Cinco millones de aves al año: la moda que estuvo a punto de borrar a las garcetas

Una moda letal, una matanza millonaria y dos mujeres sin voto que cambiaron para siempre el destino de la garceta.
13.07.2026
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La caza de plumas de garcetas alcanzó tal escala hacia 1886 que un ornitólogo neoyorquino, al contar las aves muertas sobre los sombreros que veía durante sus paseos por la ciudad, encontró restos de 40 especies distintas en apenas dos paseos.

Tres de cada cuatro sombreros llevaban plumas o aves enteras.

La causa era la moda. Las plumas nupciales de la garceta, blancas y vaporosas, se habían convertido en el accesorio más codiciado de la alta sociedad occidental, y esa demanda estuvo a punto de acabar con la especie.

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Cinco millones de aves muertas al año

Para entender por qué un ave tan común llegó al borde de la extinción, hay que mirar los números que manejaba la industria sombrerera en su momento de mayor auge.

Según estimaciones citadas por la National Audubon Society, hacia 1886 se mataban cerca de cinco millones de aves al año solo para abastecer el mercado de sombreros de Norteamérica.

La garceta nívea (Egretta thula) y la garceta grande (Ardea alba) encabezaban esa lista por el blanco intenso de sus plumas reproductivas.

Los cazadores disparaban a los adultos durante la temporada de anidación, cuando lucían su plumaje más vistoso.

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Eso significaba que las crías, dependientes de ambos progenitores, quedaban abandonadas en el nido y morían de hambre. Colonias enteras desaparecían en dos o tres temporadas de caza sostenida.

Florida, con las mayores colonias de aves zancudas del país en los Everglades, concentró buena parte de la matanza.

Hacia finales de la década de 1880 ya no quedaban colonias importantes cerca de las ciudades más pobladas del estado, y los cazadores tuvieron que internarse cada vez más al sur para encontrar aves.

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Plumas más caras que el oro

Lo que hacía rentable semejante matanza era el precio.

Según registros citados por el ornitólogo Herbert K. Job, en 1903 el valor de las plumas pagado a los cazadores llegaba a 32 dólares la onza (unos 28 gramos), casi el doble del precio del oro en esa época.

Producir esa onza requería matar en promedio a cuatro garzas o garcetas.

La magnitud del negocio queda clara en una sola operación: en una subasta realizada en Londres en 1902 se vendieron 1608 paquetes de 30 onzas de plumas de garza, lo que equivale a cerca de 193.000 aves sacrificadas de una vez.

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La industria sombrerera movía en esos años unos 17 millones de dólares anuales solo en Estados Unidos.

Dos primas de Boston y el origen de la Audubon

El freno a esta industria no vino de una ley, sino de una campaña que comenzó en una sala de té.

En 1896, la bostoniana Harriet Hemenway leyó un artículo sobre la matanza de aves para la industria de la moda y quedó tan afectada que llamó a su prima, Minna B. Hall, para pensar qué podían hacer.

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La respuesta fue invitar a mujeres de la alta sociedad de Boston a una serie de tés en los que les pedían que renunciaran a los sombreros con plumas.

Consiguieron el compromiso de unas 900 mujeres. Pero en 1896 las mujeres carecían de poder político (faltaban 24 años para el sufragio femenino en Estados Unidos) y Hemenway lo sabía.

Por eso buscó aliados con influencia pública.

Reclutó a científicos y hombres prominentes de Boston, entre ellos al ornitólogo William Brewster, que se convirtió en el primer presidente de la organización que fundaron ese mismo año, la Massachusetts Audubon Society, la más antigua de este tipo en el país.

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Las leyes que frenaron el comercio

La presión de la sociedad recién fundada dio resultado rápido: en 1897 Massachusetts prohibió el comercio de plumas de aves silvestres, la primera ley de este tipo en Estados Unidos.

A partir de ahí, la protección se construyó por etapas, cada vez con más alcance.

En 1900 llegó la Lacey Act (Ley Lacey), que convirtió en delito federal transportar entre estados aves cazadas ilegalmente.

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En 1903, el entonces presidente Theodore Roosevelt firmó la orden ejecutiva que creó la Reserva de Pelican Island (isla del Pelícano), en Florida. Fue el primer refugio federal de vida silvestre del país, pensado específicamente para proteger colonias de aves acuáticas de los cazadores de plumas.

En 1913 se sumó la Weeks-McLean Act (Ley Weeks-McLean), y en 1918 la Migratory Bird Treaty Act (Ley del Tratado de Aves Migratorias) puso fin de forma definitiva al comercio legal de plumas silvestres en el país.

La garceta hoy: de amenaza a símbolo de conservación

Las leyes funcionaron, y los números lo confirman.

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Tanto la garceta nívea como la garceta grande figuran hoy en la categoría de “preocupación menor” en la Lista Roja de la UICN.

Partners in Flight estima la población global de garceta nívea en 2,1 millones de ejemplares, con una tendencia estable desde 1966 según el censo norteamericano de aves reproductoras.

La garceta grande, por su parte, es hoy el símbolo oficial de la National Audubon Society, la organización heredera directa de aquellos tés de Boston.

El principal riesgo actual para estas aves ya no es la caza, sino la pérdida de humedales.

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Solo en Estados Unidos se han drenado más de 100 millones de acres de humedal (unos 40 millones de hectáreas) desde la época colonial, lo que reduce las zonas de alimentación y anidación de las que dependen las garcetas y otras aves zancudas.

El martinete común, la próxima amenaza en Nueva York

La recuperación de las garcetas no se extiende por igual a todas las aves zancudas que comparten su hábitat, y el caso más reciente se encuentra en el puerto de Nueva York.

Un estudio publicado en junio de 2026 por la NYC Bird Alliance en la revista Conservation Science and Practice documentó una caída del 55 % en la población de martinete común (Nycticorax nycticorax) desde el año 2000, cuando se contaban unos 470 nidos activos en las islas del puerto.

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Los autores del estudio, Dustin Partridge y Shannon Curley, advirtieron que si la tendencia continúa, la especie podría desaparecer localmente hacia 2037.

El martinete anida junto a garcetas y otras aves acuáticas, y los investigadores lo consideran una especie indicadora: su declive podría señalar problemas más amplios en la salud del estuario.

Todavía no está claro qué causa la caída. Entre las hipótesis que investiga la alianza figuran la contaminación y la pérdida de hábitat en las islas de anidación.

El ave ya está clasificada como amenazada en Pensilvania y en peligro en Nueva Jersey, y la organización pide ahora que Nueva York adopte una protección similar.

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