La Antártida es, con toda seguridad, el continente más enigmático y desconocido hasta la fecha. Último en ser descubierto, su impenetrable capa de hielo ha impedido que las diferentes expediciones que lo han estudiado puedan llegar al auténtico fondo de su geología.
Las nuevas tecnologías, sin embargo, están ayudando bastante a desentrañar los secretos de este continente helado situado en el polo sur, empezando por sus imponentes cordilleras.
En la Antártida también encontramos cadenas montañosas, aunque la mayoría se encuentran sepultadas bajo el hielo.
Ese es el caso de la cordillera Gamburtsev, descubierta a mitad del siglo XX por los soviéticos y nombrada así en honor a un geólogo ruso que había fallecido poco antes de su hallazgo. Poco se sabía de estos imponentes montes, muy similares a los Alpes europeos, hasta que los estudios más recientes han sacado a la luz datos cuanto menos sorprendentes sobre esta cordillera montañosa.
La Antártida, un lugar inhóspito en pleno siglo XXI
Desde que el explorador noruego Roald Amundsen, líder de la primera expedición en alcanzar el Polo Sur en 1911, puso pie en el continente antártico a comienzos del siglo XX, la Antártida ha sido objeto de estudio desde múltiples disciplinas científicas.
Hoy en día, la región alberga una población temporal que oscila entre 2.000 y 4.000 personas, compuesta exclusivamente por científicos y personal técnico que trabajan en las distintas bases de investigación de varios países, distribuidas sobre el hielo.
Las condiciones de frío son extremas y esto ha hecho que no sea tan fácil conocer a fondo el continente, pero, poco a poco, los estudios sobre el terreno han ido aportando más información sobre este gélido lugar.
Aun así, la Antártida sigue siendo un territorio demasiado vasto e inhóspito, con cientos de miles de kilómetros que apenas han sido pisados por el hombre.
Las bases allí ubicadas sirven para estudiar ciertas condiciones climatológicas y geológicas, que ayudan a los científicos a entender mucho mejor el pasado de nuestro planeta, para atisbar el futuro.
El descubrimiento de la cordillera Gamburtsev en 1958 supuso uno de los grandes hallazgos de la época, ya que se trata del sistema montañoso más importante del continente.
No fue nada fácil llegar hasta esa zona y hubo que esperar a mitad del siglo XX para entender que debajo de toda esa capa de hielo, a una temperatura media de 80 grados bajo cero, se escondía una cordillera muy similar a los Alpes suizos.
Desde ese momento, los geólogos se han mostrado muy interesados en entender el origen de este fenómeno tan curioso, pero no ha sido hasta los últimos estudios recientes cuando se ha podido comprender la forma en la que se creó esta cordillera.
Los Montes Gamburtsev y el choque de las placas
Todo en la Antártida es único y singular. Al ser un continente tan diferente al resto, los científicos están deseando estudiarlo para entender los procesos de creación y mantenimiento del hielo y todo lo que se oculta bajo él.
A lo largo de los últimos años se han encontrado miles de nuevas especies de microbios y bacterias que han permanecido inalteradas desde hace millones de años gracias al hielo. Su estudio ha permitido grandes avances científicos en biología.
Pero la geología también mantiene un interés enorme en todo lo que rodea (y guarda) el hielo antártico. La creación del propio continente, hace 300 millones de años, supuso un hito en la formación de las diferentes regiones terrestres.
Las placas tectónicas que rodean y se sitúan debajo de la Antártida han tenido mucha actividad durante estos millones de años, sirviendo para la creación de orografía en el continente, aunque sea bajo toda la capa de hielo existente. Así es como se estima que surgió la cordillera Gamburtsev hace más de 250 millones de años, permaneciendo inalterada en una de las zonas más cercanas al Polo Sur.
Ha sido gracias a los satélites más modernos que hemos podido conocer en los últimos años las dimensiones de esta cordillera, que se extiende a lo largo de 1200 kilómetros.
Sus cumbres más altas se estiman en torno a los 3.400 metros, la misma altura que el Mulhacén, el pico más elevado de España. Lo más curioso es que, debido a la capa de casi cuatro kilómetros de grosor que existe en esta zona del continente antártico, la cordillera en su totalidad se mantiene bajo el hielo o inlandsis. Por ello, la única manera de imaginar las montañas ha sido a través de mediciones geológicas con sensores geotérmicos y satélites.
Las consecuencias del inminente deshielo
La inmensidad de ese casquete polar que cubre la práctica totalidad del continente sigue siendo sorprendente, pero en los últimos años ya se está advirtiendo una preocupante situación con respecto al deshielo.
La capa de inlandsis está disminuyendo en ciertas zonas de la Antártida, lo que supone un aumento, no solo de la cantidad de agua marina, sino también de su composición. Es la consecuencia de numerosos cambios en la temperatura del propio océano, así como de las condiciones climáticas que se están dando en las últimas décadas.
¿Veremos alguna vez las cumbres de la cordillera Gamburtsev? Los expertos esperan que no, al menos en mucho tiempo, ya que eso supondría una situación crítica para el hielo antártico y, por extensión, para todo el planeta.
