Durante décadas, la respuesta a cuántas islas tiene Japón parecía cerrada: 6852.
Ese era el número que figuraba en un recuento de 1987 de la Guardia Costera, y se repitió en libros, mapas y guías durante más de treinta años. Hasta que, en 2023, alguien volvió a contar.
El 28 de febrero de 2023, la Autoridad de Información Geoespacial de Japón anunció un nuevo recuento: 14125 islas. Más del doble de la cifra anterior.
No apareció tierra nueva. Lo que cambió fue la herramienta.
El conteo de 1987 se hizo sobre mapas en papel. El de 2023, con cartografía digital mucho más detallada. El criterio, en cambio, se mantuvo: se cuentan las porciones naturales de tierra con un perímetro costero de al menos 100 metros. Los terrenos ganados al mar quedan fuera.
Como no existe una norma internacional para contar islas, la cifra depende de ese criterio. Hay un dato más que ayuda a dimensionarla: de esas más de 14 000, solo unas 260 están habitadas, según los datos citados en la lista oficial de islas del país. El resto son islotes, rocas y pequeñas franjas de tierra.
La mayoría de las personas conoce apenas cuatro nombres: Hokkaido, Honshu, Shikoku y Kyushu, a los que suele sumarse Okinawa.
Pero en los extremos del país, al norte y al sur, hay islas que pocos viajeros incluyen en su itinerario. Y son muy distintas entre sí.
Al sur: las islas Yaeyama, el Japón más tropical
En el extremo suroeste del país, ya casi frente a Taiwán, se extienden las islas Yaeyama. Pertenecen a la prefectura de Okinawa y constituyen la zona de Japón más alejada de las islas principales. Su nombre suele traducirse como ‘muchas capas de montañas’.
La puerta de entrada es Ishigaki, que tiene vuelos directos desde Tokio y desde cuyo puerto salen los barcos hacia el resto del archipiélago. A Taketomi se llega en unos diez minutos y a Iriomote, en unos cuarenta.
Cada isla tiene su personalidad. Iriomote es la más grande del grupo y la más salvaje, con un paisaje dominado por manglares, selva y ríos. Allí vive el gato de Iriomote, un felino que no existe en ningún otro lugar del mundo y que está en peligro crítico de extinción.
Taketomi, en cambio, es plana y diminuta, con casas de tejados rojos y calles de arena que se recorren en bicicleta en una tarde.
Hateruma es la isla habitada más austral del país. Y Yonaguni, la más occidental, es famosa entre buceadores por sus tiburones martillo, que aparecen entre noviembre y marzo, y por unas formaciones submarinas similares a terrazas cuyo origen, natural o humano, sigue en debate.
Bajo el agua, Ishigaki es conocida por sus mantarrayas. En el punto de inmersión conocido como Manta Scramble, frente a la bahía de Kabira, los avistamientos son muy probables entre junio y noviembre. De noche, el Parque Nacional Iriomote-Ishigaki destaca por sus cielos oscuros, ideales para ver estrellas.
Hay otro rasgo que sorprende: el aislamiento dejó huellas lingüísticas. Ishigaki, Iriomote y Taketomi tienen sus propios dialectos, y el de Yonaguni se considera casi una lengua aparte.
Al norte: Rishiri y Rebun, el Japón subártico
Al otro lado del mapa, frente a la punta norte de Hokkaido, hay dos islas que parecen salidas de otro país.
Se trata de Rishiri y Rebun, parte del Parque Nacional Rishiri-Rebun-Sarobetsu, el más septentrional de Japón. Para llegar hay que tomar un ferry en Wakkanai y hacer una travesía de aproximadamente dos horas.
Rishiri está dominada por un volcán extinto de 1721 metros, el monte Rishiri. Por su silueta cónica, los japoneses lo llaman “Rishiri-Fuji”. En sus laderas crecen plantas alpinas que, según las guías locales, solo se encuentran allí, como la amapola de Rishiri (Papaver fauriei), de flores amarillas.
Rebun, la más pequeña, tiene otro sobrenombre: la “isla flotante de las flores”. Allí crecen unas 300 especies de plantas alpinas, incluso al nivel del mar, y la floración se concentra entre mayo y agosto. Sus senderos costeros, entre acantilados y flores, son el gran atractivo.
El mar también define la vida del lugar. Rishiri es célebre por su kombu, un alga muy valorada en la cocina japonesa que, en verano, se seca al sol a lo largo de la costa y con cuyo caldo se prepara el ramen de la isla.
Dos extremos, dos mundos
Si el sur es calor, agua turquesa y selva, el norte es frío, viento y praderas de altura. Cambia todo, empezando por el clima.
Yaeyama es subtropical, mientras que Rishiri y Rebun tienen clima subártico, con inviernos helados y nevados. Por eso el norte se visita sobre todo en verano, cuando llega la floración, en tanto que el sur se mantiene cálido casi todo el año.
Cambia también lo que se hace. En el sur se bucea, se hace esnórquel, se navega entre manglares y se recorren pueblos de estilo Ryukyu.
En el norte se camina, se asciende al volcán y se sigue la ruta de las flores. En el agua del sur hay mantarrayas y tiburones; en la costa del norte, algas y erizos.
Y cambia, por último, la sensación del viaje.
El sur parece una postal tropical.
El norte, el borde del mapa.
En definitiva, son dos extremos de un mismo país que, con más de 14 000 islas, todavía guarda mucho por descubrir.