Antes de que la luz eléctrica redefiniera el ritmo de las noches, el sueño bifásico era la norma biológica de la humanidad.
Las personas no dormían en un bloque sólido de ocho horas. Por el contrario, el descanso se dividía en dos actos, separados por un intervalo de vigilia.
Este periodo intermedio, conocido en los textos antiguos como la dorveille, no se percibía como una interrupción molesta ni como un síntoma de insomnio. Más bien, era un espacio de dos o tres horas de calma absoluta.
Algunos los aprovechaban para hacer tareas domésticas, otros para conversar, algunos para rezar y otro tanto para disfrutar de la intimidad que el cansancio no permitía antes del primer sueño.
El hallazgo de Roger Ekirch y el impacto de la era industrial en el descanso
Tras décadas de investigación, el historiador Roger Ekirch rescató de un archivo documental una realidad que hoy nos resulta ajena: el sueño bifásico fue la forma dominante de descanso durante milenios.
Ekirch logró trazar una línea temporal asombrosa que sitúa los primeros registros de esta práctica en el siglo VIII a. C., dentro de los versos de La Odisea.
Desde la epopeya de Homero hasta los albores del siglo XX, la humanidad compartió este ritmo natural heredado de sus ancestros prehistóricos.
Lejos de ser una anomalía, este descanso fragmentado era una costumbre universal que solo comenzó a desvanecerse con la llegada de la industrialización.
De manera casi imperceptible, la irrupción de la electricidad terminó por sepultar un hábito que nos acompañó desde el origen de nuestra especie.
El ocaso de este sistema no fue repentino, sino un proceso de erosión cultural impulsado por la urbanización. La llegada del alumbrado público y la posibilidad de iluminar los interiores de forma constante fueron clave. Así, la noche dejó de ser un refugio para convertirse en una extensión del tiempo de trabajo.
La bombilla incandescente no solo alejó las sombras, sino que terminó por empujar el “primer” y el “segundo” sueño hacia un único bloque compacto. Lentamente, comenzaron a definirse los nuevos horarios de la modernidad.
Hoy, el silencio de la medianoche suele interpretarse como un fallo del sistema, una anomalía que la medicina clasifica como insomnio.
Recuperar la memoria del sueño bifásico permite comprender que la fisiología humana conserva ritmos que la tecnología aún no ha desplazado por completo.
Más allá de ser un trastorno moderno, la vigilia nocturna representa la persistencia de un hábito biológico que, durante milenios, definió nuestra relación con el descanso y el tiempo.