Dataland, el museo donde la selva amazónica cobra vida a través de la inteligencia artificial

Un viaje a la selva amazónica sin salir de Los Ángeles: así es Dataland, el museo que reinventa el arte con inteligencia artificial.
17.06.2026
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Los Ángeles vive un momento único en su historia. La ciudad del entretenimiento se encuentra trabajando a contrarreloj de cara a los Juegos Olímpicos de 2028 y su escena cultural no se queda atrás.

Al cartel de grandes novedades se suma Dataland, el primer museo del mundo dedicado al arte de la inteligencia artificial. Fundado por el artista turco Refik Anadol y la directora creativa Efsun Erkılıç, se ubica en The Grand LA, el complejo diseñado por Frank Gehry en el Distrito Cultural de Grand Avenue, en pleno Downtown y a pocos pasos del icónico Walt Disney Hall.

Su propuesta es tan ambiciosa como difícil de clasificar. Se trata de un nuevo tipo de arte que logra hacer converger los cinco sentidos: el gusto, el olfato, el oído, la vista y el tacto. Y tuvimos la oportunidad de comprobarlo en primera persona en una visita a la preapertura del museo.

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Cuando la selva se convirtió en la musa: el origen de Dataland

La exposición inaugural, Machine Dreams: Rainforest, nació en el corazón del Amazonas brasileño, durante la pandemia, cuando Anadol y Erkılıç emprendieron un viaje para llegar a la comunidad indígena Yawanawá, un pueblo ancestral desconectado de la vida cotidiana en el Amazonas brasileño.

Lo que los artistas descubrieron en aquella experiencia no fue solo inspiración visual: fue una nueva forma de comprender la inteligencia colectiva. La selva, a ojos de sus cofundadores, no es solo un paisaje, sino que también representa un sistema neuronal vivo, conectado por millones de redes, muy similar al funcionamiento de nuestros propios cuerpos.

Infinity Room de Dataland.

Esa revelación es el alma de todo lo que sucede dentro de Dataland. La primera exhibición del museo es, en esencia, un intento de traducir ese sistema vivo al lenguaje de la inteligencia artificial: hacer que la máquina sueñe con la selva y que ese sueño nos envuelva a nosotros.

La misión, sin embargo, no era sencilla. “Requeríamos una infraestructura que nos permitiera hacer con el espacio lo que quisiéramos, sin tener que hacer sacrificios y que dispusiera de la energía suficiente para todos los sistemas que usamos en el museo”, explica el artista Anadol antes de sumergirnos en el recorrido.

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Adentrándonos en el sueño: la tecnología que hace cada visita única

Antes de explorar las cinco galerías o módulos de la exhibición, cada visitante recibe dos dispositivos que lo convierten en parte activa de la obra. Una caja ubicada en la sección introductoria del museo se abre al escanear la entrada y de ella emergen, con efecto sorpresa, los dos elementos que convertirán cada visita en algo irrepetible.

El primero es una pulsera inteligente desarrollada por Empatica, empresa especializada en tecnología biomédica, que mide en tiempo real el ritmo cardíaco, la temperatura cutánea y la conductividad de la piel del visitante.

Una experiencia que pone a prueba todos los sentidos.

El segundo es un pequeño gadget que se lleva alrededor del cuello y que emite, de forma exclusiva para cada persona, una secuencia de aromas moleculares desarrollados en colaboración con L’Oréal Luxe. La tecnología de difusión es tan precisa que las moléculas se disipan al instante, sin dejar residuo ni en la piel ni en el aire compartido. Estos dos objetos son la puerta de entrada al sueño de la máquina.

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El sistema nervioso central del museo es Connectome, una supercomputadora de alto rendimiento desarrollada con NVIDIA que orquesta en tiempo real todos los flujos de datos del edificio y da a cada instalación la capacidad de procesar y responder al instante.

Su cerebro artístico es el Large Nature Model, el primer modelo de inteligencia artificial del mundo construido exclusivamente con datos de la naturaleza.

Cinco puertas a la selva: un recorrido que no se olvida

Unas escaleras mecánicas nos transportan al segundo módulo y, en cuestión de segundos, el mundo exterior desaparece.

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El Data Pavilion, el más grande de los cinco espacios, bautizado como Bosque Latente, es donde la selva golpea con toda su fuerza.

84 proyectores 4K de Epson sincronizados despliegan más de 700 millones de píxeles en una inmersión de 360 grados que fusiona imágenes del interior de la máquina con archivos de millones de fotografías de flora y fauna tropical.

El sonido envuelve desde todas las direcciones a través de un ecosistema de 250 altavoces, tejido con música original del compositor Kerim Karaoğlu, la ecología acústica de la selva tropical y los cantos sagrados curativos de los Yawanawá.

En mi caso, el corazón se disparó hasta las 116 pulsaciones por minuto. El aroma a tierra húmeda llega sin avisar y, de repente, parece que nos encontramos en la misma selva.

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El tercer módulo, la Galería Latente, introduce el tacto como lenguaje artístico. Tres pantallas transparentes de LG, futuristas, casi de ciencia ficción, responden al contacto proyectando en tiempo real dibujos de setas, raíces y plantas sobre las gigantescas paredes del espacio. Para interactuar con ellas, basta con escanear el código QR de la pulsera digital.

