Prisma de arcilla con inscripciones cuneiformes. Este tipo de objeto era utilizado por los reyes asirios y babilónicos para registrar sus campañas militares y decretos oficiales. Foto: Unsplash.

Cada vez que llueve en Irak, el suelo devuelve la escritura más antigua del mundo

Los documentos escritos más antiguos que produjo la humanidad llevan milenios enterrados bajo el mismo territorio donde nacieron.
24.04.2026
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En algunos sitios arqueológicos del sur de Irak, cuando llueve, el suelo devuelve fragmentos de arcilla con marcas en forma de cuña. No son piedras comunes: son tablillas cuneiformes.

El fenómeno tiene una explicación concreta. En yacimientos como Assur, Nippur o las llanuras que rodean la antigua Uruk, la erosión y las lluvias desplazan capas de tierra, dejando expuestos en la superficie artefactos que datan de hace 5.000 años.

Cada vez que llueve, el suelo se lava y afloran fragmentos de cerámica e incluso tablillas cuneiformes y estatuillas.

Lo que emerge no es solo un objeto antiguo: es una parte del registro escrito más temprano de la civilización humana. Aquel que el tiempo no logró enterra del todo.

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Antes de que los egipcios inventaran el jeroglífico, los sumerios desarrollaron la escritura cuneiforme. Esto ocurrió en la ciudad de Uruk, alrededor del 3200 a.C. De ahí que sea el sistema de escritura más antiguo que se conoce. Su nombre proviene del latín cuneus, cuña, por la forma de las marcas que dejaba el estilete de caña sobre la arcilla húmeda.

Los primeros registros de escritura cuneiforme no son de literatura ni de historia; son inventarios: cuántos sacos de cebada entraron al templo, cuántas cabezas de ganado se distribuyeron, qué cantidad de aceite correspondía a cada trabajador. La administración, no la poesía, fue la primera razón para escribir.

El sistema se utilizó durante 2.500 años en al menos 15 lenguas, entre ellas el sumerio, el acadio, el hitita y el babilónico.

Lo que comenzó como un registro de transacciones terminó siendo el soporte de los primeros textos legales, mapas y tratados astronómicos. También, de la primera épica literaria de la historia: el Poema de Gilgamesh.

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Nuevos hallazgos reescriben el mapa

Durante décadas, la arqueología mesopotámica se concentró en el sur del actual Irak. Allí, ciudades como Uruk, Ur y Nippur habían sido estudiadas con cierta profundidad. Mientras tanto, el norte permanecía como un territorio menos explorado, con vacíos significativos en el registro histórico.

Eso empezó a cambiar. Un equipo de arqueólogos de la Universidad de Central Florida encontró tres tablillas cuneiformes de arcilla en el yacimiento de Kurd Qaburstan, en el noreste de Irak. El sitio corresponde a la Edad del Bronce Medio, entre 1800 y 1600 a.C., y su excavación está revelando una ciudad compleja cuya historia había permanecido casi en blanco.

“Si bien sabemos mucho sobre el desarrollo de la escritura en el sur de Irak, se sabe mucho menos sobre la cultura escrita en las ciudades del norte de Mesopotamia, especialmente cerca de Erbil”, señala Tiffany Earley-Spadoni, profesora asociada de historia en la UCF.

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Las tablillas halladas en Kurd Qaburstan aún están siendo interpretadas. Aun así, los primeros análisis apuntan a documentos de carácter administrativo que podrían revelar cómo funcionaba la burocracia en una ciudad periférica del norte durante ese período.

En el sur, el Museo Británico anunció hace un año un hallazgo de otra escala en Tello, el nombre árabe moderno de la antigua ciudad sumeria de Girsu.

Un equipo liderado por Sebastian Rey, curador de la antigua Mesopotamia del Museo Británico, descubrió más de 200 tablillas cuneiformes de arcilla y 60 sellos. Las piezas, que datan del período acadio, contienen detalles sobre textos escolares, raciones de cebada y de ovejas.

El período acadio corresponde al primer imperio registrado en la historia humana. Rey describió los hallazgos como “la primera evidencia material del primer imperio del mundo.”

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A diferencia de los artefactos extraídos en el siglo XIX durante las expediciones coloniales, los objetos recién descubiertos permanecerán en el país, en el Museo de Irak en Bagdad.

Un patrimonio saqueado y, aun así, inagotable

Lo que aparece en la superficie no siempre es el resultado de la erosión natural. El saqueo arqueológico en Irak ha afectado a museos y a numerosos sitios del patrimonio cultural e histórico del país, reconocido como la “cuna de la civilización”.

Sitios como Isin, en el centro del país, han sido vaciados sistemáticamente. En esa ciudad, más de 200 fosas abiertas por saqueadores rodeaban el antiguo templo de Gula. De allí se extrajeron innumerables tablillas cuneiformes, sellos cilíndricos y tablillas votivas, algunas de las cuales llegaban a venderse por 30.000 dólares. El mercado de antigüedades absorbió parte de ese flujo ilegal durante décadas.

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Tras la guerra de 2003, se realizaron excavaciones ilegales de proporciones sin precedentes en distintas zonas del país. Con esas excavaciones se perdieron sitios que jamás podrán recuperarse para la investigación arqueológica.

Una tablilla fuera de su contexto original pierde información que ninguna traducción posterior puede recuperar: la disposición del archivo, la relación con otros documentos, la capa estratigráfica que permite fecharla con precisión.

A pesar de todo, el suelo de Irak sigue siendo uno de los archivos más ricos del planeta. Se estima que apenas una fracción de los sitios mesopotámicos ha sido excavada de forma científica.

Los arqueólogos que trabajan actualmente en el país combinan métodos tradicionales con tecnologías como la magnetometría, que permite ver los planos arquitectónicos a través del suelo sin necesidad de excavar.

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Desde el descubrimiento y el desciframiento del cuneiforme, la historia de la civilización y el progreso humano se han revisado radicalmente respecto a cómo se entendían hace apenas 200 años. Pero la tarea no ha terminado. Se espera que haya más revisiones a medida que se vayan descubriendo y traduciendo más tablillas.

Las marcas en arcilla que aparecen en el suelo de Irak después de cada lluvia son, en sentido estricto, los mensajes más antiguos que alguien dejó por escrito. Alguien que vivió hace 5.000 años decidió que algo valía la pena recordarlo, presionó una caña sobre barro fresco y lo que escribió todavía está ahí.

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