Durante mucho tiempo, los pozos escalonados de la India fueron los grandes olvidados del mapa turístico. Mientras el Taj Mahal o los palacios de Jaipur recibían millones de visitantes, estas estructuras permanecían bajo tierra, muchas de ellas abandonadas o cubiertas de vegetación.
Esto cambió en la última década. El impacto de las redes sociales puso estos depósitos de agua en el radar de muchos viajeros. De hecho, los más experimentados están empezando a incluirlos en sus rutas por Rajastán y Gujarat.
Sin embargo, todavía representan una fracción muy pequeña del turismo. Para la mayoría, los pozos escalonados siguen a la sombra de los grandes monumentos del país.
Si te animas a descubrirlos, verás que su visita supone un ejercicio de asombro y una lección sobre cómo una civilización supo convertir la escasez de agua en un acto de fe y de belleza absoluta.
Los pozos escalonados: un descenso a la memoria de la tierra
La llegada de las bombas de agua y de las tuberías modernas durante la época del Raj Británico marcó el comienzo de la decadencia de estas estructuras. Afortunadamente, hoy en día el gobierno indio está intentando recuperarlos y devolverlos del olvido. Por ejemplo, el Rani ki Vav aparece en el billete de 100 rupias, como un recordatorio de este orgullo nacional.
¿Qué función cumplían los pozos escalonados de la India? ¿Cómo y por qué se construyeron?
Estas estructuras, conocidas como baoris en Rajastán o vavs en Gujarat, tienen su origen en una necesidad vital.
La mayor concentración se encuentra en un territorio donde el cielo niega las lluvias durante diez meses al año. Ante la necesidad de agua, las comunidades de la zona idearon estas construcciones únicas.
Alrededor del siglo III d.C., eran simples trincheras con peldaños rudimentarios que descendían por las entrañas de la tierra hasta el nivel del agua. Pero, lentamente, fueron evolucionando hacia un despliegue de sofisticación arquitectónica hasta estas estructuras escalonadas de al menos 25 metros de profundidad.
Durante la Edad Media, entre los siglos XI y XVI, los pozos escalonados de la India se transformaron en un símbolo de poder y devoción. Los soberanos de las dinastías Solanki o Rajput comprendieron que gobernar el agua era gobernar el destino de su pueblo.
Uno de los detalles más interesantes de su historia es que la gran mayoría de estas catedrales invertidas fueron financiadas por mujeres. Reinas y nobles encargaban su construcción como acto de caridad pública y para crear espacios de encuentro.
En una sociedad donde la vida pública les estaba vedada, los pozos representaban un refugio de sombra y frescor donde era posible socializar al resguardo del sol calcinante de la superficie.
Como ya anticipamos, la llegada del Raj Británico cambió para siempre la historia de los baoris.
El mundo occidental era incapaz de comprender la simbiosis entre lo sagrado y lo utilitario. Para ellos, los pozos escalonados eran focos de infección. Poco importó que la técnica de construcción empleada permitiera que el agua del pozo se mantuviera limpia. Los gobernantes británicos del país decidieron declararlos antihigiénicos y ordenaron su cierre.
Así, desde finales del siglo XIX, los pozos fueron sellados, abandonados o sustituidos por tuberías de hierro. Lentamente fueron cayendo en el olvido y la vegetación comenzó a devorar los relieves de las deidades que, durante siglos, habían custodiado el agua.
Hoy, tras décadas de letargo, estas estructuras resurgen como reliquias arqueológicas. Y también, como un recordatorio de que los antiguos ingenieros de la India ya conocían el secreto de la sostenibilidad, mucho antes incluso de que se inventara la palabra.
La cara más espiritual de los pozos
Más que obras de ingeniería, estos depósitos, que durante tantos años proveyeron de agua a la población, son lugares sagrados. Porque en la cosmovisión india, el agua es una divinidad en sí misma (Ganga).

Descender por las escaleras de un vav o de un baori es encontrarse de lleno con una representación teatral de la mitología hindú. Sus paredes están llenas de relieves que cumplen una función protectora y narrativa.
En los niveles superiores, donde la luz define con claridad los contornos, suelen aparecer escenas de la vida mundana: músicos, bailarinas, elefantes en procesión y mujeres peinándose.
Sin embargo, a medida que se gana en profundidad, la temática adquiere un tono mucho más trascendental. Comienzan a aparecer figuras como la de Vishnu, a menudo representado en su forma de Anantashayana, reclinado sobre la serpiente cósmica en medio del océano del caos.
Esta imagen no es casual. El agua del pozo simboliza ese océano primordial de donde surge la vida.
Junto a él es común encontrar a las “Siete Madres” (Saptamatrikas) o a la diosa Durga, que refuerzan la conexión con lo femenino del lugar.
En otros, aparecen figuras de serpientes (Nagas). En la mitología india, estos reptiles son los guardianes de los tesoros y de las fuentes de agua. La creencia popular era que si se honraba adecuadamente a los Nagas del pozo, este nunca se secaría.
Además del nivel de detalle, los relieves son únicos por el juego de luz solar que generan. En pozos como el de Rani ki Vav, las más de 500 esculturas principales parecen emerger de la piedra cuando los rayos del sol inciden en un ángulo específico. En ese preciso instante, la atmósfera es casi irreal.
Otro detalle interesante es que en los depósitos construidos bajo mandato islámico (como el de Adalaj), la decoración cambia radicalmente. Las deidades, desaparecidas por la prohibición de representar figuras humanas, son sustituidas por intrincados motivos florales y geométricos que, aun así, conservan la misma elegancia y la misma devoción por el detalle.
El Pozo de la Reina: la cumbre artística del mundo subterráneo
Rani ki Vav, el “Pozo de la Reina”, está situado en Patan y es, posiblemente, el más impresionante de los pozos escalonados de la India.
Su construcción se remonta al siglo XI, cuando la reina Udayamati ordenó erigir un monumento en memoria de su esposo fallecido. A pesar de haber transcurrido 1000 años, su estado de conservación es impecable.
Poco después de su construcción, el río cercano Saraswati se desbordó, inundando el pozo y sepultándolo bajo toneladas de lodo y sedimento. Durante casi un milenio, esta joya permaneció oculta, protegida de la erosión, de las invasiones y del saqueo por una capa de barro.
Más recientemente, en la década de 1980, los arqueólogos terminaron de desenterrarlo, devolviendo al mundo una estructura de siete niveles en la que la piedra se convierte en un museo al aire libre.
Quien tiene la suerte de caminar por sus galerías se encuentra con más de 500 esculturas principales y un millar de figuras menores que representan a deidades, ninfas celestiales y músicos.
Pero la mayor sorpresa está en su nivel más profundo, frente al pozo propiamente dicho. Allí, el viajero comprende que Rani ki Vav es mucho más que una obra de ingeniería hidráulica o un simple monumento funerario. Es, en todo caso, un acto de amor tallado en el corazón de Gujarat.
Este Patrimonio de la Humanidad recuerda que, muchas veces, las obras más valiosas de nuestra civilización no están en la superficie o en lo alto de las montañas, sino en el silencio de las profundidades.











