Silfio era el nombre de una planta que solo crecía en una franja de 200 por 56 kilómetros del norte de África, en la región de Cirenaica.
Durante siglos fue uno de los productos más cotizados del Mediterráneo antiguo. Julio César llegó a guardar 1.500 libras romanas (unos 490 kilos) de su resina en el tesoro de Roma.
Hacia el siglo I d. C., la planta ya se consideraba extinguida. Hoy se la señala como el primer caso de extinción de una especie documentado en la historia escrita.
La ciudad griega de Cirene, fundada en el actual territorio de Libia, construyó buena parte de su riqueza en torno al comercio del silfio.
La planta fue tan central para su economía que apareció representada en la mayoría de las monedas acuñadas por la ciudad y por Barca, otra polis de la región, entre los siglos VI y IV a. C.
Comida, medicina y moneda de cambio
El uso del silfio abarcaba varios frentes.
Sus tallos se cocinaban y consumían como verdura y sus raíces se comían crudas con vinagre. Por su parte, la resina, llamada laser o laserpicium en latín, se usaba como condimento en la cocina grecorromana, tal como aparece documentado en el recetario de Apicio.
También se utilizaba como forraje , ya que se creía que el ganado alimentado con silfio producía carne más sabrosa.
En medicina, el médico griego Hipócrates lo recomendaba para tratar hernias. Otras fuentes antiguas lo asociaban con el tratamiento de la tos, la fiebre, las verrugas y distintos tipos de dolor.
Un uso adicional, documentado por varios historiadores, fue el anticonceptivo y posible abortivo, lo que alimentó buena parte de la fama y la demanda de la planta en la Antigüedad.
Algunos investigadores han propuesto además que las semillas del silfio, de forma acorazonada, podrían estar en el origen del símbolo del corazón tal como se conoce hoy, aunque esa hipótesis no cuenta con consenso.
Una planta que se negaba a ser cultivada
El botánico griego Teofrasto, discípulo de Aristóteles, describió al silfio como una planta de raíz gruesa cubierta de corteza oscura, tallo hueco similar al del hinojo y hojas doradas parecidas a las del apio.
También señaló un rasgo que resultaría decisivo en su historia: el silfio no prosperaba en los suelos cultivados y no crecía fuera de su hábitat natural en la estepa sureña de Cirenaica.
Esa combinación (un área de crecimiento extremadamente reducida y la imposibilidad de cultivarlo en otras regiones) dejó a la planta completamente dependiente de las poblaciones silvestres.
Cualquier presión adicional sobre esas poblaciones, ya fuera por cosecha o por pastoreo, no tenía forma de compensarse con nuevas plantaciones.
Las hipótesis detrás de su desaparición
La explicación tradicional, sostenida durante siglos, apunta a la sobreexplotación.
La demanda creciente en toda la cuenca mediterránea llevó a una recolección más intensiva de la que la planta podía sostener, agravada por el pastoreo de cabras y ovejas en su territorio.
Plinio el Viejo, quien escribió sobre el silfio cuando ya era escaso, culpó en parte a los recaudadores de impuestos por haber elevado tanto su precio.
Sin embargo, un estudio publicado en 2022 en la revista Frontiers in Conservation Science cuestionó esa versión y propuso que el principal responsable fue un proceso de desertificación en la antigua Cirenaica, que redujo el hábitat disponible para la planta de forma independiente de la actividad humana directa sobre ella.
Otra hipótesis, más especulativa, sostiene que el silfio pudo haber sido un híbrido. Esto explicaría por qué era tan difícil de reproducir a partir de semillas y solo podía propagarse desde sus propias raíces.
Según Plinio, el último tallo de silfio hallado en Cirenaica fue entregado como curiosidad al emperador Nerón, en el siglo I d. C.
La búsqueda de un heredero moderno
Sin ninguna muestra biológica conservada, la identidad exacta del silfio sigue sin resolverse.
La hipótesis más aceptada lo ubica como pariente del género Ferula, conocido como hinojo gigante. También se lo ha vinculado con el género Thapsia o con una variedad superior de asafétida, la especia que terminó por sustituirlo en las cocinas romanas.
En 2021, el investigador Mahmut Miski, de la Universidad de Estambul, publicó un estudio sobre una especie de Ferula que crece de forma endémica en los alrededores del monte Hasan, en Anatolia central, a más de 1.500 kilómetros de Cirenaica.
La planta, Ferula drudeana, comparte con el silfio de las monedas antiguas su morfología, el follaje amarillo en su etapa madura, el crecimiento lento y una resina aromática con propiedades similares a las descritas por los autores clásicos.
El propio estudio advierte, sin embargo, que esta especie pertenece a un linaje originario de la región del mar Caspio, sin ninguna conexión geográfica conocida con la costa libia donde creció el silfio original.
La ironía no pasa inadvertida.
Ferula drudeana, la candidata más citada para heredar la identidad del silfio, es hoy una especie amenazada, con muy pocas poblaciones conocidas y bajo presión por la cosecha ilegal para su uso como afrodisíaco.
