origen del dia de los muertos
El Día de los Muertos cuenta con tintes indígenas y católicos. Imagen de Unsplash.

El origen del Día de Muertos, entre el inframundo mexica y la Europa medieval

Durante décadas se presentó como herencia azteca. El origen del Día de Muertos lleva también a Roma, a un monasterio de Borgoña y hasta a una película de James Bond.
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Descenso al Mictlán

Descenso al Mictlán

Para los mexicas, quien moría de causas naturales no iba a un lugar de castigo, sino a un camino de cuatro años. Fray Bernardino de Sahagún lo recogió en el siglo XVI: antes de despedir al difunto, le entregaban papeles para cada paso del trayecto.
Primer papel

Los cerros que se encuentran

Donde las montañas chocan
La primera prueba era pasar entre dos montañas que chocaban una contra otra. Para cada tramo, el difunto recibía un papel que le abría el paso.
“…en medio de dos sierras que están encontrándose una con otra.”Sahagún, libro III
Segundo papel

El camino que guarda la serpiente

Un sendero vigilado
Después venía un sendero custodiado por una serpiente. El relato no la describe: solo indica que hacía falta otro papel para cruzar.
Tercer papel

El lugar del lagarto verde

Xochitónal
Más adelante esperaba Xochitónal, la lagartija verde. Las versiones modernas la convierten en un ser enorme al que había que vencer; Sahagún solo la nombra como un lugar más del camino.
Cuarto papel

Los ocho páramos

Ocho desiertos
Ocho desiertos seguidos. El relato los enumera sin describirlos, como si la distancia fuera en sí misma la prueba.
Quinto papel

Los ocho collados

Ocho colinas
Luego, ocho colinas. El camino al Mictlán es sobre todo eso: duración, cansancio, un paisaje que se repite.
Sexto papel

El viento de obsidiana

Donde el viento corta como navajas
El tramo más temido. El viento arrastraba piedras y navajas de obsidiana, el vidrio volcánico con el que se hacían los cuchillos.
“Dicen que mucho se sufre, todo se lo lleva el viento.”Texto náhuatl del Códice Florentino (trad. UNAM)
El último río

El río Chiconahuapan

Nueve aguas
Para cruzarlo, el difunto necesitaba un perro: por eso se le despedía con uno de pelo rojizo. Si el perro reconocía a su amo, se echaba al agua y lo pasaba a cuestas.
¿Qué perro te llevará a la otra orilla?
Llegada

Ante Mictlantecuhtli

El señor de los muertos
En la otra orilla esperaba el señor de los muertos. El difunto le entregaba los papeles y las ofrendas con que lo habían despedido. Nadie se presentaba ante él con las manos vacías.
Cuarto año

Chicunamictlan

El noveno lugar de los muertos
Al cabo de cuatro años, el viaje terminaba en Chicunamictlan. Allí, dice el texto náhuatl, el difunto desaparecía por completo.
No era un castigo. Era el final del camino.
Las fuentes no coinciden

Otra versión del camino

El Códice Vaticano A, también del siglo XVI, dibuja el inframundo como una columna de niveles: allí el paso del agua va al principio y aparecen lugares que Sahagún no menciona. La idea de nueve pisos fijos se debe en buena parte al estudioso alemán Eduard Seler, en el siglo XIX.
Detalle del Códice Vaticano A: el paso del agua y el perro Folio 2r del Códice Vaticano A
Códice Vaticano A (Vat. lat. 3738), f. 2r, y detalle del paso del agua. Facsímil del duque de Loubat (Roma, 1900). Digitalización: FAMSI. Fuentes: Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, libro III.

Según la Leyenda de los Soles, uno de los pocos mitos sobre la creación que los propios mexicas dejaron por escrito, la humanidad actual nació de unos huesos robados. El mundo ha pasado por varias eras o “soles”. Cuatro humanidades fueron creadas y destruidas y la actual vive bajo el Quinto Sol.

