El 1 de abril de 2026, por primera vez en más de 50 años, cuatro seres humanos abandonaron la órbita terrestre con destino a la Luna. No para pisarla, sino para rodearla. Artemis II no es un vuelo de rutina: es una apuesta enorme, cargada de historia, de incertidumbre y de una presión que la NASA no sentía desde la era Apollo.
A diferencia de su predecesora, Artemis I, que fue una prueba de resistencia para una nave vacía en 2022, esta misión lleva a personas a bordo. Este cambio convierte la ingeniería de la cápsula Orion en un sistema de supervivencia bajo presión extrema.
La tripulación está compuesta por los astronautas de la NASA Reid Wiseman, Victor Glover y Christina Koch, junto con Jeremy Hansen de la Agencia Espacial Canadiense. Glover será la primera persona negra, Koch la primera mujer y Hansen el primer no estadounidense en salir de la órbita terrestre y viajar alrededor de la Luna.
A todos ellos les esperan grandes desafíos… Pero también la posibilidad de escribir un nuevo y apasionante capítulo en la historia de la exploración espacial.
Los riesgos de la misión Artemis II
Uno de los problemas más serios viene del pasado. Durante la misión no tripulada Artemis I, el módulo de tripulación Orion sufrió niveles inesperadamente altos de daño en su escudo térmico durante el regreso a la atmósfera terrestre.
Este escudo protege a los ocupantes de los gases supercalentados durante la reentrada. Ahora, con personas dentro, ese sistema tiene que funcionar a la perfección.
Orion seguirá lo que se llama una trayectoria de “retorno libre”: desconectará sus sistemas de propulsión tras usar la gravedad lunar como catapulta. La cápsula dependerá de la gravedad natural de la Tierra para regresar y realizará solo tres pequeñas correcciones de trayectoria.
Otro de los momentos más críticos ocurrirá cuando la nave pase por detrás de la Luna. En ese tramo, la masa del satélite bloqueará todas las señales de radio con la Tierra. Durante varios minutos, la tripulación estará en un aislamiento absoluto, sin el apoyo de Houston.
A diferencia de las misiones Apolo, que usaban tecnología analógica, Artemis II depende de sistemas digitales redundantes. Si el software de navegación sufre un error por el impacto de un rayo cósmico en ese punto ciego, los astronautas deberán confiar en los protocolos de respaldo que han practicado durante dos años para recuperar el control manualmente.
Finalmente, los astronautas de Artemis II serán los primeros humanos en décadas en viajar más allá de la órbita terrestre baja, prescindiendo por completo de la protección del campo magnético de la Tierra.
Por primera vez en 50 años, la nave atravesará los cinturones de Van Allen (zonas de partículas cargadas de alta energía) con personas a bordo.
La misión debe validar los nuevos escudos contra micrometeoritos y partículas de regolito. Este polvo lunar es extremadamente abrasivo y puede degradar los sellos de las escotillas. Un fallo milimétrico en la presión de la cabina obligaría a abortar la misión mediante la trayectoria de “retorno libre”. Este giro gravitatorio los devolvería a la Tierra en cuatro días.
La misión de 10 días es, en realidad, una apuesta contra las probabilidades. La NASA estima un riesgo de pérdida de tripulación de 1 entre 30. Cada hora que Orion mantiene su presión y sus comunicaciones estables representa un avance para la supervivencia humana en el espacio profundo.
Si la misión sale según lo previsto, podría mantener a Estados Unidos en la senda de los alunizajes tripulados en 2028. El fracaso, en cambio, no sería solo científico: sería político, económico y simbólico.
Como dijo un exastronauta de la NASA consultado por ABC News: “La verdad es que el riesgo no es cero y nunca lo será”. Y aun así, cuatro personas subieron al cohete más poderoso que ha llevado humanos al espacio. Eso, en sí mismo, ya es historia.
