Hay ciudades que se ganan un apodo por lo que son. Mdina se ganó el suyo por lo que dejó de ser.
Durante casi dos mil años fue la capital de Malta y el centro político, religioso y militar de toda la isla.
Hoy, con apenas 250 habitantes que viven dentro de sus murallas, se la conoce como la “Ciudad del Silencio”. Ese silencio no es casualidad ni un simple efecto del horario nocturno, sino la huella que dejó una decisión tomada hace casi cinco siglos.
De capital a pueblo fantasma: el verdadero origen del apodo
El asentamiento en la colina sobre la que se alza Mdina se remonta a unos 4000 años.
Fenicios, romanos, árabes y normandos fueron dejando capas de arquitectura superpuestas, aunque el nombre de la ciudad proviene del árabe madīnah (“ciudad”), que se introdujo durante la ocupación musulmana de la isla en el siglo IX.
Durante toda la Edad Media, Mdina funcionó como sede de la nobleza maltesa y epicentro administrativo de la isla. Las familias más poderosas construyeron allí sus palacios y buena parte de esas propiedades todavía hoy se transmiten de generación en generación dentro de las mismas familias.
Pero en 1530, cuando la orden de los Caballeros de San Juan llegó a Malta, decidió trasladar la capital hacia la costa, primero a Birgu y más tarde a la actual La Valeta, mejor posicionada para la defensa naval.
Esa mudanza dejó a Mdina despojada de su función política de un día para otro. La población fue emigrando hacia la nueva capital, el movimiento comercial se apagó y la ciudad, antes bulliciosa, empezó a vaciarse.
De ahí nació el sobrenombre que todavía conserva, no por ser tranquila de nacimiento, sino por haber quedado vacía tras perder su lugar en el mapa del poder.
Una ciudad museo con historias reales de intrigas de palacio
Ese pasado de ciudad noble, más que edificios, dejó siglos de tramas de poder que hoy suenan casi a guion de ficción.
Matrimonios pactados entre familias para asegurar herencias, disputas por títulos, alianzas y traiciones dentro de los muros de piedra. La vida cotidiana de la aristocracia maltesa durante siglos tuvo mucho de lo que hoy asociamos con las grandes sagas de fantasía medieval.
No es casualidad, entonces, que cuando HBO buscó una localización real para representar el Desembarco del Rey en la primera temporada de Juego de tronos, eligiera justamente Mdina.
La puerta principal de la ciudad y la plaza Mesquita fueron escenario de algunas de las escenas más recordadas de esa temporada, antes de que la producción se mudara a Dubrovnik para las siguientes entregas.
Para los seguidores que quieran recorrer las localizaciones de esta aclamada serie, caminar las calles de Mdina debería figurar entre sus prioridades.
Qué ver dentro de las murallas
El recorrido por Mdina suele empezar en su imponente puerta principal, construida en el siglo XVIII en estilo barroco y flanqueada por un antiguo foso, hoy convertido en jardín.
Ya dentro, la catedral de San Pablo, levantada sobre el sitio donde, según la tradición local, el apóstol (tras naufragar cerca de la isla), se encontró con el gobernador romano Publio, es la parada obligada de cualquier visita, con su cúpula visible desde buena parte de la ciudad y su museo anexo de arte sacro.
A pocos metros, el Palazzo Falson, una residencia noble del siglo XIII convertida en museo, permite ver de cerca cómo vivía la aristocracia maltesa, con una colección que combina armas antiguas, arte y libros raros en un patio que mezcla influencias árabes y mediterráneas.
Para quienes prefieren un costado más oscuro de la historia, las mazmorras de Mdina recrean con dioramas los castigos y torturas aplicados por distintos gobernantes de la isla a lo largo de los siglos.
Vale la pena también acercarse hasta el bastión de la Plaza (Bastion Square), en el extremo norte de la ciudad, desde donde se abre una vista panorámica sobre buena parte del centro de Malta y, en días despejados, hasta la costa.

Cómo llegar y moverse por dentro
Mdina se ubica en el centro de la isla, pegada al pueblo de Rabat, a unos 13 kilómetros de La Valeta, capital de Malta.
La forma más económica de llegar es en autobús. Las líneas 51, 52 y 53 salen cada diez minutos desde la terminal de La Valeta y tardan alrededor de media hora, con un billete válido todo el día.
Como ningún autobús ingresa a la ciudad amurallada, hay que bajarse en la parada de Rabat y caminar unos 500 metros hasta la puerta principal. También se puede llegar en taxi o en aplicaciones como Bolt, aunque igualmente hay que descender fuera de las murallas.
Y es que, desde hace décadas, Mdina prohíbe la circulación de coches dentro de su casco histórico salvo para residentes con permiso especial, coches de bodas y vehículos de emergencia, otra decisión que ayuda a sostener el clima silencioso que le da nombre.
Quienes llegan en coche propio pueden dejarlo en alguno de los aparcamientos ubicados justo fuera de la puerta principal o cerca de la Domus Romana, en Rabat.
El acceso a las calles de la ciudad es gratuito; solo se paga entrada para acceder a museos puntuales como la catedral, el Palazzo Falson o las mazmorras.
Dónde alojarse dentro de la ciudad amurallada
La inmensa mayoría de los visitantes recorre Mdina en el día y duerme en La Valeta, Sliema o alguna zona costera, pero existe la posibilidad (poco conocida) de quedarse a pasar la noche dentro del propio casco amurallado.
El Xara Palace Relais & Châteaux es, de hecho, el único hotel ubicado dentro de las murallas de la ciudad.
Este palazzo del siglo XVII, reconvertido en hotel boutique de cinco estrellas, cuenta con 17 habitaciones y suites, un restaurante con estrella Michelin (De Mondion) y una terraza con vistas panorámicas al campo maltés. Está ubicado en Misrah il-Kunsill, la plaza central de Mdina, a pocos pasos de la catedral y del Palazzo Falson.
Una opción más pequeña e igual de bien ubicada es Palazzo Bifora, un palacio restaurado del siglo XVII con apenas seis suites y una azotea con vistas al perfil de la ciudad.
Alojarse en cualquiera de los dos tiene una ventaja concreta frente a visitar Mdina solo de paso: permite quedarse después de que se retiran las excursiones diurnas y experimentar de primera mano ese silencio nocturno que le dio nombre a la ciudad.
De día y de noche: dos ciudades distintas
La experiencia de Mdina cambia notablemente según el horario.
Durante el día, sobre todo entre la media mañana y la tarde, la ciudad recibe el grueso de las excursiones organizadas desde Valletta y otros puntos turísticos de la isla, con las calles alrededor de la Plaza de la Mesquita y la Catedral bastante concurridas.
Pasado el atardecer, en cambio, la mayoría de esos visitantes se retira, los museos cierran y las calles quedan prácticamente para quienes viven ahí (menos de trescientas personas repartidas en un casco histórico de menos de un kilómetro cuadrado).
Es en ese momento cuando el apodo cobra su sentido más literal. La iluminación baja, el ruido desaparece casi por completo y caminar por los callejones de piedra da una sensación bastante cercana a retroceder varios siglos.
Por eso, para quienes puedan organizarlo, la recomendación más repetida entre quienes conocen bien la ciudad es dividir la visita en dos: recorrer los principales edificios y museos durante el día, y volver ya entrada la noche —aunque sea por un rato— para sentir la otra cara de Mdina, la que le dio el nombre.