La isla Surtsey, surgida frente a la costa sur de Islandia en 1963, lleva más de sesenta años cerrada al público como uno de los laboratorios ecológicos más controlados del planeta.
Un estudio publicado en octubre de 2025 en la revista Ecology Letters concluyó que las aves marinas, y no el viento ni las corrientes oceánicas como se suponía hasta ahora, trasladaron la mayoría de las 78 especies de plantas vasculares registradas en la isla desde 1965.
¿Cómo nació la isla?
Surtsey emergió el 14 de noviembre de 1963, cuando una erupción volcánica submarina que comenzó a 130 metros de profundidad rompió la superficie del Atlántico, a unos 32 kilómetros de la costa meridional de Islandia.
La actividad eruptiva, primero explosiva y luego efusiva, se prolongó hasta el 5 de junio de 1967.
En ese lapso la isla alcanzó su máximo tamaño, 2,7 kilómetros cuadrados, y recibió el nombre de Surt, una figura de fuego de la mitología nórdica.
Desde entonces, la erosión marina redujo la superficie a 141 hectáreas, según la medición de 2008 de la Unesco. El organismo estima que, con el tiempo, el oleaje eliminará otros dos tercios del terreno actual y dejará expuesto solo el núcleo de roca más resistente.
Una de sus particularidades es que, a diferencia de lo que sucede con otras islas que emergen para luego desaparecer bajo el océano, Surtsey se mantuvo sobre la superficie, convirtiéndose en una ventana excepcional para la investigación científica.
Según especialistas de la región, este tipo de fenómeno no es habitual, sino que ocurre cada 3.000 a 5.000 años.
Un laboratorio cerrado al público
En 1965 Islandia protegió la isla de forma absoluta. Su acceso quedó restringido a un número reducido de científicos autorizados, bajo protocolos estrictos, para evitar la introducción accidental de especies.
Está prohibido desembarcar, bucear en sus aguas cercanas, alterar sus formaciones o dejar residuos.
Varios años más tarde, en 2008, la Unesco declaró a Surtsey Patrimonio de la Humanidad, con el criterio de procesos ecológicos y biológicos en curso.
Esa política sostenida durante más de seis décadas convirtió a la isla en un caso excepcional dentro de la biogeografía insular.
Pocas veces la ciencia pudo observar, de forma casi ininterrumpida, cómo se puebla un territorio completamente estéril.
Seis décadas de registro biológico
Los científicos comenzaron a hacer un seguimiento de Surtsey en 1964, un año después de su aparición.
Primero documentaron la llegada de semillas transportadas por las corrientes marinas y la aparición de mohos, bacterias y hongos. En 1965 se registró la primera planta vascular; hacia 1970 ya había diez especies establecidas.
En 2004 el recuento había ascendido a 60 especies de plantas vasculares, junto con 75 briófitas, 71 líquenes y 24 hongos.
El registro de fauna sumaba 89 especies de aves (57 de las cuales también anidan en otros puntos de Islandia) y 335 especies de invertebrados.
La colonización, sin embargo, no fue lineal: desde 2007 los investigadores documentaron una pérdida neta de especies vegetales, y el ritmo de nuevas llegadas se frenó en la última década.
El giro que aportan las aves
El estudio de 2025, firmado por investigadores de Islandia, Hungría y España, analizó las 78 especies de plantas vasculares detectadas en Surtsey desde 1965 y comparó sus rasgos con tres sistemas europeos de clasificación de dispersión a larga distancia.
El resultado contradijo la teoría clásica: la mayoría de esas plantas carecen de frutos carnosos, colores llamativos u otras adaptaciones que, según los modelos tradicionales, facilitan que las aves las trasladen.
Pawel Wasowicz, del Instituto de Ciencias Naturales de Islandia y uno de los autores, explicó que las aves fueron, en sus palabras, las verdaderas pioneras de la colonización de la isla, al trasladar semillas de especies que la teoría clásica no preveía que llegaran tan lejos.
Gaviotas, gansos y aves playeras cargaron esas semillas en su tracto digestivo o en sus excrementos. Dicho mecanismo tiene nombre: endozoocoria.
Andy Green, investigador de la Estación Biológica de Doñana (CSIC, España) y codirector del trabajo, señaló que este hallazgo obliga a repensar los modelos de dispersión vegetal a medida que las rutas migratorias de las aves cambian por el calentamiento global.
El hallazgo tiene una base física en la propia isla.
Después de 1985 se formó una colonia de gaviotas en el sector sur, cuyo aporte de nutrientes generó una pradera de 13 hectáreas hacia 2018.
En el extremo norte, focas grises comenzaron a agruparse para reproducirse en otoño, lo que ayudó a formar un parche de vegetación de dos hectáreas y atrajo, a su vez, a orcas que se alimentan de las focas.
Lo que queda por observar
Surtsey sigue siendo el único punto del planeta donde puede rastrearse, con siete décadas de continuidad, el proceso completo de colonización biológica de una tierra recién nacida, desde la roca desnuda hasta un ecosistema con aves, focas, orcas y decenas de especies vegetales en competencia por el terreno que el mar todavía no ha erosionado.
Conviene detenerse en esto último, ya que los científicos creen que la erosión ya empieza a volver incierto el futuro de la isla.
Así, se espera que, hacia finales de este siglo, Surtsey quede completamente o en gran medida sumergida.
Más allá de eso, esta pequeña isla es una muestra más de cómo la naturaleza puede prosperar si se le da tiempo, espacio y, sobre todo, si la humanidad no interfiere.
