Hay paisajes que parecen demasiado fantásticos para ser reales, y el Monte Roraima es uno de ellos.
Esta meseta de paredes verticales de hasta mil metros se eleva, de golpe, sobre la Gran Sabana venezolana, como si alguien hubiera cortado una porción de montaña con un cuchillo gigante.
No es casualidad que haya alimentado mitologías indígenas y, desde hace más de un siglo, novelas y hasta el guion de una de las películas de animación más queridas de las últimas décadas.
Qué son los tepuyes y por qué son tan antiguos
El Roraima pertenece a una familia de formaciones geológicas únicas en el mundo, conocidas como tepuyes: mesetas de cima plana y paredes casi verticales, talladas en arenisca sobre el Escudo Guayanés, una de las zonas más antiguas de la corteza terrestre, con una edad estimada de entre 1600 y 1700 millones de años.
Más del 85 % de los tepuyes conocidos están en territorio venezolano, y el Roraima es uno de los más altos.
Su cima supera los 2800 metros sobre el nivel del mar, y la meseta abarca unos 31 kilómetros cuadrados, repartidos entre Venezuela, Brasil y Guyana, en uno de los pocos puntos del planeta donde convergen tres fronteras sobre la cima de una montaña.
Su origen se remonta a enormes depósitos sedimentarios que, con el paso de millones de años, sufrieron un lento levantamiento mientras la erosión iba desgastando el terreno circundante, hasta dejar solo estas islas rocosas suspendidas muy por encima de la sabana y los bosques que las rodean.
El resultado es un ecosistema prácticamente aislado del resto del continente.
En la cima del Roraima crecen plantas que no existen en ningún otro lugar del mundo. Además, se aprecian formaciones curiosas como el Valle de los Cristales, un sector cubierto de cuarzo, y “Los Hoteles”, un conjunto de cuevas naturales formadas por salientes de roca que los excursionistas usan como refugio.
El origen del “mundo perdido”
Para el pueblo pemón, que habita la región, el Roraima no es solo una montaña.
Según su mitología, representa el tocón de un árbol gigantesco que contenía todos los frutos y plantas del mundo. El dios Makunaima lo derribó, y la caída del árbol dio origen tanto al tepuy como a los ríos de la zona. El nombre Roraima suele traducirse como “gran azul verdoso”, mientras que tepuy significa en pemón “casa de los dioses”.
A principios del siglo XX, esa misma aura de misterio inspiró al escritor escocés Arthur Conan Doyle la novela El mundo perdido (1912), en la que imaginaba una meseta aislada donde todavía sobrevivían dinosaurios y plantas prehistóricas.
El propio apodo con el que hoy se conoce al Roraima, “el mundo perdido”, viene directamente de aquella ficción.
La montaña que acabó en una película de Pixar
Casi un siglo después, el Roraima volvió a inspirar otra historia, esta vez mucho más conocida por el gran público: Up (2009), de Pixar.
Para dar forma a Paradise Falls (las Cataratas del Paraíso en la versión en español), el destino soñado del viejo Carl Fredricksen, el director Pete Docter y un pequeño grupo del equipo creativo viajaron a Venezuela y subieron hasta la cima del Roraima como parte de su investigación de campo, documentando el paisaje con miles de fotos, videos y bocetos.
Sin embargo, la cascada que aparece en la película no está inspirada en el propio Roraima, sino en el Salto Ángel, la caída de agua más alta del mundo, ubicada en otro tepuy del mismo Parque Nacional Canaima: el Auyantepuy.
Es un matiz que vale la pena aclarar. El Roraima le dio al equipo de Pixar la experiencia de caminar sobre un tepuy real, mientras que la cascada que todos recuerdan de la película pertenece a otro tepuy.
Cómo se visita hoy
A diferencia de otros destinos de senderismo, al Roraima no se puede subir por cuenta propia.
La única vía de acceso habilitada para turistas parte del lado venezolano, desde la comunidad indígena pemón de Paraitepuy, a unos 90 kilómetros de Santa Elena de Uairén, la ciudad que sirve de base logística para las expediciones.
La normativa del parque nacional exige contratar guías locales autorizados, generalmente a través de agencias con sede en la propia Santa Elena, que se encargan de los permisos, el transporte y el acompañamiento durante todo el recorrido.
La travesía completa suele durar entre seis y ocho días, según la ruta elegida, con un recorrido total de entre 70 y 90 kilómetros. El itinerario se reparte en unos tres días de ascenso, uno o dos de exploración en la cima y otros dos o tres de regreso.
El nivel de dificultad se considera moderado más que extremo, aunque exige buena condición física por la cantidad de horas de caminata diarias y el tramo final, bastante empinado, para alcanzar la meseta.
Se acampa en condiciones rústicas, sin electricidad ni agua caliente, así que conviene prepararse con equipo de montaña adecuado para varios días de autonomía.
Para llegar hasta Santa Elena de Uairén, la opción más habitual desde el exterior es volar hasta Boa Vista, en Brasil, y continuar por tierra cruzando la frontera venezolana, aunque también hay vuelos, menos frecuentes, desde otras ciudades del país.
La travesía puede hacerse en cualquier época del año, aunque el tiempo en la cima es muy cambiante (con niebla, lluvia y temperaturas bajas incluso en temporada seca), así que conviene llevar siempre ropa de abrigo e impermeable sin importar el mes elegido.
Una meseta que sigue pareciendo otro mundo
Entre la mitología pemón, la ficción de Conan Doyle y la inspiración real para una película de Pixar, el Monte Roraima ha acumulado varias capas de leyenda sobre una base que ya de por sí resulta casi inverosímil: una montaña cuyas rocas superan los 1600 millones de años, recortada en medio de la sabana, con un ecosistema propio que evolucionó prácticamente aislado del resto del planeta.
Llegar a su cima sigue siendo una de las pocas formas de pisar algo bastante parecido a ese “mundo perdido” que tantas historias han intentado imaginar.