La saiga tatarica es una especie de antílope propia de Asia Central. Foto: Pavel Chekanov, Creative Commons, CC BY-SA 4.0

Sobrevivió a la Edad de Hielo, pero casi desaparece en tres semanas: la increíble historia de la saiga

El antílope que vio extinguirse a la megafauna del Pleistoceno y hoy protagoniza una de las mayores recuperaciones de la conservación.
24.07.2026
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La saiga tatarica lleva sobre sus espaldas algo que ningún otro mamífero grande puede decir: convivió con los mamuts y los tigres dientes de sable y los vio desaparecer.

Hoy sigue ahí, recorriendo las estepas y semidesiertos de Asia Central con la misma nariz inflable que le ayudó a cruzar la Edad de Hielo.

Su historia reciente, sin embargo, tiene tanto de drama como de sorpresa: en 2015 estuvo a horas de una catástrofe irreversible y, once años después, su población se cuenta por millones.

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Una nariz que es, en el fondo, una máquina del tiempo

Lo primero que llama la atención de la saiga es esa probóscide carnosa, inflada, que le cuelga sobre el hocico como si le sobrara nariz.

No le sobra nada. Por dentro tiene cavidades que filtran el polvo que levantan las manadas al galopar por terrenos áridos, calientan el aire helado del invierno antes de que llegue a los pulmones y lo refrescan en los veranos abrasadores de la estepa.

Es una solución que la evolución fue puliendo durante cientos de miles de años y que sigue funcionando exactamente igual que cuando compartía paisaje con mamuts lanudos.

Ese diseño explica, en parte, por qué la saiga logró algo que casi ningún otro herbívoro grande de su época consiguió: llegar hasta nuestros días.

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Mientras el clima cambiaba de forma drástica al final del Pleistoceno y arrastraba con él a buena parte de la megafauna, la saiga se las arregló para adaptarse una y otra vez.

Dónde vive hoy la saiga tatarica

La inmensa mayoría de las saigas del planeta vive en Kazajistán, que hoy concentra más del 98% de la población mundial repartida en tres grandes grupos: Ural, Betpak-Dala y Ustyurt.

El resto se reparte entre poblaciones mucho más pequeñas: Rusia (la región de Kalmukia), Uzbekistán y Mongolia, donde además existe una subespecie propia, la saiga mongólica, separada del resto por la cordillera del Altái.

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Turkmenistán todavía figura en los mapas de distribución de la especie, pero solo como destino ocasional de invierno para parte de la población de Ustyurt. Hace varios años que los científicos no registran saigas de forma estable en su territorio.

Tres semanas que pudieron ser el final

En mayo de 2015, algo empezó a matar saigas en el centro de Kazajistán a una velocidad que nadie podía explicar.

Manadas enteras de decenas de miles de animales sanos comenzaban a mostrarse decaídas, dejaban de comer y morían en cuestión de horas.

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En apenas tres semanas, más de 200.000 saigas murieron sobre un territorio del tamaño de las islas británicas. Este número representaba alrededor del 62% de la población mundial de la especie y más del 80% de la población local.

La causa inmediata fue una septicemia hemorrágica provocada por la bacteria Pasteurella multocida tipo B, un microorganismo que vive de forma inofensiva en las amígdalas de las saigas sin causarles ningún daño.

Lo que investigadores de la Universidad de Oxford y del Royal Veterinary College tardaron años en reconstruir fue el motivo por el que esa bacteria, de repente, se volvió letal.

Un pico inusual de humedad y temperatura en los diez días previos al brote habría alterado el equilibrio interno de los animales lo suficiente como para que la bacteria pasara de las amígdalas al torrente sanguíneo.

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Solo sobrevivieron unas 30.000 saigas en la región afectada.

De la casi extinción a un problema de otro signo

Lo que vino después es una de las historias de recuperación más notables en la conservación de la fauna silvestre.

En 2005, antes incluso del brote de 2015, la población de saigas en Kazajistán había caído a apenas 48.000 ejemplares, resultado de dos décadas de caza furtiva descontrolada tras la disolución de la Unión Soviética.

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La prohibición nacional de la caza, el refuerzo de las patrullas antifurtivas y años de seguimiento constante revirtieron esa tendencia de forma tan clara que, en diciembre de 2023, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza cambió la clasificación de la especie de en peligro crítico a casi amenazada, un salto que rara vez se ve en una lista de especies protegidas.

La cifra siguió subiendo después de ese cambio: en 2025 la población de Kazajistán ya rondaba los 4,1 millones, y el censo aéreo de la primavera de 2026 la ubicó en 4,6 millones, con proyecciones que hablan de casi 5 millones tras la temporada de parición de este año.

El crecimiento fue tan rápido que hoy en día genera un problema inesperado.

Agricultores de varias regiones denuncian daños en sus cultivos por el paso de las manadas y el gobierno kazajo debate desde hace meses cómo gestionar una población que se multiplicó por cien en dos décadas, lo que incluye el traslado de 1.500 ejemplares a China para ayudar a restablecer la especie fuera de su territorio actual.

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Una advertencia que sigue vigente

La propia rapidez de la recuperación es, para los científicos que la estudian, motivo de cautela más que de tranquilidad.

La saiga sigue siendo una especie que puede perder más del 60% de su población en tres semanas si las condiciones climáticas se alinean de la manera equivocada y ese riesgo no desaparece con más ejemplares.

Lo que cambió es que, por primera vez en veinte años, la especie tiene margen para absorber un golpe así sin quedar al borde de la extinción.

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