También es aquí donde Anadol invita al visitante a convertirse en artista, explorando los más de 500 millones de imágenes del Large Nature Model con lo que él mismo llama un “pincel pensante”: un sistema que traduce el gesto humano en arte generativo en tiempo real, proyectado sobre una gran pantalla colectiva. El resultado es una conversación entre la intuición del visitante y la inteligencia de la máquina, visible para todos los que comparten el espacio en ese momento.

El cuarto módulo, El Sueño de Ruwe Pinu, es el más íntimo y el más perturbador. Este Infinity Room, una sala cúbica donde paneles LED cubren suelo, techo y las cuatro paredes en su totalidad, alberga al colibrí translúcido que porta el último aliento del árbol de la sabiduría.

El ave, bautizada Ruwe Pinu por el líder espiritual yawanawá Nixiwaka a partir de un sueño que Anadol tuvo en el Amazonas, recoge esa última exhalación en su cuerpo transparente mientras en el espacio resuena la grabación de 1987 del último macho del Kaua’i ʻŌʻō, un ave hawaiana extinta cuyo canto sin respuesta lleva décadas viajando por los archivos de la historia como documento de desaparición ecológica.

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El suelo tiembla bajo mis pies. La memoria ecológica y el conocimiento ancestral de los pueblos que han protegido la selva durante generaciones se fusionan en una experiencia que se siente íntima y profunda.

Cuando los datos saben a selva: la experiencia gastronómica

También en la Galería Latente aguarda la experiencia más inesperada del recorrido: Data.Chocolate, la propuesta gastronómica desarrollada en colaboración con Valerie Confections que traduce datos de la genética del cacao y de la selva amazónica en algo literalmente comestible.

Cuatro bombones, cuatro nodos de información convertidos en sabor, que cierran el círculo sensorial que el museo lleva construyendo desde la primera galería.

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Una de las sorpresas durante la experiencia de Dataland.

El Node 005, Mycelial Whisper, es un homenaje al suelo del bosque: sabores de tierra húmeda, musgo y hojas que se entrelazan en una composición que evoca el despertar fúngico de la selva, ese mundo subterráneo invisible que conecta los árboles entre sí. Una pieza oscura y terrosa que sabe exactamente a lo que huele la selva después de la lluvia.

El Node 011, Nectar Lumina, es el polo opuesto: una explosión de luz tropical en una sola pieza. Mango, guayaba y maracuyá estallan en capas intensas con matices de chocolate que evocan la luz filtrándose entre el dosel arbóreo. Si el primero era la raíz y el suelo, este es la copa del árbol.

El Node 012, Theobroma Divina, rinde homenaje al cacao en su origen más puro. Se trata de un chocolate amargo infusionado con cardamomo y gelatina de naranja amarga, en capas que reconstruyen el viaje desde la semilla amazónica hasta la barra de cacao. Una pieza densa y compleja que exige tiempo para revelar todos sus matices.

Y el Node 009, Phoenix Ember, cierra la secuencia con fuego. Chocolate amargo con chiles, pimientas y cacao tostado que recrea el humo y las brasas de los rituales nocturnos en la selva, esos momentos en que la oscuridad y el calor hacen que el mundo exterior desaparezca por completo. Una experiencia intensa, casi medicinal, que permanece en el paladar mucho después de terminada la visita. La sorpresa es que tiene un toque picante, pero delicioso.

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En esta ocasión tenemos suerte, ya que podemos degustar todos los bombones de manera exclusiva.

La sorpresa final y el token

El quinto y último módulo, El Santuario, reserva la sorpresa final y preferimos no desvelarlo del todo para no arruinar la experiencia.

Lo que sí puedo adelantar es que aquí los datos que la pulsera ha ido acumulando durante todo el recorrido, cada aceleración del corazón, cada variación de temperatura, cada momento en que el cuerpo reaccionó sin que la mente lo ordenara, se convierten en una obra de arte generativa única, creada en tiempo real a partir de las emociones de cada visitante. Una pieza que no existía antes de que esa persona concreta cruzara la puerta.

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Al salir de la exposición, cada visitante tiene dos opciones. La primera: solicitar que todos los datos sean eliminados de forma permanente (el museo garantiza que ningún dato se comparte con terceros y que toda la información no reclamada se borra automáticamente a los 30 días).

La segunda: escanear un Data.Token en una máquina, junto a la salida, para recibir un resumen estadístico de la experiencia sensorial propia: un retrato numérico de lo que el cuerpo sintió mientras la máquina soñaba con la selva.

Dataland no es un museo convencional ni una instalación tecnológica al uso. Es, quizás, el primer espacio que consigue que la inteligencia artificial hable el idioma más antiguo que existe: el de la naturaleza.

Y para los que creemos que los destinos verdaderamente extraordinarios son aquellos que cambian algo dentro de nosotros, esta selva de datos en el corazón de Los Ángeles merece figurar en cualquier lista de experiencias imprescindibles.

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Machine Dreams: Rainforest estará en exhibición desde el 20 de junio de 2026 hasta el 31 de enero de 2027. Las entradas pueden adquirirse en la web oficial.

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