El Dolmen de Guadalperal, en la provincia española de Cáceres, se hace mundialmente conocido bajo el apodo de “Stonehenge español” cada vez que una sequía deja al descubierto sus piedras.
El problema es que la comparación, en términos estrictamente arqueológicos, es un error.
Stonehenge es un cromlech, un círculo de piedras. Guadalperal es un dolmen, una cámara funeraria con corredor de acceso.
Esto significa que cumplen funciones distintas y responden a lógicas constructivas diferentes, aunque ambos estén hechos de piedras verticales clavadas en la tierra.
Un tipo de monumento distinto al que todos imaginan
La estructura real de Guadalperal está formada por más de 150 lajas de granito verticales, llamadas ortostatos.
Trece de ellas conforman una cámara ovalada de cinco metros de diámetro, precedida por un corredor de acceso de unos 21 metros de largo.
Ese diseño, típico de la Península Ibérica occidental, se conoce técnicamente como dolmen de tipo anta, y su función original fue casi con certeza funeraria.
No obstante, algunos investigadores creen que también pudo cumplir un papel religioso o comercial, dada su ubicación junto a uno de los pocos puntos de cruce del río Tajo entre el norte y el sur.
Un hallazgo casual en una finca de veraneo
El monumento salió a la luz por primera vez en 1925, cuando el arqueólogo alemán Hugo Obermaier, que veraneaba en una finca cercana como capellán de la Casa de Alba, se topó con el conjunto de piedras casi por casualidad.
Lo excavó entre 1925 y 1927.
Décadas más tarde, en los años cincuenta, el matrimonio de arqueólogos Georg y Vera Leisner recopiló y ordenó la documentación dispersa entre la Universidad de Friburgo y los archivos de la propia Casa de Alba.
Ya en los años noventa, los investigadores Primitiva Bueno Ramírez y Rodrigo de Balbín Behrmann volvieron sobre el terreno y publicaron un estudio detallado de los grabados hallados en una de sus piedras principales.
El menhir que quizá sea el mapa más antiguo del mundo
Esa piedra central, un menhir de unos dos metros de altura ubicado justo a la entrada de la cámara, concentra buena parte del misterio del sitio.
Tiene tallada una línea ondulada que la mayoría de los expertos interpreta como una serpiente, un motivo protector habitual en el arte megalítico de la región.
Pero un vecino de Peraleda de la Mata, Ángel Castaño, propuso una lectura alternativa: que esa línea no representa una serpiente, sino un tramo de 15 kilómetros del curso del río Tajo, entre dos de sus afluentes.
De confirmarse, sería uno de los mapas realistas más antiguos conocidos.
De todos modos, es importante aclarar que no existe ningún respaldo científico formal para esa hipótesis, más allá de la coincidencia visual señalada por su autor.
Ahogado por una decisión política
En 1963, durante la dictadura de Francisco Franco, el gobierno inundó la zona en el marco de la construcción del embalse de Valdecañas sobre el río Tajo.
El dolmen no fue la única víctima patrimonial de esa obra.
La antigua ciudad romana de Augustóbriga quedó también bajo el agua, y de ella apenas se lograron rescatar y trasladar un puñado de arcos antes de la inundación definitiva.
Desde entonces, el monumento solo volvió a mostrarse por completo en contadas ocasiones, ligadas siempre a sequías severas.
La más recordada llegó en el verano de 2019, cuando satélites de la NASA captaron imágenes del embalse casi vacío y el sitio reapareció después de 50 años bajo el agua.
En 2022, una sequía todavía más intensa, con el embalse al 28 % de su capacidad, dejó al dolmen completamente expuesto y generó la cobertura mediática internacional que popularizó una vez más el apodo de “Stonehenge español”.
Así, lo que empezó como una rareza puntual terminó convirtiéndose casi en un ritual estacional.
Desde 2019, el dolmen tiende a reaparecer cada mes de julio y a quedar nuevamente sumergido hacia septiembre, cuando las lluvias otoñales devuelven el nivel del embalse a la normalidad.
Esa periodicidad, más previsible de lo que su fama de “aparición fantasmal” sugiere, no lo vuelve menos frágil. Cada ciclo de secado y anegamiento sigue castigando al mismo granito poroso que los expertos llevan años tratando de proteger.
Un dilema que todavía no se resuelve
Cada nueva aparición reabre la misma discusión: dejar el dolmen donde está o trasladarlo a tierra firme.
La asociación local Raíces de Peraleda elevó una petición pública para mover el monumento a un museo, alegando que los ciclos constantes de inmersión y exposición fracturan el granito poroso de las piedras, un daño que se agrava con cada visita adicional de curiosos y turistas.
El Ministerio de Cultura y la Junta de Extremadura, sin embargo, se inclinaron hasta ahora por dejarlo en su sitio, después de que varios especialistas advirtieran que el propio proceso de traslado podría causarle un daño irreversible mucho mayor que el de seguir sumergido.
Mientras esa decisión sigue sin resolverse, el Dolmen de Guadalperal continúa donde lleva más de sesenta años: bajo el agua la mayor parte del tiempo, esperando la próxima sequía para volver a asomar, aunque sea por unas pocas semanas, entre las piedras que alguna vez formaron parte de la vida cotidiana de una comunidad que desapareció hace cinco mil años.













