El lago Nyos, en el noroeste de Camerún, fue el escenario de una de las catástrofes naturales más silenciosas del siglo XX.
La noche del 21 de agosto de 1986, una liberación repentina de dióxido de carbono mató a 1.746 personas y miles de animales mientras dormían, sin explosiones, incendios ni ningún aviso previo.
El hecho ocurrió cerca de las nueve de la noche. Los supervivientes relataron después un olor parecido al de los huevos podridos y un ruido similar al de un trueno lejano, segundos antes de que todo quedara en silencio.
No hubo señales de violencia ni de destrucción material en las viviendas. Solo cuerpos, humanos y animales, tendidos en un radio de hasta 25 kilómetros alrededor del lago.
Ese detalle desconcertó a los primeros equipos de rescate. Sin heridas visibles ni rastros de un ataque, las hipótesis iniciales apuntaron a una maldición o a un arma química.
La explicación real resultó ser geológica.
El lago se encuentra dentro de un antiguo cráter volcánico y, bajo su superficie, había acumulado una cantidad extrema de dióxido de carbono disuelto.
Cómo se acumula el gas bajo un lago aparentemente tranquilo
Nyos es lo que los especialistas llaman un lago meromíctico: sus capas de agua no se mezclan entre sí como ocurre en la mayoría de los lagos templados. En el fondo, el agua fría y densa permanece separada del agua superficial durante años.
La ausencia de mezcla entre las capas de agua tiene una consecuencia directa.
Debajo del lago hay una cámara magmática inactiva que libera dióxido de carbono de forma constante a través de fracturas en la roca.
El gas se disuelve en el agua profunda bajo presión y queda atrapado allí, capa tras capa, durante décadas.
Antes del desastre, el fondo del lago llegó a acumular entre 100.000 y 300.000 toneladas de CO2 disuelto. La cifra equivale, según estimaciones científicas, a casi 1,5 kilómetros cúbicos de gas saturado.
Qué desencadenó la catástrofe de 1986
El origen exacto del desequilibrio sigue en discusión.
Las hipótesis más citadas mencionan un pequeño desprendimiento de tierra, un sismo menor o la entrada de agua de lluvia fría que alteró la estratificación del lago. Cualquiera de estos factores pudo bastar para que el agua profunda comenzara a ascender.
A medida que subía, la presión disminuía y el CO₂ empezaba a liberarse, en un proceso comparable al de una botella de refresco con gas agitada al destaparla.
El fenómeno se conoce como erupción límnica: la liberación súbita de gases acumulados en aguas profundas.
En cuestión de minutos, el gas ascendió a casi 100 km/h y formó una nube que, al ser más pesada que el aire, descendió por las laderas del cráter hacia los valles poblados. Desplazó el oxígeno a su paso y asfixió a quienes se cruzaron en su camino, muchos de ellos mientras dormían.
Dos años antes, en 1984, el cercano lago Monoun había protagonizado un episodio similar, aunque de menor escala, con un saldo de 37 muertos.
En ese momento, la comunidad científica todavía no relacionaba ambos hechos con un mismo mecanismo geológico.
Las tuberías que evitan una nueva liberación masiva de gas
Tras confirmar que el CO₂ seguía acumulándose en las profundidades del lago, investigadores franceses y alemanes propusieron, de manera independiente, un sistema de tuberías de desgasificación.
La primera se instaló en 2001 y dos más se sumaron en 2011.
El principio es simple. Un caño se sumerge hasta unos 200 metros de profundidad y extrae agua cargada de gas. A medida que el agua asciende, la presión baja y el CO2 comienza a separarse. Esto reduce la densidad de la mezcla y hace que el flujo se sostenga solo, sin necesidad de bombeo externo ni energía adicional.
Según el informe más reciente sobre el proyecto, publicado en el Journal of African Earth Sciences, en 2019 el sistema había alcanzado un estado estable. Una sola tubería, en funcionamiento continuo, basta para compensar la recarga natural de gas y mantener el riesgo bajo control de manera indefinida.
En el lago Monoun, considerado prácticamente desgasificado, el mismo esquema funcionó como banco de pruebas antes de aplicarlo a mayor escala en Nyos.
El riesgo que persiste en otros lagos de la región
Nyos y Monoun no son los únicos lagos del planeta con capacidad de producir una erupción límnica.
Según datos del Programa de Vulcanismo Global (Global Volcanism Program) del Smithsonian, existe un tercer caso considerado de mayor magnitud. Se trata del lago Kivu, en la frontera entre Ruanda y la República Democrática del Congo.
Kivu es unas 1.500 veces mayor que Nyos y almacena, en sus capas profundas, unos 300 kilómetros cúbicos de CO₂ disuelto y 60 kilómetros cúbicos de metano.
A diferencia de los lagos camerunenses, nunca protagonizó una erupción límnica catastrófica. No obstante, su tamaño y su ubicación (cerca de dos millones de personas viven en su cuenca) mantienen en alerta a la comunidad científica internacional.
Los estudios sobre Kivu son menos concluyentes que los de Nyos.
Una investigación de 2020 puso en duda parte de los cálculos de riesgo elaborados en 2005 y sugirió que la probabilidad de un episodio similar es menor que la estimada originalmente.
Sin embargo, la vigilancia continúa porque la actividad volcánica en la región (incluida la del cercano monte Nyiragongo) puede alterar el equilibrio del lago en cualquier momento.
Casi cuarenta años después del desastre, el fondo del lago Nyos sigue liberando dióxido de carbono, gramo a gramo, a través de un caño que nadie apaga.
Es increíble lo que sucede en la naturaleza.
La naturaleza da y quita!
Así es
Impredecible la Naturaleza…….
Triste suceso, que ojalá vuelva a repetirse.
gracias por tu comentario
Asustador
Hermosa naturaleza