Hancock Park alberga un pozo de asfalto natural que atrapó animales durante la última glaciación.
Ese mismo terreno, siglos después, dio origen a la fortuna que permitió construir uno de los barrios más selectos de Los Ángeles.
Antes de las mansiones Tudor y las calles arboladas, hubo 71 pozos petroleros en funcionamiento y una familia que decidió, cuando el crudo se agotó, vender la tierra por lotes.
Un pozo de brea que llegó antes que la ciudad
Todo comienza mucho antes de que existiera Los Ángeles.
Los depósitos de asfalto natural que hoy se conocen como La Brea Tar Pits llevan miles de años burbujeando en la superficie, y durante el Pleistoceno, atraparon a mamuts, lobos y tigres de dientes de sable que quedaron conservados en el alquitrán.
La primera referencia escrita data de 1769, cuando el explorador Gaspar de Portolá documentó los pozos durante una expedición española por la región.
En 1828, el gobierno mexicano otorgó 4.439 hectáreas del Rancho La Brea a Antonio José Rocha y Nemesio Domínguez, con la condición de que el asfalto quedara disponible para uso público del pueblo.
Ese rancho ganadero, dedicado durante décadas al pastoreo, es el mismo terreno en el que hoy se levanta el barrio.
De rancho ganadero a yacimiento petrolero
El ingeniero Henry Hancock compró el rancho en 1863. Durante años, la familia lo destinó a la cría de ganado y al cultivo de granos, sin mayor actividad más allá de eso.
El giro no llegó hasta la siguiente generación. Su hijo, George Allan Hancock, heredó la propiedad en 1883, tras la muerte de su padre, cuando apenas tenía ocho años.
Hancock se incorporó formalmente al negocio familiar en 1907 y, junto al geólogo William Orcutt, perforó 71 pozos petroleros en el terreno.
La operación, bautizada como Rancho La Brea Oil Company, convirtió a la familia en una de las más ricas de Los Ángeles durante la primera década del siglo XX.
Cuando el petróleo se acabó, llegaron las mansiones
El auge no duró mucho.
Hacia 1916, los pozos empezaban a producir crudo cada vez más viscoso y menos rentable. Ese mismo año, Hancock donó 23 hectáreas alrededor de los pozos de asfalto al condado de Los Ángeles, con la condición explícita de que los fósiles hallados ahí fueran excavados y exhibidos con fines científicos.
Esa donación es hoy el parque público, el Museo George C. Page y el complejo del LACMA.
Con el resto del terreno, Hancock tomó una decisión comercial: en 1919 empezó a subdividirlo en lotes residenciales.
Impuso reglas estrictas para mantener el prestigio del futuro barrio. Por ejemplo, ninguna casa podía construirse a menos de 15 metros de la calle, el cableado eléctrico debía quedar enterrado y las calles tenían que pavimentarse con hormigón.
También cedió 42 hectáreas al Wilshire Country Club, que sigue funcionando en el centro del vecindario.
Durante los años veinte y treinta llegaron los arquitectos. Wallace Neff, John Austin y otros diseñaron las mansiones de estilo Tudor, colonial español e italiano que todavía definen el paisaje del barrio.
Actores como Howard Hughes y Mae West se mudaron allí en las décadas siguientes, atraídos por la cercanía con los estudios de Hollywood.
El barrio que se negó a aceptar a Nat King Cole
La imagen de elegancia que Hancock Park cultivó desde su fundación tuvo un límite explícito: la raza de sus residentes.
En 1948, el músico Nat King Cole compró una mansión de estilo Tudor en el barrio por 65.000 dólares, y su familia se convirtió en la primera familia afroamericana en vivir allí.
La Asociación de Propietarios de Hancock Park intentó impedir la venta y, cuando eso falló, organizó una campaña de hostigamiento contra la familia Cole que incluyó actos de vandalismo.
La asociación no logró revertir la compra, y hoy esa misma organización (fundada originalmente en 1948, en parte como reacción a este episodio) cita el caso como parte de la historia del barrio.
Hancock Park es hoy zona de preservación histórica.
Desde 2007, casi el 90 % de sus construcciones están protegidas y cualquier modificación visible desde la calle requiere aprobación de una junta local.
El pozo de asfalto que le dio origen sigue allí, en el mismo lugar donde estuvo la casa de la familia Hancock, todavía burbujeando frente a los turistas que visitan el museo.
