mito tiene raíces coloniales, persiste arraigado en la cultura popular argentina. Incluso su nombre, que viene de España, también puede interpretarse en quechua: Salla es peña; Manca, infierno.

Lo que permanece es, sobre todo, una forma de leer a las fuerzas del mal: mientras que para los pueblos originarios existían espíritus protectores y destructores, para los europeos cristianos había solo el bien y el mal. Esa moral permanece a través de los siglos, incluso más allá de las cuevas y los relatos.

En muchas regiones de Argentina, La Salamanca es parte del paisaje simbólico: se nombra en canciones, cuentos, advertencias a niños. En Santiago del Estero, cada año se celebra el Festival La Salamanca. Más allá del conocimiento, el mito está arraigado en la música que punza por nacer entre los montes, un misticismo que también impregna los paisajes volcánicos de la reserva natural de La Payunia.

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La Salamanca sobrevive como una zona de misterio: una promesa más allá de los mapas, algo que puede interpretarse desde el mal, pero también como el bien: en La Salamanca, los límites se disuelven y se puede encontrar una bendición para encontrar eso que vinimos a darle al mundo.

O, como dice Peteco Carabajal, reconocido folclorista de una familia de folcloristas, que considera la casa de sus abuelos una Salamanca “porque desde ahí ha nacido una idea”, se puede pensar que “La Salamanca son los patios, la casa de uno. Ahí es donde se aprende todo”.

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