Entre una de las muchas historias fascinantes que podemos encontrar en el continente africano, en esta ocasión vamos a viajar hasta el sur de África para acercarnos a conocer una de ellas. Llegamos hasta Namibia, un país situado en el suroeste del continente, colindando con Sudáfrica, Botsuana y Angola. Se trata del país más seco del África subsahariana.
Alberga el desierto más antiguo del mundo, el desierto del Namib, donde podemos encontrar las dunas más altas del planeta, las cuales superan hasta los 300 metros de altura.
Namibia es un país donde todavía podemos encontrar zonas con mucha vida salvaje, siendo el que tiene una mayor población de guepardos viviendo en libertad o elefantes que han conseguido adaptarse al difícil clima del desierto.
Tan vasto es el desierto, que ha llegado a enterrar hasta una ciudad entera. Este es el caso de Kolmanskop, una ciudad fantasma que quedó atrapada bajo las dunas de arena en el siglo pasado y que hoy ha sido recuperada en cierta medida para seguir contando una historia que no debe ser olvidada.
Todo comenzó a finales del siglo XIX. Los países occidentales estaban en este momento descubriendo los impresionantes paisajes que encontraban en el continente africano, hasta que llegó un momento en que las exploraciones se fueron convirtiendo en el deseo de poseer las riquezas naturales que ofrecía su tierra.
En 1884 se celebra la Conferencia de Berlín y se divide todo el continente entre los países más poderosos del mundo en aquel momento. Por supuesto, sin tener en cuenta las necesidades de los habitantes de aquellas tierras. Namibia, entonces, pasó a ser propiedad de Alemania, zona a la que llamaron en aquel momento “África del sudoeste alemana”.
Los alemanes comenzaron a construir una línea de ferrocarril que conectaba diferentes puntos de interés en la zona y fue en ese momento cuando un trabajador descubrió unas piedras especiales. Se las llevó al inspector y enseguida vio que eran diamantes. Y así nació Kolmanskop.
Cuatro años antes del descubrimiento de los diamantes, el pueblo había luchado contra los colonizadores que arrasaban con gran ferocidad sus tierras y que acabaron matando a más de 60.000 hereros, etnia del grupo bantú en el sur de África.
En 1908, aquel territorio que habían destruido se erguía ahora como una nueva ciudad en la que cientos de colonos se instalaron para enriquecerse. Los integrantes de las tribus malvivían en barracones y trabajaban explotados en las minas de diamantes mientras los colonos alemanes se enriquecían a costa de su trabajo.
Este pueblo se convirtió en un oasis de riqueza en medio del desierto. La ciudad creció en muy poco tiempo y pronto construyeron un casino, un hospital, un colegio e incluso, irónicamente, una fábrica de hielo.
Sin embargo, lo que tan rápido creció, más rápido aún se destruyó. Treinta años después, se descubrieron más yacimientos de diamantes un poco más al sur. Las minas de Kolmanskop ya habían sido explotadas y los colonos continuaron su camino de avaricia. En 1956 se fue el último habitante de Kolmanskop y la ciudad quedó totalmente abandonada.

La arena comenzó a inundar las habitaciones.
Los objetos quedaron enterrados bajo la arena.
Los recuerdos de esa ciudad efímera se quedaron atrapados en el olvido.
Hasta 1980, fecha en la que una compañía minera local restauró algunos edificios para abrir un museo que recordara lo ocurrido en Kolmanskop. Otras empresas vinculadas al turismo siguieron esta misma idea y fueron recuperando algunos de los edificios.
Los turistas y los fotógrafos viajan ahora encandilados por la idea de ver habitaciones llenas de arena, por la posibilidad de encontrar alguna reliquia enterrada, por el misterio que evocan las ciudades fantasmas.
Kolmanskop representa la doble realidad de la historia de la humanidad: por un lado, la increíble posibilidad de crear en mitad de la nada, en medio del desierto, una ciudad completamente funcional, en la que no faltaba nada, en la que muchas personas vivían… y en tan solo unos años.
Por otro lado, la violencia que marca todo nuestro recorrido, como es esta misma violencia la que provoca la creación de un pueblo y su completo abandono. Nuestra historia está llena de contrastes.
Kolmanskop ha sido hoy desenterrada y se desvela ante nuestros ojos como un reflejo de todo cuanto fuimos, todo cuanto somos y todo cuanto podemos ser o dejar de ser.
