A pocos kilómetros de Puno, en pleno lago Titicaca, hay un archipiélago que no aparece en ningún mapa geológico.
No lo formó ningún volcán ni ningún proceso de erosión. Lo tejieron, a mano, generaciones enteras de un mismo pueblo.
Son las islas de los uros, decenas de plataformas flotantes hechas con una sola planta, habitadas desde hace siglos por uno de los pueblos más antiguos de Sudamérica.
Un lago sagrado, antes que un lago turístico
Para entender a los uros, primero hay que entender el lago en el que viven.
El Titicaca es un enorme espejo de agua que hace de frontera natural entre Perú y Bolivia. No es solo el lago navegable más alto del mundo, a más de 3800 metros sobre el nivel del mar. Es, además, uno de los espacios más sagrados de la cosmovisión andina.
Su nombre suele traducirse como “puma de piedra”, y, según la mitología incaica, fue ahí, en sus aguas, donde el dios creador Viracocha dio origen al sol, a la luna y a las estrellas, antes de enviar a Manco Cápac y Mama Ocllo a fundar el Cusco y, con él, el propio Imperio inca.
Pero esa carga simbólica no es exclusiva de los incas. Para los uros, el lago es mucho más que un simple recurso natural: es el territorio mismo de su identidad.
Se autodenominan “hombres de agua” (Jas Shoni, en su lengua originaria) o “hombres del lago” y, según su tradición, son los dueños ancestrales de las aguas del Titicaca, presentes allí incluso antes de la llegada de los incas.
Por qué terminaron viviendo sobre el agua
El origen de las islas tiene más de estrategia que de capricho estético.
Según la tradición oral de los uros, sus antepasados habitaban originalmente en tierra firme, alrededor del lago.
Ante el avance de pueblos más poderosos (primero los tiahuanacos y los collas, después los incas, y más tarde los españoles), optaron por una solución que nadie más había intentado: internarse en los totorales del lago y construir ahí su propio territorio, inaccesible para cualquier ejército que no supiera moverse en esas aguas.
Esa decisión, tomada hace siglos, terminó convirtiéndose en una forma de vida permanente. Hoy existen entre 70 y 90 islas distribuidas en distintos sectores de la bahía de Puno, agrupadas en comunidades como Uros Puno, Uros Kapi, Uros Titino y Uros Chulluni.
Cada isla suele pertenecer a un mismo clan familiar, y sobre su superficie conviven entre tres y diez familias.
Cómo se construye una isla con una sola planta
La materia prima de todo este mundo flotante es la totora, un junco acuático que crece en abundancia en las zonas poco profundas del lago.
De ella los uros no solo obtienen el suelo sobre el que viven, sino también el material de sus viviendas y embarcaciones y, de los tramos más tiernos del tallo, parte de su alimentación.
El proceso de construcción empieza bajo el agua. Se cortan grandes bloques de raíces entrelazadas de totora, conocidos como khili, que funcionan como los cimientos flotantes de la isla y se mantienen sujetos al fondo del lago mediante estacas y troncos, para evitar que la corriente los desplace.
Sobre esos bloques se van apilando capas sucesivas de cañas secas, dispuestas en direcciones cruzadas, hasta formar una superficie firme de más de un metro de espesor.
Esa base, sin embargo, no dura para siempre. La totora en contacto con el agua se va pudriendo desde abajo, así que cada pocas semanas hay que añadir una nueva capa seca en la superficie para compensar el desgaste.
Es, en la práctica, un mantenimiento constante. Una isla de los uros nunca termina de construirse, y su vida útil puede extenderse varias décadas mientras sus habitantes sigan renovándola.
La vida cotidiana sobre un suelo que se hunde un poco cada día
Vivir sobre una isla de totora implica una relación con el entorno muy distinta a la de cualquier pueblo de tierra firme.
Las viviendas, también construidas con caña, se agrupan alrededor de espacios comunes donde las familias cocinan, tejen y reciben visitas. La pesca y la caza de aves acuáticas fueron durante siglos la base de la economía uro, complementadas por el intercambio de artesanías de totora con las comunidades de tierra firme.
Las balsas, hechas con el mismo junco que las islas, siguen siendo el medio de transporte tradicional entre una isla y otra, aunque hoy comparten el lago con botes de motor para los trayectos más largos.
El auge del turismo, a partir de la década del 2000, transformó buena parte de esa economía.
Muchas familias combinan ahora la pesca y la artesanía con la recepción de visitantes. Varias islas cuentan ya con paneles solares, radios y hasta señal de telefonía móvil, que coexisten con un modo de vida cuya base material sigue siendo prácticamente la misma que hace generaciones.

Cómo visitarlas
Las islas de los uros se visitan habitualmente en excursiones de medio día que parten en lancha del puerto de Puno, una ciudad peruana situada a menos de diez kilómetros.
Los recorridos suelen incluir una demostración de cómo se construye una isla, la posibilidad de subir a una balsa de totora y tiempo para conocer a alguna de las familias residentes, que ofrecen artesanías como parte de su economía local.
Para quienes deseen una experiencia más completa, alojamientos como Uros Qhantany Lodge permiten pasar la noche en una isla flotante, disfrutar del entorno del lago a distintas horas del día y tener un contacto más cercano con las comunidades de los uros.
Conviene reservar el paseo con una agencia local de Puno y, como en cualquier comunidad que vive del turismo, visitar las islas con respeto. No son un parque temático, sino el hogar real de las familias que siguen tejiendo, cada pocas semanas, el suelo sobre el que caminan.