Cuando el mundo anterior se extinguió, sus restos quedaron en el Mictlán (“lugar de los muertos” en náhuatl), bajo la custodia del señor y la señora de los muertos. Quetzalcóatl (dios creador del mundo y de la humanidad) bajó a buscarlos. “He venido por los huesos preciosos que tú guardas”, le dijo, según la traducción del manuscrito náhuatl.

Mictlantecuhtli, que gobernaba el inframundo mexica, aceptó a cambio de que Quetzalcóatl hiciera sonar un caracol. El caracol no tenía agujeros que pudieran ayudar a producir sonido, así que Quetzalcóatl llamó a los gusanos para que lo perforaran y a las abejas para que, desde dentro, lo hicieran sonar.

El señor de los muertos se arrepintió de su trato, así que mandó cavar un hoyo en el camino de salida. Quetzalcóatl cayó en él y quedó aparentemente muerto. Los huesos se esparcieron por el suelo.

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Más tarde, el dios Quetzalcóatl volvió en sí, recogió los restos y los llevó a Tamoanchan. Allí la diosa Cihuacóatl los molió y los depositó en un recipiente. El dios derramó sobre ellos su propia sangre y de esa mezcla nacieron los hombres y las mujeres del Quinto Sol.

Para los antiguos nahuas, los huesos de los muertos no eran solo restos. Eran la materia de la que estaba hecha la vida.

Este podría ser el origen del Día de Muertos. La historia, sin embargo, es más enrevesada.

Muerte y reencarnación

En la cosmovisión mexica, el destino de un muerto no dependía de cómo había vivido, sino de cómo había muerto.

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Quienes morían ahogados, por un rayo o por enfermedades ligadas al agua iban al Tlalocan, el paraíso de Tláloc, un lugar de reposo y abundancia. Los guerreros caídos en combate, los cautivos sacrificados y las mujeres muertas en el parto acompañaban al Sol.

Según las crónicas, al cabo de cuatro años volvían al mundo convertidos en aves de plumas de colores.

Los niños pequeños tenían su propio lugar. El Códice Florentino cuenta que no iban a la fría región de los muertos. Iban a la casa de Tonacatecuhtli, junto al Chichihuacuauhco, un árbol que los amamantaba.

Allí esperaban el momento de volver a nacer, cuando la humanidad presente se extinguiera. La muerte, también aquí, era una espera antes de otra vida.

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Esa distinción entre niños y adultos reaparece en el calendario de fiestas y, siglos después, en el reparto actual entre el 1 y el 2 de noviembre.

Las fiestas del Día de los Muertos antes de 1521

Los mexicas medían el año solar en 18 periodos de 20 días, las veintenas del xiuhpohualli. Dos de esas veintenas estaban dedicadas a los muertos.

La primera era el Miccailhuitontli, la fiesta pequeña de los muertos, asociada a los niños. La segunda, el Hueymiccailhuitl, dedicada a los adultos. Ambas tenían lugar en pleno verano, entre los meses de julio y septiembre, según la correlación con el calendario cristiano.

Estas costumbres llegaron a nuestros días principalmente a través de dos frailes del siglo XVI: el franciscano Bernardino de Sahagún y el dominico Diego Durán. Sus relatos son valiosos, pero también problemáticos, ya que fueron escritos por evangelizadores tras la conquista española.

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Según los escritos de los frailes, en la gran fiesta mexica de los muertos se cortaba un árbol, el xócotl, que se erigía en un lugar especial adornado con papel. En lo alto se colocaba una figura. Había ritos de danza con plumas y cascabeles, sacrificios humanos y grandes comidas, con tamales rellenos de guajolote o de carne de perro. Al final, los jóvenes trepaban al tronco para alcanzar la figura y el árbol se derribaba.

También eran fiestas ligadas a la agricultura, con ofrendas para propiciar las cosechas. La relación entre los muertos y el maíz, entre lo que se entierra y lo que brota, aparece una y otra vez en el pensamiento mesoamericano.

