Si hubiera que elegir una ciudad española para representar la idea de “turismo sostenible”, sería poco probable que Benidorm apareciera en la lista de nadie.
Su imagen de postal es otra: un perfil urbano de más de un centenar de torres frente al mar, millones de turistas al año y una fama de destino masivo que arrastra desde los años setenta.
Y, sin embargo, ahí está: finalista de uno de los principales premios de sostenibilidad urbana de la Unión Europea. No es la única sorpresa española entre las finalistas, pero sí la más llamativa.
Un premio con siete criterios y mucho dinero de por medio
La Comisión Europea otorga cada año dos distinciones paralelas: la Capital Verde Europea (European Green Capital), para ciudades de más de 100 000 habitantes, y la Hoja Verde Europea (European Green Leaf), destinada a localidades de entre 20 000 y 100 000 habitantes.
Ambas reconocen avances medibles en siete áreas concretas: calidad del aire, gestión del agua, biodiversidad y espacios verdes, economía circular y residuos, contaminación acústica, mitigación del cambio climático y adaptación a sus efectos.
Para la edición de 2028, de las 27 ciudades candidatas, un panel de expertos independientes seleccionó ocho finalistas.
Tres de ellas son españolas. Zaragoza compite por el título de Capital Verde frente a Aalborg (Dinamarca), Bielsko-Biała (Polonia), Košice (Eslovaquia) y Oporto (Portugal). Por su parte, Benidorm y Chiclana de la Frontera disputan la Hoja Verde con la portuguesa Estarreja.
La ganadora de la Capital Verde recibe 600 000 euros y la de la Hoja Verde, 200 000, en ambos casos destinados a financiar proyectos ambientales durante el año del título.
El fallo se conocerá el 8 de octubre, en una ceremonia en Guimarães, la actual Capital Verde Europea.
El argumento de Benidorm: construir hacia arriba, no hacia los lados
Volvamos a la gran sorpresa. La clave para entender por qué Benidorm está ahí no tiene que ver con parques ni con jardines, sino con una decisión urbanística tomada hace casi setenta años.
A mediados de la década de 1950, el municipio se debatió entre dos modelos de crecimiento: una ciudad jardín de chalets bajos, como en la mayor parte del litoral mediterráneo, o una ciudad vertical, concentrada en altura.
Optó por lo segundo, y esa apuesta (entonces poco habitual, incluso criticada durante décadas) es hoy uno de los argumentos centrales de su candidatura.
El razonamiento es más simple de lo que parece: concentrar el alojamiento turístico en torres permite recibir a millones de visitantes ocupando mucho menos suelo que un desarrollo horizontal equivalente.
Según cálculos de urbanistas, absorber con el modelo de Benidorm toda la demanda turística de la costa mediterránea española requeriría solo una pequeña parte del suelo que ocuparía el mismo número de camas en urbanizaciones horizontales de baja densidad.
A eso se suma que, pese a su fama de ciudad hecha para el coche, más del 70% de los desplazamientos dentro de Benidorm se hacen a pie, y la ciudad cuenta además con más de 130 kilómetros de carriles bici.
El municipio, además, protege más del 60% de su territorio y, en los últimos años, ha asumido el compromiso de medir y compensar la huella de carbono generada por su actividad turística.

Chiclana y Zaragoza: dos estrategias muy distintas
Si Benidorm representa el argumento más contraintuitivo del grupo español, Chiclana de la Frontera ofrece uno más clásico, aunque igual de sólido.
La Comisión Europea destacó de la ciudad gaditana su sistema de seguimiento de la huella de carbono, sus herramientas públicas de información energética y sus programas comunitarios para involucrar a los vecinos en la transición hacia energías más limpias.
Es un planteamiento centrado en los datos y en la participación ciudadana más que en una transformación urbanística radical.
Zaragoza, la única española que compite en la categoría principal, abre otro frente: un proyecto de conectividad verde que enlaza parques urbanos, riberas fluviales, humedales y arbolado viario en una sola red ecológica continua.
La estrategia está pensada tanto para darle más espacio a la fauna local como para reducir el riesgo de inundaciones en la ciudad. Es una infraestructura verde concebida a escala de toda la ciudad, bastante distinta tanto del modelo compacto de Benidorm como de la apuesta por los datos de Chiclana.
Tres formas distintas de entender lo mismo
Lo interesante de ver a estas tres ciudades juntas en la misma lista es que demuestran que no existe un único camino hacia la sostenibilidad urbana.
Zaragoza apuesta por tejer una red de naturaleza en la trama de una gran ciudad.
Chiclana opta por la transparencia y la participación vecinal.
Y Benidorm, la más inesperada de las tres, defiende una idea que durante décadas sonó más a crítica que a elogio: que concentrar la edificación en altura puede, paradójicamente, ser más respetuoso con el territorio que extenderse en horizontal.
Habrá que esperar hasta el 8 de octubre para saber si alguna de las tres se alza con el título. Pero más allá del resultado, la sola presencia de Benidorm en esta lista ya ha cumplido su función: obligar a repensar qué imágenes asociamos, casi automáticamente, con la palabra “sostenible”.