En un rincón desolado del Círculo Polar Ártico, entre las ruinas de una estructura industrial abandonada, descansa una plancha de acero fijada con doce gruesos pernos. El orificio que cubre mide apenas 23 centímetros de diámetro. Sin embargo, debajo de esa tapa se extiende un conducto vertical que se hunde 12 262 metros en la corteza continental.
El pozo de Kola no fue diseñado para extraer petróleo ni gas natural.
Nació en mayo de 1970 como un intento de la Unión Soviética de perforar la corteza terrestre más allá de cualquier límite explorado y tomar muestras directas de las entrañas geológicas del planeta.
La ambición de la ingeniería soviética en las profundidades del Ártico
Durante las décadas de 1960 y 1970, la disputa geopolítica entre las dos superpotencias de la Guerra Fría no se limitó a la conquista de la Luna. La exploración del subsuelo abrió un segundo frente de competencia tecnológica.
Después de que Estados Unidos fracasara en su intento de perforar el lecho marino con el proyecto Mohole, cancelado en 1966, Moscú instaló su plataforma de perforación en la península de Kola, en el extremo noroeste de Rusia, cerca de la frontera con Noruega y Finlandia.
El proyecto soviético se fijó como meta inicial alcanzar los 15 000 metros de profundidad para estudiar la estructura profunda de la corteza continental y la supuesta transición del granito al basalto, conocida como discontinuidad de Conrad.
Durante los primeros nueve años, la perforadora gigante Uralmash-4E penetró las capas de granito sin mayores sobresaltos técnicos. En junio de 1979, Kola superó el récord mundial previo, de 9583 metros, que ostentaba un pozo de gas de Oklahoma, el Bertha Rogers.
El éxito operativo permitió extraer muestras de roca de 2700 millones de años de antigüedad.
Entre los descubrimientos más llamativos de la expedición figuró la presencia de agua libre atrapada a profundidades donde se creía imposible la existencia de fluidos, además de un lodo de perforación que salía del pozo burbujeante de hidrógeno.
La barrera térmica que frenó el avance de las brocas
El avance continuó hasta 1989, cuando la perforación alcanzó su profundidad máxima: 12 262 metros. Todo el recorrido se realizó a través de ese estrecho orificio (poco más ancho que dos manos juntas), lo que exigió un control milimétrico del sistema de rotación.
En comparación, la perforación superó la altura del monte Everest (8849 metros) y descendió incluso a mayor profundidad que la propia fosa de las Marianas en el océano Pacífico (10 994 metros).
Sin embargo, a esas profundidades, las leyes de la física impusieron una barrera infranqueable para la tecnología de la época.
Los modelos teóricos preveían que a 12 kilómetros la temperatura del subsuelo rondaría los 100 °C. No obstante, las mediciones registraron temperaturas superiores a los 180 °C.
A ese nivel de calor, el granito perdió rigidez y empezó a comportarse más como un material plástico que como una roca sólida.
Cada vez que el equipo extraía la broca para reemplazar los dientes desgastados, las paredes del pozo se derrumbaban por la presión extrema y la temperatura. Las tuberías de perforación acababan doblándose o partiéndose en su interior, lo que obligaba a abrir desvíos laterales para sortear los tramos obstruidos.
En 1992, ante la imposibilidad técnica de seguir descendiendo y en medio del descalabro financiero por la disolución de la Unión Soviética, los trabajos se suspendieron de manera definitiva.

El mito urbano de los gritos del infierno
El secretismo con que la administración soviética gestionó el proyecto durante sus primeros años fue caldo de cultivo de leyendas urbanas.
A finales de la década de 1980, una historia comenzó a difundirse a través de la prensa sensacionalista y de medios religiosos de América del Norte y Europa.
Según el relato, los ingenieros bajaron por la tubería un micrófono resistente al calor para registrar los sonidos de los movimientos tectónicos.
La historia sostenía que, en lugar de ruidos geológicos, los altavoces reprodujeron un murmullo escalofriante compuesto por voces humanas y lamentos agudos. El rumor afirmaba que el taladro había atravesado la corteza hasta llegar al mismísimo infierno.
Investigaciones periodísticas posteriores demostraron que la grabación difundida en internet procedía de la banda sonora, ralentizada y manipulada, de la película de terror Baron Blood (1972).
Los responsables científicos del proyecto aclararon en repetidas ocasiones que la instalación nunca dispuso de micrófonos capaces de funcionar a 180 °C. Pese al desmentido técnico, la leyenda popular bautizó el pozo abandonado como “la puerta al infierno”.
Ruinas industriales y la ruta turística hacia la tundra de Múrmansk
El complejo científico se mantuvo operativo de forma parcial hasta mediados de 2008, cuando las dependencias cerraron definitivamente y el pozo se selló con la ya célebre tapa metálica.
El óxido y el clima severo del Ártico convirtieron la estación de perforación en un paisaje de ruinas industriales rodeado por la tundra de la región de Múrmansk.
En los últimos años, la península de Kola ha despertado el interés de los aficionados a la exploración urbana y a la fotografía de vestigios de la Guerra Fría.
Aunque entrar en las naves en ruinas exige precaución por el deterioro de los techos y el suelo congelado, al pozo se llega por carretera desde la ciudad portuaria de Múrmansk o desde la localidad de Zapoliarni.
Antes de planificar el viaje, conviene consultar las recomendaciones de viaje vigentes del Ministerio de Asuntos Exteriores y los posibles permisos necesarios para entrar en esta zona próxima a la frontera.
Visitar este punto del extremo norte de Rusia supone pisar el lugar donde el ser humano llegó más hondo en la corteza terrestre.
Una simple tapa de metal recuerda la distancia que separa las ambiciones de la ingeniería moderna de los límites que impone el interior del planeta. Huidos de la civilización y ocultos en las profundidades más extremas de la Tierra, estos abismos insondables encuentran su contraparte oceánica en la remota y desolada soledad del Punto Nemo.