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ToggleCuando llegas a La Payunia, después de pasar por una recepción con medialunas y café, baños para asearse y el cartel característico para la foto, la primera sensación es la de estar aterrizando en otro planeta. Todo lo que se ve en cada tramo del camino es volcán, ceniza o nieve. Rojos, negros, blancos en contraste con un cielo despejado.
Los conos volcánicos se alzan por todos lados como centinelas de ese planeta que estás pronto a descubrir. No hay caminos definidos y no es posible hacer muchos tramos a pie.
Llegas, desayunas, te lanzas a explorar desiertos negros, dorados y cobrizos, cubiertos de nieve por tramos, incluso si ya es primavera.
La sensación es la de estar en otro planeta o en otro tiempo.
El viento es intenso.
Cuando termina el tour, te sientas a comer en un quincho natural armado entre el paisaje de apariencia fantástica.
Este paisaje en la localidad de Malargüe, provincia de Mendoza, Argentina, cerca de Patagonia, cuenta con una de las mayores concentraciones de volcanes del mundo.
Todos ellos extinguieron su actividad hace varios milenios. Algunos están considerados activos porque puede percibirse una actividad mínima con equipos especiales , pero lo cierto es que no se espera que vuelvan a erupcionar.
Un paisaje volcánico
La Payunia alberga más de 800 volcanes, una cifra extraordinaria que transforma el paisaje en un museo geológico a cielo abierto, y por eso es un área protegida. Algunos de sus volcanes, como el Payún Liso, llegan a alcanzar alturas de más de 3.000 metros.
El Payún Matrú, con 3.750 metros de altura, tiene una laguna semipermanente que se alimenta por las precipitaciones de nieve.
El Santa María, que es más pequeño que otros, cuenta con una de las coladas volcánicas más grandes del mundo. Las coladas son ríos de lava solidificada. Esta es comparable en su extensión con las coladas del planeta Marte.
La zona conocida como Pampas Negras se extiende al sudoeste del volcán Santa María, un paisaje dominado por cráteres, fragmentos de lava y un material oscuro que a simple vista parece ceniza, pero en realidad son lapillis: fragmentos negros, brillantes bajo el sol, más grandes y densos.
Otro sitio tintado de negro es el Campo de Bombas, que tiene formaciones en forma de círculo, llamadas bombas volcánicas, unas burbujas de roca fundida eyectadas por los volcanes cuando estuvieron en actividad.
Parecen escenarios posapocalípticos y previos a la humanidad a su vez.
Otra parada habitual es el Volcán Morado: con una caminata corta y un ascenso fácil, llegamos hasta el cráter. Le falta una pared, por la que se extiende el negro de su propia colada. Es un mirador natural espectacular, porque permite ver el resto del parque, con elevaciones por todos lados. Por momentos, se siente como estar en las puertas de las entrañas de la Tierra.
En el camino de vuelta hacia la ciudad, en un antiguo pasaje de la ruta 40, se llega a La Pasarela. Un puente de madera une dos paredes negras naturales, que se crearon por la erosión del agua sobre una colada volcánica. El resultado es espectacular. Una pequeña y profunda cañada por la que el agua corre como insistiendo por vivir entre los vestigios del calor.
No es solo la cantidad de volcanes sino su densidad lo que impacta: el promedio de 10,6 volcanes por cada 100 km² aporta a la sensación de que, cuando estás ahí, todo lo que te rodea es un volcán o el rastro de su actividad.
Fósiles marinos en medio de la montaña
Hace millones de años, esta región formaba parte del fondo del océano. Por eso, antes de ingresar a las zonas de mayor actividad volcánica, cuando paras a desayunar con los guías turísticos y otros visitantes, puedes ver estanterías de fósiles marinos en las piedras: caracoles, conchas, formas onduladas que alguna vez fueron criaturas del agua.
El contraste entre la presencia del mar y la furia volcánica posterior es impactante. Mendoza no está cerca del mar, sino pegada a la Cordillera de los Andes.
En un mismo recorrido, el visitante puede ver las huellas del fuego y del agua, del abismo submarino y de la explosión de lava. Todo esto, en un ambiente que hoy parece desierto, seco.
La experiencia se siente como habitar todos los tiempos y ninguno: lo que ya no existe (el agua) y lo que testifica el paso del tiempo (los volcanes inactivos), mezclados con una fauna y una flora vivas y un paisaje que te hace sentir parte de algo inmenso, que es la historia de la Tierra.
Lo que sigue vivo en La Payunia: flora y fauna
Aunque el paisaje es desértico y parece fijado en otro tiempo, es posible ver plantas y animales entre las rocas y los rastros de actividad volcánica. Hay, entre otras plantas, pastizales, manchones de junquillo, varios tipos de jarilla, cactus y leña amarilla, que aparecen entre las piedras como un recordatorio vivo de que el paisaje no es estático.

En cuanto a la fauna, lo más habitual son las pequeñas agrupaciones de guanacos. Tiene sentido, porque hay en la zona más de catorce mil, una de las poblaciones de guanacos más extensas de la República Argentina. También hay zorros grises y colorados, liebres, varios tipos de aves, incluso ñandúes y lagartijas. Hay pumas, también, pero es raro que un visitante llegue a ver alguno.
La Payunia hoy: magia, ciencia y turismo controlado
Declarada reserva provincial y propuesta como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, La Payunia es un tesoro natural que se cuida con atención. Solo se puede ingresar con guías autorizados, en vehículos especiales y siguiendo circuitos diseñados para no dañar el entorno.
Quienes la visitan viven una experiencia única: caminar sobre cenizas, tocar lava solidificada, contemplar la nieve posada sobre el negro de la ceniza que cubre el suelo y se acumula formando relieves, y observar la fauna que se desplaza entre conos volcánicos.
Un viaje a otro mundo
Si piensas visitar La Payunia, recomendamos parar en la ciudad de Malargüé, que es hermosa por sí misma, con sus rutas bordeadas de álamos, su propuesta gastronómica y cultural y muchas opciones de interés turístico.
Muchas de ellas, relacionadas con los volcanes, pero también excursiones a la nieve y otros tipos de formaciones geológicas, un observatorio astronómico, un volcán llamado Malacara que se puede visitar por dentro, cavernas, cines y actividades para todos los gustos.
En un país como Argentina, lleno de paisajes diversos, La Payunia destaca por su singularidad. No se parece a nada, ni siquiera a otras regiones volcánicas. Es un lugar que transforma la escala: lo humano se vuelve pequeño frente a la evidencia de los procesos geológicos.
El recorrido por La Payunia es una lección de humildad, de historia natural y de belleza inhóspita. Es como otro mundo, sí. Pero aquí.
