Aún recuerdo perfectamente la sensación que me llenó cuando me tumbé en el suelo aquella noche y miré hacia arriba. Nunca antes había visto un cielo tan desbordante de estrellas, con la presencia de la vía láctea nítida atravesando todo el firmamento.
No podía creer que el cielo realmente fuera aquello y no esas dos únicas estrellas que conseguía ver desde mi ciudad. Me eché a llorar y me sentí ridículamente pequeña.
Hace unos años tuve el placer de visitar el desierto de Atacama, en Chile. Se trata del desierto más árido del mundo, en el cual hay incluso zonas donde no llueve desde hace más de 500 años.
Además de la escasez de agua, las condiciones climáticas también son muy adversas, ya que soplan fuertes vientos y se producen cambios de temperatura muy bruscos: mientras que de día puedes sentir perfectamente unos 40 grados, de noche las temperaturas pueden llegar a bajar a menos de 0 grados.
Esto hace que la vida en Atacama sea muy difícil, por lo que la biodiversidad es muy escasa. Ésta se encuentra localizada especialmente en los oasis y en las quebradas, y las vidas que aquí encontramos han sufrido una fuerte adaptación al medio para poder sobrevivir, como por ejemplo plantas que han extendido sus raíces para poder alcanzar el agua que aún queda en el subsuelo.
Esto ha hecho que muchos científicos se interesen en la zona para analizar cómo podría afectarnos el cambio climático y qué posibilidades tiene la vida de seguir encontrando recovecos en los que subsistir y adaptarse al medio.
Sin embargo, también encontramos otras zonas que nos narran precisamente lo que significa esta ausencia de vida en Atacama, como el Valle de la Muerte, que además de representar esta aridez del paisaje, también es un escenario rocoso e intransitable.
El desierto se encuentra a 2400 metros de altitud. Esto, unido a su baja humedad y a la poca contaminación lumínica de la zona, lo convierten en uno de los mejores marcos para presenciar lo que hay más allá de la tierra: un cielo completamente lleno de vida y luz que difícilmente puede encontrarse en otros puntos del mundo.
Atacama es el gran observatorio del mundo y es el lugar elegido por todos aquellos astrónomos y científicos que continúan buscando respuestas sobre lo que hay después de lo conocido: cómo se forman las estrellas, las nubes moleculares y el universo temprano, y así poder descubrir nuestros orígenes cósmicos.
Sin embargo, al mismo tiempo que Atacama es uno de los lugares más impresionantes que existen en nuestro planeta, también se ha convertido en el basurero del mundo.
Iquique, una de las ciudades atacameñas, recibe más de cincuenta mil toneladas de ropa usada cada año. Esta zona es una gran importadora de ropa de segunda mano que proviene de todo aquello que se desecha en Europa y en EE.UU., sin embargo, de toda aquella ropa que llega, solo un 15% se reutiliza.
La ropa que hoy usamos no es biodegradable, ya que casi toda está fabricada en poliéster, un material que puede tardar en degradarse más de 200 años. Es por esto por lo que los vertederos municipales no la aceptan y se han formado vertederos clandestinos especialmente en el cerro de Alto Hospicio, una de las zonas más pobres de Iquique.
Es así, como el desierto de Atacama se ha convertido en uno de los cementerios de ropa más grandes del mundo.
Si vemos las imágenes de estas montañas de ropa usada, probablemente lleguemos a la conclusión de que es el verdadero valle de la muerte que hay hoy en Atacama.
Sin embargo, todo puede ser reversible.
Recuerdo la inmensidad del cielo de Atacama y pienso en esas pequeñas vidas que subsisten en el lugar más árido conocido por el ser humano y me hago consciente de la fuerza que puede tener la naturaleza: un poder tan inmenso que nos sobrepasa y que se nos olvida hasta que no volvemos a visitar lugares tan impresionantes como este.
Por eso, creo que cada vez que visitemos un sitio que nos atraviese y nos demuestre lo sublime que hay en la vida, debemos recordarnos lo mucho que merece la pena seguir cuidando el planeta que habitamos.
