Nagasaki, en Japón, es uno de esos nombres grabados en la memoria de todo el mundo, en este caso por motivos terribles.
El 9 de agosto de 1945, una bomba de plutonio apodada “Fat Man” cayó sobre la ciudad, aniquilando al instante a más de 40.000 personas. Junto con la bomba lanzada sobre Hiroshima, este ataque puso fin a la Segunda Guerra Mundial y provocó un cambio absoluto en la región.
Nagasaki se repuso, pero décadas más tarde, todavía hay cierto halo de “lugar maldito” en esta prefectura. Esto se refleja perfectamente en la escalofriante isla de Hashima.
Situada a tan solo 15 kilómetros de la costa de Nagasaki, Hashima se ha convertido en la “joya de la corona” del medio millar de islas deshabitadas de la región.
Se la conoce como Gunkanjima, que significa “isla acorazada” y en su momento sirvió como una importante mina de carbón, gestionada por la empresa Mitsubishi.
La isla, de apenas 500 metros de largo por 160 de ancho, albergó en su día a más de 5.000 personas y contaba con un hospital, una escuela y diversas tiendas. Estos edificios se pueden visitar hoy en día, aunque la isla está abandonada desde hace décadas, lo que la dota de un ambiente apocalíptico más cercano a una película de zombis que a la idea del Japón moderno que tenemos en la cabeza.
Tal vez por ello se haya convertido en una de las visitas turísticas más especiales del país.
Hashima, el símbolo de la decadencia industrial en Japón
Hashima no dejaba de ser una de tantas islas frente a la costa de Nagasaki hasta que, a finales del siglo XIX, se descubrieron en ella grandes vetas de carbón de alta calidad. La empresa Mitsubishi decidió comprar la isla y convertirla en un pequeño epicentro minero, trasladando allí a miles de trabajadores con sus familias.
La prosperidad durante la primera mitad del siglo XX dio lugar a una ciudad concentrada en la pequeña isla. Todo parecía ir bien y el mejor carbón del país provenía de Hashima. Pero entonces llegó la guerra.
Japón estuvo involucrado en numerosos conflictos durante los años 40. Por supuesto, la Segunda Guerra Mundial fue el más importante, pero el ejército nipón también estaba desplegado en Corea y China.
Esto hizo que el número de mineros cayera en picado y se tuviera que buscar una solución a este problema. La empresa encargada de gestionar la mina recurrió a algo muy “sencillo”: utilizar a prisioneros como mano de obra. Les pusieron a trabajar sin descanso, sin apenas darles agua ni comida y más de 1.200 hombres acabaron muriendo en las minas.
Se cuenta que algunos prisioneros intentaron llegar a la costa lanzándose al mar, pero acabaron falleciendo a causa del fuerte oleaje.
El oscuro secreto de Hashima pasó desapercibido y cuando la guerra acabó, la isla volvió a florecer.
El carbón seguía siendo un material indispensable en los años 50 y 60, y la isla con forma de acorazado vivió su época de mayor esplendor, hasta convertirse en la ciudad más densamente poblada del mundo.
Se construyeron escuelas, hospitales, tiendas y hasta un pequeño templo para satisfacer a la población, que no necesitaba salir de la isla para tenerlo todo a mano.
Hasta que, a finales de los años 70, las prioridades cambiaron. El carbón ya no era tan importante, la producción cayó en picado y la gente acabó abandonando la isla.
Hashima, una visita entre ruinas
Durante décadas, Hashima quedó totalmente abandonada, con la naturaleza haciéndose cargo de los edificios que habían sido construidos apenas unos años antes.
La ciudad moderna se convirtió en un escenario distópico y las leyendas comenzaron a tomar forma al otro lado de la costa.
En Nagasaki se hablaba de misteriosas luces que se veían en Hashima por las noches. De extraños ruidos cerca de las costas de la isla. Como si hubiera quedado maldita, como el resto de la región, aun cuando su mejor momento llegó después de la mayor tragedia de la zona.
El tiempo pasó y en 2009, el gobierno japonés decidió darle una vuelta de tuerca a la historia.
Hashima se convirtió en una atracción turística para los amantes de los lugares abandonados. Desde aquel año, cada día se realizan varias visitas guiadas desde el puerto de Nagasaki.
Cada visita tiene una ruta diferente, pero en todas ellas se puede comprobar el estado de degradación del lugar, una especie de oda al fracaso de la revolución japonesa.
Como parada en el tiempo, Hashima se ha convertido en una de las atracciones turísticas más solicitadas de la región, algo insólito hace unas décadas. Convertida en Patrimonio de la UNESCO desde 2015, la isla también es visitada con frecuencia por expertos ingenieros para comprobar cómo el paso del tiempo y el abandono afectan directamente a los materiales y las construcciones.
La isla acorazada de Hashima es una de esas visitas únicas que uno puede hacer en esta zona de Japón, alejándose de los templos nipones habituales o de las bulliciosas capitales como Tokio o Kioto. Un lugar que en su momento prometía ser un paraíso, pero terminó convirtiéndose en una pesadilla de la que todo el mundo quiso escapar.