El Parque Arqueológico de Pompeya anunció el 15 de mayo de 2026 que uno de los cuerpos conservados en el Jardín de los Fugitivos pertenecía probablemente a un médico romano.
El hallazgo se basa en el análisis de un pequeño estuche oculto dentro del molde de yeso del individuo, que contenía instrumental quirúrgico y una placa de pizarra para preparar medicamentos.
El estuche había sido recuperado durante las excavaciones de 1961, pero su contenido permaneció sin examinar durante décadas.
El Jardín de los Fugitivos (Orto dei Fuggiaschi en italiano) es uno de los sitios más perturbadores de Pompeya.
Allí, en lo que entonces era un viñedo, los arqueólogos encontraron los moldes de catorce personas que murieron intentando escapar de la ciudad cuando la nube piroclástica del Vesubio las alcanzó en el año 79 d.C.
Los estudios vulcanológicos actuales indican que esas corrientes de gases y ceniza podían superar los 300 grados de temperatura y desplazarse a cientos de kilómetros por hora, por lo que en muchos casos la muerte llegó de forma instantánea.
Entre esos catorce cuerpos, uno llevaba consigo un pequeño estuche de material orgánico (posiblemente cuero) cerrado con un mecanismo de rueda dentada.
Durante más de sesenta años, nadie supo con exactitud qué guardaba.
Lo que reveló el escáner
El uso de tecnologías de diagnóstico avanzadas (tomografías computarizadas asistidas por inteligencia artificial y reconstrucciones en 3D) permitió analizar el contenido del molde sin comprometer su integridad.
Las pruebas revelaron en el interior del estuche una laminilla de pizarra empleada para la preparación de sustancias medicinales o cosméticas, y pequeños utensilios metálicos interpretables como instrumentos quirúrgicos. Junto al estuche, el hombre también portaba una pequeña bolsa de tela con monedas de bronce y plata.
El conjunto llevó a los investigadores a concluir que el individuo era probablemente un medicus, el término latino que designaba al médico.
En la Roma del siglo I, esa figura tenía un estatus social variable. Algunos eran esclavos griegos educados en medicina, pero la profesión había obtenido reconocimiento formal décadas antes, cuando Julio César otorgó la ciudadanía romana a todos los médicos en el año 46 a.C.
La práctica médica romana combinaba conocimientos empíricos reales con teorías que hoy resultan erróneas.
Las enfermedades como la malaria se atribuían al “aire malo” (miasma), y los tratamientos frecuentemente incorporaban remedios a base de miel, vino, vinagre y extractos vegetales, además de rituales contra maleficios.
La cirugía existía y se practicaba, pero implicaba riesgos graves. Sin antibióticos ni anestesia moderna, muchos pacientes morían de infecciones.
Que un médico llevara su equipo consigo durante una catástrofe revela tanto su identidad profesional como su pragmatismo ante la adversidad.
“Este hombre trajo consigo sus herramientas para estar preparado para rehacer su vida en otro lugar, gracias a su profesión, pero quizá también para ayudar a los demás”, señaló Gabriel Zuchtriegel, director del Parque Arqueológico de Pompeya, en el comunicado oficial del sitio.
La investigación resultó de un trabajo interdisciplinar que reunió a arqueólogos, restauradores, antropólogos, radiólogos y especialistas en modelado digital.
Un esfuerzo colectivo para reconstruir, con tecnología del presente, la historia interrumpida de alguien que murió hace casi dos mil años con su estuche en la mano.
