En el siglo XIX, bajo las arenas de lo que hoy es Irak, el mundo recuperó una voz que se creía extinta. El descubrimiento de la biblioteca de Asurbanipal en Nínive devolvió a la luz la epopeya de Gilgamesh, una serie de tablillas de arcilla que narran una historia más antigua que la propia Biblia.
No era un simple registro administrativo, sino el primer rastro escrito de la angustia humana ante la finitud.
El descubrimiento de George Smith y las tablillas de Nínive
En 1872, entre el polvo y el silencio del Museo Británico, un grabador de billetes convertido en asiriólogo, George Smith, descifró algo que detendría el tiempo.
Ante sus ojos, las piezas de una tablilla de arcilla procedentes de la antigua Nínive revelaban un relato que el mundo creía exclusivo de la Biblia: el Diluvio Universal. Aquellos fragmentos eran parte de la epopeya de Gilgamesh, el primer gran monumento literario de la humanidad.
Pero, ¿de qué habla la epopeya de Gilgamesh?
El poema o la epopeya de Gilgamesh nos traslada a la baja Mesopotamia. Concretamente, a la ciudad de Uruk, protegida por muros que el propio Gilgamesh mandó construir.
El rey, un ser de fuerza desmedida, dos tercios divino y un tercio humano, gobernaba con una arrogancia que asfixiaba a su pueblo. Para equilibrarlo, los dioses crearon a Enkidu, un hombre salvaje que personificaba la pureza de la estepa. Lo que comenzó como un duelo de fuerzas terminó en la amistad más profunda de la literatura antigua: el encuentro entre la civilización y la naturaleza.
Sin embargo, la epopeya da un giro sombrío cuando Enkidu muere por voluntad de los dioses. Ante el cuerpo inerte de su amigo, Gilgamesh comprende por primera vez que él también es mortal.
El héroe invencible se quiebra y abandona su trono, cubierto de pieles de animales, para emprender una búsqueda desesperada: el secreto de la vida eterna.
Su viaje lo lleva a través de las montañas del sol y las aguas de la muerte hasta encontrar a Utnapishtim. El sabio que sobrevivió al Diluvio Universal le impone una dura prueba de resistencia a Gilgamesh. Agotado por su humanidad, no logra mantenerse despierto durante siete días.
Si no podía vencer al sueño, que es una forma de muerte temporal, ¿cómo pretendía vencer a la muerte definitiva?
Como último consuelo, se le revela la existencia de una planta mágica en el fondo del océano capaz de devolver la juventud. Gilgamesh la obtiene, pero en un momento de descuido mientras se bañaba, una serpiente se la arrebata, recordándole que los dones de los dioses son esquivos.
Fue así como Gilgamesh recibió una lección de humildad: la muerte es el destino ineludible del hombre.
Al regresar a Uruk, contempla sus murallas y comprende que su inmortalidad no reside en eludir el final, sino en el legado de su ciudad y en la memoria de sus actos.
Hoy, al recorrer las líneas cuneiformes de esas tablillas, entendemos que Gilgamesh sigue vivo. No porque encontrara una planta mágica, sino porque su angustia sigue siendo, cinco mil años después, la nuestra.
