A lo largo de la historia, nuestro planeta ha experimentado cinco grandes glaciaciones.
La primera glaciación ocurrió hace aproximadamente 2.400 millones de años. Se la conoce como la glaciación huroniana y algunos estudios sugieren que estuvo relacionada con la actividad de organismos bacterianos fotosintéticos, especialmente en regiones como la Euroniana, lo que aumentó drásticamente el oxígeno atmosférico.
La segunda glaciación tuvo lugar durante el período criogénico y se considera una de las más extremas, con episodios en los que gran parte del planeta pudo quedar cubierta de hielo.
La tercera glaciación, conocida como andina-sahariana, comenzó hace unos 460 millones de años y afectó a amplias zonas del hemisferio sur.
La cuarta glaciación suele denominarse glaciación de Karoo; ocurrió entre 360 y 260 millones de años y estuvo caracterizada por la abundancia de tiburones en los océanos, de grandes insectos y de los primeros bosques de árboles primitivos.
La quinta y última glaciación comenzó hace unos 2 millones de años, durante el Pleistoceno, y es la única que ha experimentado la humanidad.
Actualmente, nos encontramos en un período interglacial, el Holoceno, caracterizado por un clima relativamente estable.
Glaciación Würm: la última glaciación que conocemos
Nos adentramos en una época de grandes nevadas, sequías, escasez de plantas y desplazamiento de animales en busca de alimento hacia territorios más habitables.
La glaciación Würm es el nombre que recibe la última glaciación que experimentó la Tierra según la terminología alpina clásica.
En los primeros años de la glaciación, el Sol emitía un 30% menos de energía, aunque la Tierra era más cálida debido a su balance de radiación. Los gases de efecto invernadero regulaban las temperaturas de la superficie y provocaban variaciones en el clima terrestre. En sus inicios había más dióxido de carbono; su concentración disminuyó debido a la erosión y así se formaron los primeros continentes.
El enfriamiento que empezó hace 115.000 años presentó variaciones según la latitud. Por ejemplo, en zonas frías, las temperaturas medias llegaron a descender hasta 15 grados o hasta 23 grados en el caso de la Antártida.
Por supuesto, en zonas tropicales fueron como mucho de cinco grados, pero eso sí, vinieron acompañados de disminuciones en las precipitaciones. De modo que las selvas fueron reemplazadas por sabanas.
El momento de mayor bajada de las temperaturas de esta glaciación ocurrió hace 22.000 años y se conoce como el Último Máximo Glacial (LGM).
En los océanos, la temperatura media superficial bajó entre 4 y 5 grados. Las aguas del Atlántico norte bajaron más de diez grados, mientras que el Mediterráneo no superaría esta cifra, aunque quedaría cerca. En zonas tropicales, los descensos fueron menores, entre tres y cuatro grados.
Un testimonio de las bajadas de temperatura se observa en los cambios en la distribución de la fauna y podemos verlo a través del arte rupestre que encontramos hoy en día.
Por ejemplo, los habitantes de las cuevas de Cosquer, al sur de Francia, pintaron en sus paredes una especie de pingüino, Alca Impennis, que posteriormente en el Holoceno tuvo una distribución mucho más al norte hasta su extinción en el siglo XIX.
Otra evidencia más directa es el hallazgo de restos fósiles de estas faunas de zonas frías en lugares templados. Por ejemplo, restos de este mismo pingüino, Alca Impennis, aparecen entre los restos de fauna consumida por los habitantes prehistóricos de la cueva de Nerja, en el sur de España, con una datación de hace 30.000 años.
Además, junto a estos huesos fósiles en la cueva de Nerja también se encontraron huesos de Phoca Vitulina, una especie de pinnípedo que actualmente vive en el Atlántico Norte.
A finales del último pleniglacial, alrededor de hace 40.000 o 30.000 años, se registra la presencia del mamut lanudo o Mammuthus Primigenius en el yacimiento de la turbera de Padul en Granada, al sur de Sierra Nevada, España.
Como consecuencia de la acumulación de hielo en los continentes, el nivel del mar bajó considerablemente, lo que llevó a que emergieran plataformas continentales, como en el estrecho de Bering, el golfo Pérsico, la unión de las islas Filipinas, Borneo y Java con el continente asiático, o entre el norte de Francia y el sur de Gran Bretaña.
Esto permitiría que tanto los animales como los humanos pudieran moverse con mayor facilidad de un punto a otro.
En este momento, la humanidad competía con todos los depredadores por los mismos recursos limitados.
La época de la glaciación fue probablemente uno de los períodos más duros para el ser humano; sin embargo, logramos desarrollar grandes capacidades para sobrevivir. No necesitábamos que nuestro cuerpo cambiara o evolucionara, sino que nuestras conductas, herramientas y habilidades se transformaran.
La clave para sobrevivir en la Edad de Hielo fue conservar energía. En ese momento era imprescindible conseguir nuevas formas de mantener el calor y reducir todo esfuerzo que fuese innecesario.
Fue entonces cuando el ingenio nos llevó a inventar herramientas como la aguja de hueso, un avance que nos permitió coser pieles y ponérnoslas de ropa para conservar mejor el calor de nuestro cuerpo.
Además, el dominio del fuego también fue esencial, ya que permitiría proporcionar el calor necesario para sobrevivir, así como cocinar los alimentos, lo que mejoraría el valor energético, y a su vez era una forma de protegerse contra los depredadores.
La caza cooperativa fue también un gran avance, ya que requería planificación, reparto de las tareas y mejoras en la comunicación. Esta cooperación reforzó los lazos sociales y favoreció el desarrollo del lenguaje simbólico, así como las primeras expresiones artísticas, como el arte rupestre, y la transmisión cultural.
La humanidad pudo sobrevivir a esta última glaciación gracias al ingenio y a la cooperación, lo que nos permite ver una vez más que cuando nos mantenemos unidos y trabajamos colaborando los unos con los otros, somos capaces de atravesar hasta las montañas más heladas.