Monte Athos es una república monástica autónoma dentro de Grecia que habita en un tiempo distinto: el tiempo litúrgico.
Desde hace más de mil años, Athos mantiene una regla férrea: el avaton, la prohibición de la entrada de mujeres. Tampoco pueden entrar niños, y no hay coches ni turismo convencional. Ni siquiera animales domésticos hembras.
Solo coexisten gallinas ponedoras, monjes y los hombres que obtienen el permiso especial para poder visitar los monasterios. Lo hacen como huéspedes de un mundo donde todo responde a la lógica de la oración.
El aislamiento no es un gesto caprichoso, o sí, según a quién preguntemos. Pero es la forma que encontró este territorio autónomo bajo soberanía griega para preservar un modo de vida que ha sobrevivido a imperios, invasiones y guerras.
Es la forma de virginidad que eligieron abrazar: una montaña que consideran virgen por ser solamente de los hombres.
El tiempo de la oración
Los cristianos ortodoxos tienen acceso libre. Los hombres que deseen ingresar para conocer los monasterios deben tener por lo menos 21 años, no pueden ser lampiños y tienen que dejar clara su intención de peregrinaje.
Una vez allí, los peregrinos solicitan asilo en alguno de los monasterios y, en función del que los cobije, dispondrán de más o menos lujos y más o menos comodidad. Algunos son dignos de hoteles de categoría. Otros, austeridad o incluso negativa: camine hacia otro lado. Y la caminata puede durar horas.
Las mujeres nada podemos hacer.Como tenemos la entrada vedada, imaginemos el calendario que no se ajusta al ritmo de Occidente, para empezar. El que rige es el calendario juliano, que va con trece días de retraso con respecto al gregoriano.
Mujeres del mundo, imaginemos nuestro propio Monte Athos: un tiempo circular y no lineal, algo que va y vuelve y se repite en su búsqueda de emular la eternidad para volver a entrar en ella como quien busca el útero de su madre para cobijarse.
Los campanarios y sus marcas de toques graves a las horas de oración, y el silencio entre uno y otro volviéndose también parte de la liturgia.
Una república de monasterios
Monte Athos no es un único monasterio, sino veinte. Rodeados de ermitas, celdas y sketes en los que los monjes (que vienen de distintas partes del mundo y no suelen ser mucho más que 2000 habitantes) llevan vidas de distinto grado de reclusión.
La capital, Karyes, concentra las funciones administrativas, pero no rompe el tono monástico del conjunto.
Todo el silencio: imaginemos esas calles por las que nunca caminaron mujeres. Nunca un niño con una pelota o su bicicleta.
Los monasterios, con sus muros encalados, sus frescos bizantinos y sus bibliotecas centenarias que guardan manuscritos, iconos y cálices que parecen habitar fuera del tiempo.
El roce de los dedos contra las hojas, pasando lentas con la caricia que guardamos entre las manos para todo aquello que es más que una reliquia.
Imaginemos las celdas.
Las cúpulas.
La montaña misma se considera un lugar sagrado, consagrado a la Virgen María.
Ella es la única presencia femenina, y se la admite en espíritu.
Monte Athos desde el exterior
Los viajeros que circunnavegan la península en barco solo pueden ver la silueta de los monasterios colgando sobre los acantilados, como fortalezas que vigilan el mar.
Es desde esta perspectiva que uno puede imaginar el origen que le atribuye la mitología griega al monte: Athos, gigante, arrojando una piedra enorme a Poseidón, caída en el Mar Egeo y vuelta península.
Todo agua y todo poder.
Desde lejos parece como si hubiera castillos medievales incrustados en la roca.
Desde cerca se perciben los cantos bizantinos que atraviesan el viento y llegan como un murmullo.
¿Qué se escucha en ese silencio? El roce del agua contra la roca, constante como un arrullo; el repique de las campanas, el eco de las plegarias.
La cercanía con algo sagrado y único que reposa entre aquellos que le dedican su vida.
Monte Athos es, al mismo tiempo, frontera y refugio.
Una frontera que separa el mundo secular del sagrado, el tiempo profano del eterno y un refugio donde lo humano, siempre y cuando consideremos que la humanidad es la hombría, busca elevarse hacia lo divino.
No es un lugar hecho para recibir visitantes, pero su sola existencia resuena en quienes lo observan desde afuera.
Imaginemos la comida vegetariana, los pocos pescados, la frescura y la simpleza de los platos hechos con lo que se tiene alrededor. Las uvas, su vino.
Monte Athos es un lugar simple que sostiene su autonomía, entre otras cosas, a base de no vender su excentricidad como en una vidriera para terminar siendo una postal de consumo rápido.
Monte Athos: Un eco fuera del tiempo
Monte Athos no busca la modernidad ni la rechaza: simplemente la ignora.
Sus monasterios están ahí, como guardianes de otro ritmo posible.
Como guardianes de otro mundo también.
El mundo sin mujeres.
El viajero que lo rodea en barco no pisa su suelo, pero se lleva un rumor: que todavía existen lugares que eligen permanecer en silencio, que pueden sostener el peso de sus decisiones como si supieran que solo en ese silencio algo sagrado puede sobrevivir.
Como mujer y vedada, cuesta molestarse: lo que más me sucede cuando intento evocar el silencio del Monte es que siento que no puedo porque no existe en otro lugar, y en eso admiro la decisión de sostener la pausa, el aburrimiento, todo aquello que es territorio fértil para encontrarse con Dios, de ser creyente, pero también con uno mismo y sus ideas, la imaginación y todo eso que ensalza la experiencia de haber venido al mundo y quedarse para contarlo.