Canarias tenía siete islas. O eso decían los mapas oficiales. Durante siglos, marineros y cartógrafos insistieron en que había una octava. La llamaron San Borondón.
Aparecía en el horizonte, con montañas y barrancos bien definidos. Después, sin aviso, desaparecía. Nunca nadie logró desembarcar en ella de forma comprobada.
La leyenda de San Borondón nace en el siglo VI. En aquel entonces, un monje llamado Brandán de Clonfert zarpó desde Irlanda en busca del paraíso terrenal.
Según la tradición, después de un largo viaje llegó a una isla verde y fértil, donde el sol nunca se ponía. Celebró allí la misa de Pascua, pero a mitad de la ceremonia, la isla empezó a temblar. En realidad no era tierra firme: era el lomo de una ballena gigante. La tripulación huyó a los botes justo a tiempo.
Esa historia se transmitió de boca en boca, de generación en generación. Con el tiempo, se asoció con un punto concreto del océano: el oeste del archipiélago canario. Allí nació San Borondón, nombre que deriva de Brandán.
Una isla que llegó a figurar en un tratado internacional
Lo sorprendente es que la cosa no se quedó en el folclore.
La isla aparece dibujada en el mapamundi de Hereford, hecho en Inglaterra alrededor de 1280. También figura en la carta del cartógrafo veneciano Pizzigano, de 1367, y en la de Toscanelli, de 1476.
De hecho, se la incluyó en al menos una docena de mapas, algunos tan tardíos como el de Gautier, de 1755.
No obstante, el dato más llamativo es otro. En 1479, Castilla y Portugal firmaron el Tratado de Alcáçovas para repartirse zonas de control en el Atlántico. En ese documento, San Borondón aparece mencionado como parte de las Canarias. Es decir, la isla fantasma fue incorporada a un tratado diplomático real.
El siglo de los avistamientos
El año con más testimonios fue 1570, cuando decenas de marineros juraron haberla visto, con descripciones muy similares entre sí: pinares, montañas de tono azulado, barrancos profundos.
Algunas expediciones salieron expresamente a buscarla, aunque ninguna encontró tierra firme en el lugar señalado.
El fraile historiador Juan de Abreu Galindo, en el siglo XVI, llegó a calcular su ubicación a unos 550 kilómetros al noroeste de El Hierro y a 220 kilómetros al suroeste de La Palma. Una isla con una posición bien definida, según él; solo que nunca estaba donde debía estar.
Los avistamientos de San Borondón disminuyeron con el paso de los siglos, pero nunca desaparecieron del todo.
El 10 de agosto de 1958, el diario ABC publicó una fotografía tomada por Manuel Rodríguez Quintero en septiembre de 1957. Mostraba una masa de tierra escarpada en el horizonte, cerca de La Palma. El titular no dejaba lugar a dudas: la isla errante había sido fotografiada por primera vez.
Décadas más tarde, en 2003, un grupo de personas aseguró haber grabado la isla en vídeo. En 2008, esas imágenes llegaron a YouTube con una afirmación aún más ambiciosa: el primer registro audiovisual de San Borondón en casi mil quinientos años de leyenda.
Lo que dice la ciencia hoy
La explicación actual es bastante menos mágica.
En las coordenadas donde supuestamente está San Borondón no hay ninguna isla sumergida ni rastro de actividad volcánica que haya podido levantar tierra en época histórica. No hay pruebas geológicas de ningún tipo.
Los especialistas apuntan a una causa más sencilla: los espejismos.
Las formaciones de nubes bajas, combinadas con capas de aire a distinta temperatura, pueden proyectar siluetas que parecen montañas reales. En muchos casos, lo que la gente ve es en realidad el reflejo distorsionado de La Palma, vista desde otra isla en condiciones atmosféricas particulares.
Dónde intentar verla hoy
La leyenda sigue viva en la cultura canaria, y hasta tiene un lugar físico asociado: el mirador de San Borondón, en el municipio de Tazacorte, en La Palma. Desde allí, en días de bruma o nubes bajas sobre el mar, todavía se pueden apreciar siluetas que recuerdan a una octava isla en el horizonte.
No hace falta creer en la leyenda para disfrutar del lugar. El mirador ofrece por sí mismo una vista espectacular del Atlántico. Conocer la historia completa, con sus mapas, su tratado y su foto de 1957, convierte cualquier atardecer allí en algo más que una simple puesta de sol.
San Borondón nunca estuvo en ninguna imagen de satélite.
Pero durante siglos, estuvo en la cabeza de marineros, cartógrafos y hasta de reyes. Esa mezcla de ciencia, fe y espejismo es, quizás, lo que la mantiene viva todavía hoy.