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ToggleDurante siglos, el Cerro Rico de Potosí fue explotado por su plata, pero también reverenciado como un ser vivo. Su historia es la de la abundancia y la tragedia, la conquista y la resistencia.
La montaña de la plata
En el siglo XVI, los conquistadores españoles llegaron al altiplano boliviano y encontraron en el Cerro Rico, a casi 4800 metros sobre el nivel del mar, una de las minas de plata más ricas del mundo.
No se sabe bien cómo llegó a su conocimiento. Las leyendas son variadas, pero todas coinciden en que los pobladores originales ya conocían y veneraban las propiedades de su montaña de la plata.
La ciudad de Potosí tomó su nombre del cerro y creció de forma explosiva: en su tiempo, fue la urbe más poblada de América y llegó a tener más habitantes que ciudades como Londres o París.
La riqueza extraída alimentó el imperio español y a varias otras economías europeas (¡incluso a China!) pero a costa de la vida de miles de trabajadores indígenas y esclavizados, que nunca llegaron a una riqueza similar.
Solían pasar meses sin salir al mundo exterior. Si salían.
Las minas son una muestra de la colonización que toma y se lleva todo lo que encuentra a su verdadero hogar.
Un mundo globalizado desde Potosí
De la Casa de la Moneda de Potosí, que se puede visitar, salió durante el siglo XVI la primera moneda global de la historia: los Reales de a Ocho. En Potosí comienza, entonces, uno de los fenómenos que moldean al mundo moderno.
Las galerías del cerro se multiplicaron y se adentraron en la montaña. La plata fluía, pero el precio humano era altísimo. Aunque el verdadero número no se conoce, se estima que millones de personas murieron trabajando allí, en condiciones extremas por el maltrato y la neumonía que provocan los fríos extremos, sin luz, sin aire, ni justicia para sus familias.
Se dice popularmente que de las riquezas extraídas de la mina podría sacarse lo necesario para hacer un puente que conecte América con España. También se dice que podría hacerse otro puente con los huesos de los caídos en la extracción de la plata.
En Potosí se imprime, también, eso que sigue simbolizando los alcances de la opresión colonial cometida por España.
El Tío: el diablo que protege
Dentro del Cerro Rico, cada galería tiene su propio altar dedicado al “Tío”: un ser que camina entre lo sagrado y lo profano, figura demoníaca con cuernos, colmillos, y a veces, forma de hombre. Es protector y peligroso. Recuerda a un santo. A él se le dejan ofrendas: hojas de coca, alcohol, cigarrillos, petardos. Es una presencia viva para los mineros.
El Tío no es el diablo cristiano: es una deidad subterránea, el celoso dueño de los minerales, mezcla de Diablo y de Dios. Otro personaje místico que encuentra su cuna en el mestizaje cultural.
En “Días y noches de amor y de guerra”, Eduardo Galeano lo describía así: “en las minas, el Diablo no reina solamente en febrero. Los mineros lo llaman Tío y han alzado para él un trono en cada socavón. El Tío es el verdadero dueño del mineral: otorga o niega los filones de estaño, extravía en los laberintos a quienes quiere perder o señala vetas escondidas a sus hijos predilectos. Libera de los derrumbamientos o los provoca. Dentro del socavón resulta mortal pronunciar el nombre de Jesús, aunque la Virgen puede ser invocada sin riesgos”.
En torno al Tío, cuando no se podía hablar de nada, los trabajadores se reunían en secreto a discutir su condición.
Si no se lo respeta, el Tío castiga. Si se lo honra, el Tío protege. Los rituales dentro de las minas son una combinación de catolicismo, creencias precolombinas y códigos del trabajo minero.
Los visitantes de la mina suelen llevar cosas para los mineros, que antes tienen que partir para dejarle un poco de la ofrenda al Tío y otro poco a la Pachamama (la tierra).
Una ciudad sobre túneles
Potosí sigue viva, con calles coloniales, veredas angostas, iglesias barrocas, muchas plazas y espacios verdes, colectivos pequeños y casas hechas con el oro y la plata que salieron del cerro.
El sol es intenso de día y por las noches hace un frío que cala los huesos. Pero debajo de ella, el Cerro Rico está hueco: miles de túneles lo atraviesan. En algunos sectores, hay riesgo de colapso.
Hoy todavía se extraen minerales, aunque en menor escala. Las condiciones siguen siendo duras. En épocas altas (cuando el precio del mineral sube), mucha gente independiente (hombres, porque las mujeres no están permitidas) solicita su permiso a las cooperativas para trabajar allí y luego volver a sus verdaderos oficios.
Visitar una mina es una experiencia cruda: hay calor, polvo, explosiones lejanas, trabajadores con una corta expectativa de vida, desapariciones y el eco de una historia que no terminó.
Sin embargo, si se puede superar esa impresión, y también la sensación de encierro que provoca el paseo, la experiencia es imponente. Si se quiere, también se puede llevar algo de ropa, comida o juguetes para ayudar a alguien que lo necesite. Para no llegar con las manos vacías a la casa de otro.
Da culpa la sensación de complicidad o algo parecido, pero lo cierto es que los trabajadores de las minas también se valen de los regalos de los turistas. Para eso, antes de ingresar a las minas, el tour suele pasar por el Mercado Minero.
Aunque abierto al turismo, el circuito es un paseo por las condiciones de vida de miles de trabajadores.
Misticismo y realidad
La montaña es sagrada y maldita al mismo tiempo. Se le reza y se le teme. Hay quienes dicen que respira. En quechua se la conoce como Sumaq Urqu (cerro hermoso). También se la conoce, tristemente, como Montaña come hombres. Esa variedad de nombres es una muestra de su naturaleza particular: un cerro hermoso, oscurecido por la explotación de sus riquezas.
Cada tanto, las autoridades evalúan cerrarla por seguridad, pero la iniciativa no progresa: el cerro sigue dando sustento a muchas familias, aunque cada vez son menos. Su riqueza, aunque no esté desbordante como solía (ya no se saca plata sino complex, que es una mezcla de minerales), sigue importando más que todo.
El Tío también vive fuera del cerro: hay figuras suyas en mercados, en murales, en souvenirs. Es símbolo de la Bolivia profunda, contradictoria, que mezcla fe, trabajo y resistencia.
Un viaje al corazón de lo profundo
Visitar el Cerro Rico no es una excursión más. Es un viaje al corazón de la historia latinoamericana. Al caminar por Potosí, cada piedra parece contar algo. Cuesta respirar por la altura. Los mercados son enormes y rebosan de vida. Al bajar a la mina, el aire cambia. El cuerpo siente cosas que no se pueden explicar.
La ciudad es bella, el cerro es duro. Algo entre todo eso vibra como si la montaña recordara haber sido el centro de un mundo viejo. El Tío, entre los recovecos y los trabajadores, sigue cuidando los restos que se esconden entre las piedras.