Los eclipses son fenómenos que siempre han fascinado al ser humano. Aún hoy, metidos ya de lleno en el siglo XXI y con todo lo que sabemos sobre los astros y sus trayectorias, seguimos mirando al cielo con interés cuando ocurre este tipo de eventos.
¿Te imaginas qué deberían suponer los eclipses para las civilizaciones antiguas? Aquellas culturas que adoraban a los astros y tenían al Sol y a la Luna como dioses importantes en sus ritos y creencias no podían evitar considerar los eclipses como sucesos divinos.
Y no es de extrañar que así fuera, aunque algunos adelantados ya conocían las causas reales de estos fenómenos y se aprovechaban de ello.
En la antigua Grecia, los eclipses solían tomarse como un signo de mal agüero. Un aviso de la ira de los dioses, que habían decidido tapar el sol para inundar el mundo de oscuridad. Se centraban, obviamente, en los eclipses solares, mucho más llamativos que los lunares.
Era tal la importancia que se les otorgaba a estos sucesos que, en ocasiones, llegaron a marcar incluso batallas y guerras enteras.
Por eso, hoy queremos sumergirnos en el verdadero significado que tenían los eclipses para los antiguos griegos y en cómo ese simbolismo ha ido cambiando con el tiempo.
El abandono del Sol, una advertencia divina
Los eclipses son sucesos astronómicos que, como es obvio, han ocurrido desde mucho antes de que el ser humano pisara la Tierra.
A lo largo de las diferentes culturas, estos eventos han tenido un significado especial. Para la mayoría, suponían una advertencia, fruto del poder de los dioses. El mundo se envolvía en tinieblas en medio del día, algo imposible, salvo en esos momentos concretos.
Desde los sumerios hasta los caldeos, las diferentes culturas trataron de entender por qué se producían los eclipses. Y el punto de inflexión llegó con los griegos.
Anteriormente al esplendor de la antigua Grecia, ya había numerosos astrónomos y científicos que comenzaron a entender cómo funcionaban estos fenómenos, aludiendo directamente a las trayectorias de los astros.
De igual modo que se empezaba a descifrar el mapa de las estrellas o “errantes”, como eran conocidas en la época, que cambiaban de posición según la época del año, los movimientos de la Luna y el Sol (en aquel momento se seguía pensando que el astro rey también giraba alrededor de nuestro planeta) provocaban estos eventos en momentos muy marcados.
De hecho, algunos podían incluso predecir estos eclipses, utilizando esa información privilegiada como arma para atemorizar a la población y demostrar poderes sobrenaturales.
Los propios griegos tenían ese pensamiento al principio. La palabra con la que denominamos el fenómeno, eclipse, proviene del griego eklipsis, que podría traducirse como ‘dejar’ o ‘abandonar’.
Era un verbo con una connotación muy negativa, ya que también se utilizaba para avergonzar a los soldados que desertaban durante un combate. Cuando uno de estos eclipses tenía lugar, los antiguos griegos lo consideraban un símbolo de mal augurio. Algo oscuro y peligroso se avecinaba.
Sin ir más lejos, el propio Homero incluye la descripción de un eclipse solar en una de las últimas partes de su “Odisea”, cuando Ulises regresa a su hogar y mata a los pretendientes de su esposa. El escritor describe el momento del eclipse como el Sol borrándose del cielo y la mala suerte inundando el mundo.
El eclipse anticipado que detuvo una batalla
El cambio de mentalidad respecto a los eclipses comenzó hace más de 2.500 años.
En aquel momento, algunos pensadores griegos ya disponían de cierta información sobre las trayectorias de los astros, gracias a algunos compendios sumerios.
Se cuenta que Tales de Mileto utilizó dichos conocimientos para predecir un eclipse que tendría lugar en medio de una batalla.
Cuando el sol desapareció en el cielo, tal como el sabio había anunciado, la contienda se detuvo durante unos minutos y todos quedaron fascinados.
Por supuesto, pensaron que Tales tenía algún tipo de poder sobrenatural para anticipar dicho fenómeno, o al menos intuir cuándo iba a tener lugar. Pero era mucho más sencillo que eso, como el propio Tales de Mileto logró explicar.
Los científicos griegos siguieron investigando estos fenómenos, como demuestra el llamado Mecanismo de Anticitera, una especie de computadora analógica rudimentaria de la época que permitía realizar diversos cálculos complejos.
Se sabe, por Cicerón y otros escritores, que estos artilugios permitían a los científicos calcular también la trayectoria de los astros y así entender los ciclos que daban lugar a los eclipses, pudiendo anticiparlos con mucha antelación.
Ese saber continuó en la época romana, aunque es cierto que, cuando la religión se impuso de nuevo de forma global en Europa, el eclipse volvió a tomar un cariz más oscuro y lúgubre.
En la propia Edad Media, la mayoría de la población seguía creyendo que este tipo de eventos era una prueba de la ira de Dios, una advertencia contra el mal comportamiento del ser humano como especie.
A pesar de que la explicación de los ciclos astronómicos ya existía, durante muchos siglos pareció obviarse, hasta que la astronomía volvió a tomar relevancia en el Renacimiento.
Pensemos que Galileo pudo ser condenado por su teoría heliocéntrica hace apenas cuatro siglos y tuvo que claudicar ante la Inquisición para evitar ser quemado en la hoguera, a pesar de saber que tenía la razón.
El simbolismo de los eclipses sigue siendo hoy en día una cuestión fascinante de estudio para los astrónomos, incluso cuando ya sabemos todo sobre sus causas y motivos.
Las cosas han cambiado mucho en estos siglos, pero el ser humano todavía guarda esa chispa de fascinación cuando mira al cielo, tal vez entendiendo que no es más que una pequeña mota de polvo en medio de un gigantesco baile de estrellas.
Tras desentrañar los misterios astronómicos y la fascinación que los eclipses despertaban en la antigüedad helénica, resulta cautivador adentrarse en otro de los enclaves más insólitos y apartados de la geografía griega, donde el tiempo se detiene al ritmo de la oración; por ello, te invitamos a explorar nuestra guía sobre el Monte Athos.