La influencia europea

Al otro lado del Atlántico, la Iglesia había construido su propio calendario de los muertos.

El primer paso se dio en Roma. En 609 o 610, el papa Bonifacio IV consagró el Panteón, el antiguo templo de todos los dioses romanos, a la Virgen y a todos los mártires, con un aniversario el 13 de mayo.

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En el siglo VIII, Gregorio III dedicó una capilla de la basílica de San Pedro a todos los santos y fijó su fiesta en el 1 de noviembre. Gregorio IV la extendió a toda la Iglesia en el siglo IX.

El segundo paso se dio en Borgoña. En 998, Odilón, abad de Cluny, ordenó que los monasterios dependientes de la abadía dedicaran el 2 de noviembre a la oración, al ayuno y a la misa por todos los difuntos.

La lógica era teológica. El 1 de noviembre se celebraba a quienes ya estaban en el cielo; el 2 se rezaba por quienes aún aguardaban en el purgatorio.

Ese fue el calendario que viajó en los barcos.

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Cuando dos calendarios se encontraron

Tenochtitlan cayó en 1521. La evangelización que siguió fue sistemática.

Las fiestas de verano dedicadas a los muertos desaparecieron del calendario oficial indígena. Lo que ocurrió después es información difusa. Una teoría sostiene que los pueblos indígenas trasladaron sus ritos a noviembre para que parecieran fiestas católicas. Otros historiadores describen un proceso lento, de tres siglos de dominio colonial, en el que la Iglesia toleró y se adaptó a las costumbres locales.

En el altar actual conviven materiales de ambos mundos. De origen mesoamericano tenemos el cempasúchil, cuyo nombre náhuatl, cempoalxóchitl, significa “20 flores”; y el copal, el maíz, los tamales y el perro que guía a los muertos.

De origen europeo contamos con la cruz, los santos, la idea del purgatorio y la propia fecha.

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¿Cuál es el verdadero origen del Día de Muertos?

Durante buena parte del siglo XX, la versión dominante presentó el Día de Muertos como una herencia prehispánica que había sobrevivido bajo un barniz católico.

Sin embargo, el altar, las calaveras de azúcar y el pan de muerto parecen provenir del medievo europeo católico. La costumbre de velar a los seres queridos en el más allá, en los panteones, sería reciente.

En 2003, la UNESCO proclamó la fiesta indígena dedicada a los muertos como obra maestra del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad y, en 2008, la inscribió en su Lista Representativa. Su descripción evita elegir bando. Habla de una fusión entre ritos prehispánicos y fiestas católicas, y la sitúa al final del ciclo anual del maíz.

Eso sí, cabe destacar que no existe un único Día de Muertos.

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En la península de Yucatán se llama Hanal Pixán, “comida de las ánimas” en maya, y su plato central es el mucbipollo o pib, cocinado bajo tierra.

En la Huasteca es el Xantolo, con arcos cubiertos de cempasúchil. En Michoacán, las comunidades purépechas pasan la noche junto a las tumbas, a orillas del lago de Pátzcuaro.

Escena del desfile del Día de los Muertos en la película "Spectre" de la saga de James Bond.
Escena del desfile del Día de los Muertos en la película “Spectre” de la saga de James Bond.

La fiesta, además, sigue evolucionando. El gran desfile de Día de Muertos de la Ciudad de México se celebra solo desde 2016, inspirado en la película de James Bond “Spectre”. Cada generación ha aportado algo propio.

Los huesos preciosos de la Leyenda de los Soles

En la Leyenda de los Soles, el señor del Mictlán no quería soltar los huesos. Quetzalcóatl mandó decir que los devolvería, pero se los llevó para siempre.

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Cada noviembre, en todo México, las familias hacen el gesto inverso. Limpian las tumbas, encienden copal, trazan con pétalos naranjas un camino desde la puerta hasta el altar e invitan a sus muertos a volver por unas horas.

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