El ser humano lleva pensando en el fin del mundo prácticamente desde que tenemos constancia de nuestra propia existencia en el planeta. Las catástrofes que acabarían con nuestra especie o directamente con nuestro hogar ya están reflejadas en antiguas historias y leyendas. De hecho, en muchas de ellas ese fin del mundo es el peligro que el héroe debe evitar, o el castigo impuesto por los dioses, en forma de plagas, guerras contra titanes o bestias salidas del mismísimo averno.
El Apocalipsis puede tener un sentido bíblico y religioso, pero también mucho más mundano, y desde el siglo XX, el ser humano ya no solo especula, sino que se prepara para ese fin del mundo.
Tras las dos Guerras Mundiales y una Guerra Fría que amenazaba el futuro del planeta, nuestra especie decidió prepararse para ese momento, por si llegara a enfrentarse al fin de la civilización tal y como la conocemos.
Para recomponer el planeta y convertirlo de nuevo en un hogar, se creó hace años la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, un enigmático lugar situado en pleno Ártico donde se guarda la semilla del renacimiento del planeta.
La Bóveda del Fin del Mundo: un banco de semillas para asegurar el futuro
La Bóveda Global de Semillas de Svalbard es conocida popularmente como la “Doomsday Vault” o lo que es lo mismo, la “Bóveda del Fin del Mundo“.
En su interior se almacenan las semillas de miles de plantas de todo el planeta, como una especie de copia de seguridad de la biodiversidad de la Tierra.
El espacio cuenta con diferentes almacenes ubicados bajo tierra y especialmente protegidos contra terremotos, incendios, fallos eléctricos e incluso contra el impacto de bombas. Con más de 4.000 metros cuadrados, la bóveda alberga en su interior el poder del renacimiento de la flora terrícola tras una supuesta catástrofe a nivel mundial.
Como ocurría en la película “Wall-E”, el ser humano ha entendido que el verdadero punto diferenciador de nuestro planeta son las plantas. Allí donde hay flora autóctona, hay vida a su alrededor. Por eso, este almacén gigante protege a todas las especies conocidas de la Tierra, o al menos a un gran número de ellas, al conservar semillas en perfecto estado.
La Bóveda también incluye instrucciones para la preservación y el cultivo de las semillas. Funciona, en realidad, como una especie de banco gigantesco en donde diversos organismos de todo el mundo guardan sus semillas autóctonas, en unas condiciones muy ventajosas que seguramente no podrían tener en sus propios territorios.
La Bóveda se encuentra en pleno Círculo Polar Ártico, en una isla del archipiélago de Svalbard, al norte de Noruega. Con el hielo polar como refrigerante natural, se revisan a diario las condiciones de humedad y temperatura para mantener las semillas en óptimas condiciones.
Aunque la función de este banco de semillas, que actualmente cuenta con más de 1,3 millones de muestras, es asegurar la supervivencia de estas especies en contextos catastróficos, cualquier organismo que tenga depositadas sus muestras aquí puede hacer uso de ellas cuando lo necesite.
Así sucedió en 2015, cuando una organización de conservación del medio ambiente de Alepo, en Siria, solicitó acceder a sus propias muestras para intentar repoblar ciertas zonas de su territorio, devastadas por la guerra.
La remota Bóveda del Fin del Mundo
El apelativo de “Doomsday Vault” para este banco de semillas no es elegido al azar. Aunque su traducción literal del inglés nos habla de un apocalipsis, lo cierto es que ese “fin del mundo” también podría ser un enclave físico o geográfico, como en este caso.
Y es que la bóveda se ubica en uno de los lugares más recónditos del planeta. El archipiélago de Svalbard pertenece a Noruega, aunque se encuentra mucho más al norte que el territorio principal del país. Con tres islas habitadas, aquí apenas viven unas 4.500 personas, repartidas en diferentes colonias y poblados, en zonas desconcentradas.
Las islas ni siquiera cuentan con carreteras, ya que más del 60% de su territorio está cubierto de hielo de forma permanente. Los locales deben desplazarse en barco, avión o incluso en motonieve para llegar de un centro de población a otro. Además, comparten su territorio con especies de la fauna ártica como el oso polar, la morsa o la beluga, animales que la mayoría de mortales solo ha visto en documentales y que aquí son como unos vecinos más.
Llegar a Svalbard no es fácil. Puedes coger un vuelo desde algunas ciudades de Noruega, como Oslo o Trondheim, pero las condiciones climáticas suelen ser bastante extremas.
Aun así, puedes visitar este archipiélago y conocer de cerca la Bóveda de Semillas, aunque no se autorizan las visitas al recinto, con el fin de preservar la integridad de las propias semillas.
Al menos ya sabemos que, en caso de que llegue el fin del mundo algún día, hay un lugar en el Ártico que nos puede servir de base para recuperar un poco de ese “verde esperanza” que haga renacer nuestro planeta.













