El ruido de los barcos se asocia a un estrés medible en las ballenas, según sugirió un estudio que aprovechó un experimento involuntario: la caída del tráfico marítimo en la bahía de Fundy, en Canadá, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Ese seguimiento ya estaba en marcha.
En julio de 2001, un equipo de investigadores del New England Aquarium, en Boston, había iniciado un censo de ballenas francas del Atlántico Norte que se congregan cada verano en la bahía de Fundy para alimentarse y amamantar a sus crías.
La técnica consistía en utilizar perros entrenados para localizar excrementos de ballena flotando en la superficie del agua. Estos excrementos son una fuente fiable de datos hormonales sobre el estado fisiológico de estos cetáceos.
En paralelo, otro grupo registraba los sonidos submarinos de baja frecuencia de la zona, la misma banda que utilizan las ballenas para comunicarse y que también producen los motores y hélices de los barcos de carga.
Ninguno de los dos equipos buscaba estudiar el 11-S.
La coincidencia de fechas convirtió el desastre en una oportunidad de investigación que normalmente sería imposible de reproducir de forma controlada.
Menos tráfico, menos ruido, menos hormonas de estrés
En los dos días previos al 11 de septiembre pasaron nueve barcos por la bahía; en los dos días posteriores, solo tres.
Esa caída abrupta del tráfico marítimo tuvo un correlato acústico inmediato.
El ruido submarino bajó seis decibelios, con una reducción especialmente marcada en las frecuencias por debajo de los 150 hercios, el rango que más se superpone con las llamadas de las ballenas.
Los investigadores cruzaron esos datos acústicos con los niveles de glucocorticoides, hormonas asociadas al estrés, presentes en las muestras fecales recolectadas antes y después de los atentados.
Los valores hormonales de 2001 resultaron más bajos en los meses posteriores al 11-S que en los meses previos. Ese patrón no se repitió en los cuatro años siguientes de seguimiento, lo que descartó que el descenso respondiera a otro factor ambiental estacional.
El hallazgo se publicó en febrero de 2012 en la revista Proceedings of the Royal Society B y aportó la primera evidencia de que el ruido oceánico no solo altera el comportamiento de las ballenas, sino que también deja una huella fisiológica medible.
Un experimento no planificado, con límites reconocidos
El propio equipo de investigación admitió que las condiciones no fueron ideales para sacar conclusiones definitivas.
El análisis se apoyó en apenas cuatro días de grabaciones acústicas antes y después del 11-S, y en un número reducido de muestras fecales.
Un biólogo marino de la Universidad de Saint Andrews, en Escocia, cuestionó públicamente si los datos disponibles alcanzaban para sostener la conclusión del estudio, y propuso, junto a otros colegas, un diseño experimental que permitiera poner a prueba el hallazgo de forma más rigurosa.
Pese a esas objeciones, el estudio se convirtió en una referencia dentro de la biología marina porque abrió una vía de investigación que hasta entonces no tenía forma de comprobarse sin depender de un suceso excepcional como una interrupción total del tráfico naval.
La situación de las ballenas francas en 2026
Más de dos décadas después, la especie sigue clasificada como en peligro crítico de extinción.
La última estimación poblacional ubica a las ballenas francas del Atlántico Norte en alrededor de 380 ejemplares, con un incremento de unos 20 ejemplares desde 2020 y una tendencia al alza durante tres años consecutivos. De ese total, solo unas 70 hembras se encuentran en edad reproductiva.
Los choques con embarcaciones y el enredo en artes de pesca continúan siendo las principales causas de muerte y lesión de la especie.
En marzo de 2026, la agencia estadounidense NOAA Fisheries presentó una nueva propuesta de norma vinculada a los límites de velocidad de las embarcaciones en zonas de tránsito de la especie.
Las organizaciones conservacionistas reclaman esa medida desde hace años, pues la consideran la principal herramienta disponible para reducir las colisiones.
El ruido submarino, en cambio, no forma parte de los factores que hoy se vigilan con la misma prioridad regulatoria que el tráfico y las redes de pesca.
La correlación hallada en la bahía de Fundy en 2001 sigue citándose como el primer indicio de que el silencio del océano también forma parte de la salud de las ballenas.
