El lago Bhorgastail, en la isla de Lewis, guarda un secreto que los investigadores tardaron años en descifrar. Lo que durante siglos pareció una modesta isla de piedra resultó ser un crannog neolítico, una isla artificial característica de los lagos de Escocia e Irlanda, con más de cinco milenios de antigüedad y una plataforma circular de madera de unos 23 metros de diámetro en su núcleo.
El hallazgo, publicado en la revista Advances in Archaeological Practice de Cambridge University Press, cambia la comprensión que los arqueólogos tenían sobre cuándo y cómo las primeras sociedades agrícolas del noroeste de Europa comenzaron a construir monumentos en el agua.
Una isla que no era lo que parecía
Los crannogs (término de origen gaélico que podría traducirse como “hijo del árbol”) son islas artificiales características de los lagos escoceses e irlandeses.
Durante décadas, la arqueología los ubicó principalmente en la Edad del Hierro y en períodos medievales. Los hallazgos recientes en las Hébridas Exteriores obligan a una revisión de ese calendario.
La arqueóloga Stephanie Blankshein, de la Universidad de Southampton y autora principal del estudio, explicó que fue al comenzar las excavaciones en 2021 cuando el equipo comprendió que bajo la superficie de piedra existía una estructura de madera coherente y de considerable tamaño.
Lo que la geología superficial ocultaba era una construcción en capas: madera, matorral y materia orgánica apilados con precisión. Las dataciones por radiocarbono sitúan el inicio del yacimiento entre el 3800 y el 3300 a.C.
Durante ese período, las comunidades de Gran Bretaña e Irlanda erigían tumbas, paisajes ceremoniales y grandes monumentos colectivos. Stonehenge, en su fase más reconocible de grandes bloques de piedra, no existiría hasta varios siglos después.
El crannog del lago Bhorgastail no fue construido una sola vez ni abandonado tras un uso breve. Dos mil años después de su construcción original, durante la Edad del Bronce Medio, se añadió otra capa de matorral y piedra.
Una fase adicional de actividad se produjo aproximadamente mil años más tarde, en la Edad del Hierro. Distintas generaciones regresaron al mismo punto del lago, remodelando la isla según sus propias necesidades o tradiciones.
Una calzada de piedra, hoy sumergida, conecta la isla con la orilla. Su presencia indica que el acceso al crannog era deliberado y planificado. El lugar estaba físicamente separado de la vida cotidiana en tierra firme, pero no era inaccesible.
Esa ambigüedad entre lo cotidiano y lo ceremonial, entre el mundo seco y el lacustre, es uno de los aspectos que más interesan a los investigadores.
Tan revelador como la plataforma de madera es lo que rodea la isla. A lo largo de varios años de prospecciones y excavaciones, el equipo recuperó cientos de fragmentos de cerámica neolítica del lecho del lago, entre ellos restos de cuencos y jarras en un estado de conservación inusualmente bueno. Algunos ejemplos presentaban residuos de hollín y alimentos en su interior.
Ese detalle es significativo. La cerámica no parece haber caído al agua por accidente. El patrón registrado en el lago Bhorgastail y en otros crannogs neolíticos de las Hébridas apunta a depósitos intencionales: vasijas arrojadas al lago tras su uso, posiblemente en el contexto de reuniones comunales, banquetes o actos rituales. El crannog, por tanto, podría haber sido mucho más que una plataforma doméstica.
Una técnica nueva para un problema viejo
El proyecto no se limitó a excavar. Una de sus aportaciones más relevantes es metodológica.
Las zonas de aguas poco profundas representan una de las franjas más frustrantes para la arqueología. Los métodos terrestres se detienen en la orilla, mientras que los equipos marinos están diseñados para aguas más profundas. El resultado es lo que los investigadores denominan la “cinta blanca“, una franja arqueológicamente rica pero difícil de documentar.
Para resolverlo, el equipo desarrolló un sistema de estereofotogrametría portátil: dos cámaras impermeables fijadas a una distancia precisa sobre un marco, manipuladas por un buzo con precisión centimétrica. Los datos subacuáticos se combinaron con imágenes de drones y levantamientos terrestres, lo que permitió registrar la isla y sus elementos sumergidos como una estructura continua.
La técnica, descrita en el artículo publicado por los autores Blankshein, Pedrotti, Sturt y Garrow, permite documentar el crannog cruzando la línea de flotación sin interrupciones, algo que las metodologías convencionales no podían lograr.
Los investigadores señalan que el método es repetible y de bajo coste relativo, lo que lo hace transferible a otros yacimientos similares.
Una isla entre cientos, pero no una más
El lago Bhorgastail no es un caso aislado. Cientos de crannogs se han identificado en los lagos escoceses y decenas más en Irlanda.
Hasta hace poco, la mayoría se atribuía a la Edad del Hierro o a períodos posteriores. Los nuevos hallazgos en las Hébridas Exteriores están obligando a replantear cómo las primeras comunidades agrícolas del noroeste europeo concibieron el agua, las islas y la construcción monumental.
Lo que surgió en el lago Bhorgastail hace más de cinco mil años no fue simplemente una plataforma funcional.
Fue un lugar al que las personas volvían, transformaban y al que, muy probablemente, atribuían un significado que hoy solo puede inferirse a través de los objetos que dejaron atrás, sumergidos y preservados en el frío del lago escocés.